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 Los 500 millones de la Begún

 "Los 500 millones de la Begún" por JuanCarlos


La sala estaba llena a rebosar. El calor del verano apretaba y los amplios ventiladores instalados en el techo, apenas si servían para remover al aire cálido. Las señoras agitaban con frenesí los abanicos mientras sus maridos se secaban la frente con pañuelos de hilo y aflojaban con discreción el cuello de sus camisas.



El conferenciante hizo acto de presencia, recibido por una fuerte salva de aplausos. «Es demasiado joven.», «Pero ya es todo un erudito.», «Con esos ojos, no me importa de que hable...», cuchicheaban las honorables damas. El presentador hizo el consabido panegírico del investigador que pese a su notable juventud se había hecho un lugar entre los venerables catedráticos y que sin duda estaba llamado a alcanzar el éxito en las más altas empresas. Después de una nueva ovación, más cerrada si cabe, el orador tomó la palabra.

—Honorables damas, estimados caballeros. Recibir la invitación del Casino de su ciudad, una institución de tanto renombre en la promoción de las bellas artes es todo un honor. Y máxime tratándose de un acto en homenaje Julio Verne, ese insigne escritor, prócer de las letras francesas y al que admiro como el maestro que es.

»He elegido para mi disertación una obra poco conocida de nuestro venerado literato, publicada en 1875: “Los 500 millones de la begún”, también titulada en algunas ediciones como “Los 500 millones de la princesa india”, dada la dificultad de muchos lectores para entender, de inicio, la palabra begún, un titulo de la aristocracia indostánica, que efectivamente puede traducirse por princesa.

»Antes de entrar en un análisis más profundo, permítanme que les resuma brevemente al argumento.

»La acción se inicia en otoño de 1871. El doctor Sarrasin, un médico de provincias y notable investigador independiente, recibe una espectacular noticia: es el único heredero de la increíble suma de 500 millones de francos. El patrimonio procede de un tío lejano que sirvió en el ejército colonial inglés y que desposó a una begún india. Muertos el tío y la princesa sin descendencia, el buen doctor Sarrasin es el único heredero conocido. El doctor, un hombre íntegro y cabal, entregado de lleno a la causa de la ciencia, no duda un instante en el destino que ha de dar a tan gigantesco patrimonio: construir “una ciudad modelo, basada en principios rigurosamente científicos”. Pero en sus planes se interpone otro científico, un químico alemán, el doctor Schultze que demuestra tener el parentesco necesario para hacerse con la mitad de la herencia.

»Cada uno de los protagonistas construye entonces su ciudad modelo. El doctor Sarrasin, Villa Francia; herr Schultze, Stahlstad, la ciudad del acero. La primera pacífica e industriosa, construida con todas las normas de salubridad y dedicada por completo a la felicidad y bienestar de sus habitantes. La segunda, una aberración industrial, pues no puede llamarse ciudad a la aglomeración de míseras cabañas de obreros, y cuyos únicos objetivos son la fabricación de armas... y la destrucción de Villa Francia.

»Transcurre el resto de la obra en la narración de las emocionantes aventuras de los hijos de Sarrasin, uno propio y otro adoptivo, para conocer y desbaratar los planes del malvado doctor Schultze, hasta la muerte de éste en accidente, víctima de sus propios inventos demoníacos.

»No nos adentraremos más en el argumento, puesto que nuestro interés estriba en reseñar la sin par capacidad productiva del insigne escritor, quien se adentra en el futuro por 3 direcciones diferentes, en todas ellas con notable acierto.

»En primer lugar, la ciencia urbanística. Verne, partiendo de las ciudades, cochambrosas, inmundas e insalubres del siglo XIX es capaz de ver cómo debe ser, cómo será, la ciudad del futuro: casas unifamiliares con jardín, construidas según los ejes, semienterrados, del transporte público que hagan innecesario los vehículos particulares. Servicios asistenciales a domicilio, que dejan obsoletos los hospitales, lugares ponzoñosos en el siglo XIX, donde era tan fácil contraer una enfermedad como en el tugurio más infecto. Sistemas comunitarios de evacuación de humos de las cocinas y calefacciones, donde estos son tratados y depurados antes de su expulsión a gran altura. Sería tedioso describir todas las innovaciones de Verne considera necesarias en Villa Francia pero baste decir que muchas de ellas, las consideramos cosa habitual en nuestros días.

»La segunda línea de predicción de Verne la encontramos en lo político. Stahlstad es una anticipación del nazismo tan perfecta que casi duele leerla. Un estado policíaco, absolutamente centralizado en herr Schultze, cuyos habitantes no viven más que para su designio y este no es otro que el de destruir por la fuerza a un enemigo al que odia, única y exclusivamente, por su raza latina que considera inferior en todo a la raza germánica. Esta está llamada a imponerse en el mundo, sojuzgando como esclavas a todas las demás, o exterminándolas si no se avienen a la esclavitud.

»Y por ultimo Verne nos estremece con su capacidad para predecir las armas de destrucción masiva. Uno de los inventos del doctor Schultze es una combinación de cañones de gran puntería, proyectiles de ácido carbónico y disparo eléctrico sincronizado, capaz de matar instantáneamente, tan solo apretando un botón, a 100.000 personas. El horror de Hiroshima y Nagasaki todavía está fresco y nos viene inmediatamente a la memoria.

»Por todo esto, podemos asegurar que “Los 500 millones de la begún” es una muestra notabilísima de la clarividente visión de Julio Verne.

Estallan los aplausos, las damas, puestas en pie, palmotean con fervor. Aquellas que tienen hijas casaderas repasan mentalmente la táctica para atraer al insigne conferenciante a su mesa. ¡Tan buen partido no puede dejarse escapar así como así!

