Literatura Fantástica, Ciencia Ficción, Terror, Misterio Foros Literarios, Creatividad Literaria, Taller Literario Asimov, Clarke, Dick, Heinlein, Terry Pratchett, George Martin, Tolkien, Stephen King, Harry Potter, Lovecraft, Dragonlance, Reinos Olvidados
[Mapa Web]
Tus Foros Favoritos, Literarios, Ocio...
Foros:  ·Literatura General  ·Creatividad Literaria  ·Grupos de Autor  ·Grupos Temáticos  ·Temas de Interés  ·Ocio  ·Planeta Ludus  ·La Arena  ·General
Espacios - Web:  ·Tierra de Leyendas  ·Asimov  ·Kedadas  ·Julio Verne







 El inevitable trayecto de un flemático soñador nada soñoliento

 "La vuelta al mundo en 80 días" por Clauargentina


Hay libros de ficción, que a pesar del inevitable y fugaz paso del tiempo, quedan grabados nítidamente en la memoria del lector. Esta facultad orgánica, en mi caso, no se destaca por su eficiencia a la hora de traer a colación nombres de personajes, y la capacidad de recordar disminuye aún más si se trata de un dúo protagónico. Felizmente existen las excepciones, y si hay que citar binomios de seres admirables, duetos de aventureros, o simplemente a un par de soñadores, esa contrariedad a mi regla general, la constituyen Alonso Quijano y Sancho Panza, Aquiles y Patroclo, Robinson Crusoe y Viernes, Hucklberry Finn y Tom Sawyer, y, desde luego, Phileas Fogg y Passpartout (conocido como Picaporte).


Leí por primera, y hasta ahora, única vez, “La vuelta al mundo en ochenta días, en el año 1998; por aquel entonces contaba con afables trece años, y pocas veces una novela de aventuras me sorprendió y cautivó tanto. ¿Motivos? Supongo que son muchos, se trata más bien de una confluencia de causas, pero antepongo principalmente mi gusto inquebrantable por el viaje. Y el viaje en Verne es, mayormente un viaje romántico, idealista, pujante, que hasta a veces parece una visión cuánto menos excesiva, pero que no deja de producir placer a quiénes amamos descubrir, inspeccionar y recorrer lo que nos es desconocido, pero que a la vez también nos pertenece.


A Jules Verne, muchos lo reconocen como el padre de la ciencia ficción, o como un visionario que predijo grandes inventos de la humanidad, y se olvidan más bien de su capacidad literaria, que a la postre, constituye para mí, su principal mérito, dado que el francés escribía novelas de aventuras (no de ciencia ficción) y usaba adecuadamente conocimientos científicos que ya existían en su época, a diferencia de, por ejemplo, Herbert George Wells, quién realmente inventaba las máquinas que posteriormente utilizaba en sus obras, y de esa forma se adelantaba a su tiempo, transformándose en el verdadero pionero en el género de la ciencia ficción.


Curiosamente, “La vuelta al mundo en ochenta días”, no contiene predicciones o futuros inventos, de los que luego se le atribuyeron a Verne para agigantar su mito, y sin embargo, es una de las dos obras más populares y mundialmente trascendentes del autor galo.


Como dije antes, dos son los personajes emblemáticos que enriquecen la historia, y como la lógica cervantina lo indica, ambos son como “el agua y el aceite”, evidencian un contraste absoluto, voluntariamente buscado por el autor.


Phileas Fogg, verdadero protagonista, es un gentleman que habita en la Londres de fines del siglo XIX y se erige como un hombre metódico en sus actos, ordenado hasta en lo más ínfimo, silencioso y excesivamente puntual, flemático y distante, de vida sistemática y monótona, pero sobre todo, dueño de un corazón solidario y generoso que muchas veces le cuesta descubrir.


Su ladero y criado Passpartout aparece como el personaje cómico que con frecuencia habitan las novelas de aventuras. Con un pasado signado por la multiplicidad de ocupaciones (cantor ambulante, artista de circo, profesor de gimnasia y sargento de bomberos), este francés es un verdadero trotamundos de carácter simpático, trato afectuoso y cortés, auténtico bonachón dispuesto a ser útil. Y en su búsqueda de tranquilidad y calma, luego de una vida tan agitada, es que decide prestar servicios al señor Fogg, quién había despedido a su anterior servidor a raíz de una equivocación de 2 grados en la temperatura del agua para afeitar, lo que para Phileas era un delito de lesa humanidad sin duda alguna.


La historia es simple: Fogg realiza una apuesta con algunos de los notables y refinados miembros del Reform-Club: él sostiene sin titubear que es capaz de atravesar el mundo entero en apenas ochenta días, tiempo que para dicha época constituía una velocidad inusitada. Los miembros, ¿ni lentos, ni perezosos?, aceptan gustosamente la propuesta del ¿alocado e irrealista? Phileas Fogg, y de esta forma comienza el itinerario alrededor del mapamundi. Hay que destacar que el apostador ponía en juego la mitad de su fortuna, dado que preveía gastar el restante cincuenta por ciento en las vicisitudes del para toda la sociedad londinense “inejecutable proyecto”.

 


Los viajeros recorren un periplo agitador y por demás exigente, que incluye pisar nada menos que cuatro continentes, y es así que van dejando su huella por lugares tan diversos y fascinantes como Suez, Bombay, Calcuta, la isla de Singapur, Hong-Kong, Yokohama, San Francisco y Nueva York. Y los conocimientos que Verne va introduciendo acerca de las costumbres y tradiciones de cada una de estas culturas, sobre la flora y la fauna que caracterizan a tales sitios, son tan interesantes, que la novela podría ser utilizada también pedagógicamente como una somera y elemental lección de geografía mundial.


A lo largo del recorrido se suceden, una tras otra, aventuras de toda índole. Y es durante una parte del viaje que Phileas, soltero y sin hijos, conoce el amor en una joven india de belleza singular, a la cuál salva junto a Passpartout, de morir quemada en un anticuado rito hindú, y que finalmente se convierte en la compañía femenina en la marcha hacia Londres.


El desenlace es, tal vez, la parte de la obra más sorprendente. El lector que logró compenetrarse y tomar como propio el objetivo final de Phileas y su grupo, se sentirá momentáneamente desilusionado al enterarse que el noble caballero ha perdido la apuesta por llegar con cinco minutos de retraso. Fogg partió de Londres el 2 de octubre de 1872 a las 8:45 PM., y creyó regresar el 21 de diciembre a las 8:50 PM., es decir en el día ochenta pero trescientos segundos luego de lo convenido. Lo que olvidó es que siempre había viajado hacia el este, y por lo tanto, adelantaba cuatro minutos por cada grado que avanzaba en dicha dirección. El cálculo que resulta no es complejo: la circunferencia de la Tierra multiplicada por cuatro, da como resultado 1440 minutos, lo que equivale a veinticuatro horas. Es decir que el gentleman arribó a Londres con un día de anticipación, y de esa manera, luego de la frustración inicial y gracias a la información del periódico, pudo ganar la apuesta, tal como siempre lo pensó.

Phileas Fogg emerge de las profundidades de su confortable mansión londinense como un verdadero ejemplo de convicción y convencimiento en las capacidades objetivas de uno mismo, más allá de las reacciones ajenas. Perseverancia que se transforma en eje fundamental a la hora de poder realizar y concretar cualquier ideal que uno tenga en diversos ámbitos, por más descabellado y utópico que pueda parecer a priori. Si uno mismo no está autoconvencido de lo que va a llevar a cabo, de lo que va a ejecutar, ¿quién puede estarlo entonces? Y el personaje de Verne no se la vio nada fácil en su trayecto, debió superar los más disímiles y complicados obstáculos –léase la naturaleza, el inspector Figg que le seguía el rastro, los medios de transporte, y su enemigo principal, el tiempo–, que en definitiva, son las mismas barreras (para algunos infranqueables) que obstruyen el camino de todos los que planean edificar un sueño. Sueño, que en este caso, afortunadamente pudo levantarse y transformarse en realidad para disgusto de los miembros del Reform-Club.

?>