El orador agradece los aplausos con gesto afectado antes de tomar nuevamente la palabra.

—Ahora, damas y caballeros, si desean realizar alguna pregunta.

Se alza un silencio incómodo en el que sólo le oyen los ventiladores removiendo el aire. El presentador ya se dispone a dar por terminado el acto cuando, de las últimas filas se alza una mano temblorosa seguida de una voz cascada.

—Si me permite que se lo diga, joven caballero, su análisis de esta obra me ha parecido de una superficialidad absoluta, trivial y lleno de tópicos y lugares comunes.

El color huye de las mejillas del conferenciante. Frunce los ojos tras sus lentes de miope, intentando ver con claridad a quien le rebate de forma tan ofensiva. Ve avanzar por el pasillo a un anciano renqueante. Se ayuda de un fuerte bastón mientras le dirige una mirada furibunda.

Pasada la sorpresa el orador intenta no achantarse.

—En atención a su edad y, previsiblemente a su experiencia, pasaré por alto lo enojoso de su afirmación. Sin embargo, creo que el público se merece conocer en que basa sus reproches a mi disertación.

El anciano le hace una mueca desdeñosa y se encara con los asistentes.

—Señoras y caballeros, lo que olvidan es que leen a monsieur Verne fuera de su contexto histórico. Es evidente que la historia que se imparte en sus liceos, no está a la altura que debiera. Por ello les parecen tan asombrosos ciertos detalles de sus novelas. Pero él nunca pensó en predecir nada. Su proyecto, su gran proyecto era novelar la ciencia, la ciencia de su tiempo y de sus contemporáneos, nada más... y nada menos.

—¿Insinúa usted —contraatacó el joven conferenciante— que el urbanismo moderno, el nazismo y las armas de destrucción masiva eran algo que estaban dentro del conocimiento científico de 1877?

El anciano se volvió hacia él, sonriendo con suficiencia.

—Caballero, no le quepa duda a usted de que la incomprensión del presente es fruto de la ignorancia del pasado. Usted, hoy, no entiende a monsieur Verne porque no conoce su época y por ello justifica lo que le asombra dotándole de una presciencia que nunca tuvo.

—Y cree usted —respondió el joven con ironía—, que puede explicar con los hechos históricos las predicciones contenidas en esta novela.

—Por supuesto caballero. —Se volvió de nuevo hacia el público, apoyando sus nalgas escuálidas en el borde de la mesa de oradores.— Empecemos por esa sorprendente predicción del nazismo. Monsieur Verne escribe esta novela en 1877 y sitúa su arranque en 1871. Sin duda ese año no les deja indiferentes, uno de los años más vergonzosos de la historia de Francia, pese a que aun vendrían otros que lo superarán.

»Pero en realidad, la auténtica historia de esta novela empieza un poco antes. Retrocedamos algo más, hasta un año muy importante en la biografía de monsieur Verne, el año en que publica «Cinco semanas en globo», su primera obra con el editor Hatzel y su primer gran éxito: 1862. El mismo año que el rey de Prusia, Guillermo I, nombra canciller a Otto von Bismarck.

»Mientras monsieur Verne, de la mano de Hatzel, se entrega a su proyecto de novelar la ciencia, Bismarck se aplica con el mismo empeño a la tarea para la que se siente destinado: la unificación de Alemania.

»Bismarck es un junker, un miembro de la aristocracia rural prusiana, conservador hasta la médula, enemigo declarado y contumaz de la democracia. Cree en el poder de la fuerza. Y en su legitimidad. En la mentalidad bismarckiana el mundo se divide entre los que han nacido para mandar y los que lo han hecho para obedecer... hasta la muerte si es preciso.

»El día que Bismarck descubrió la política, alzó la cabeza y vio el Orden de Metternich: la elaborada construcción diplomática que había garantizado la paz en Europa desde el fin de las guerras napoleónicas. Este Orden se basaba en un equilibrio cuidadosamente calculado, entre las grandes potencias: la desdeñosa Gran Bretaña, a punto de caer en el «Espléndido Aislamiento», dos gigantes con pies de barro: la Rusia de los zares y el Imperio Austro-Húngaro; Francia por supuesto, tan temida como necesaria para el equilibrio, gobernada en tiempos de monsieur Verne por Napoleón III, ese emperador de opereta y en último lugar, Prusia... la hermana pobre, la más pequeña de las grandes potencias.

La voz del anciano crecía de tono en la medida que se enardecía con su propio discurso.

—A Bismarck le enfurecía este panorama —vociferó— y decidió que había llegado la hora de poner fin al Orden de Metternich... pues sólo sobre sus ruinas, se podría construir la nueva Alemania unificada. ¡Ruinas reales!, nada metafóricas: la unión debía realizarse a sangre y hierro. Para Bismarck no existía otro camino.

»El primer paso de Bismarck es dotarse de la herramienta necesaria para sus planes: un ejército como no lo ha visto Europa en toda su historia. Reinstaura el servicio militar obligatorio, olvidado desde las guerras napoleónicas. Pero el ejército prusiano no sólo va a ser gigantesco, también va a ser un ejército de nuevo cuño. Pone a su frente a Helmuth von Moltke quien redefinirá el concepto y el papel del «Estado Mayor», hasta el extremo que se llega decir que «Prusia no tiene un Estado Mayor, el Estado Mayor Prusiano tiene un país». Es la guerra total: toda la capacidad económica y humana de una nación, organizada y orientada hacia la guerra.

»Y las armas. El ejército prusiano será el más grande, el mejor organizado y dirigido y también el mejor armado. Las industrias Krupp se encargarán de ello, convirtiéndose en la referencia mundial en la fabricación de cañones.

»¿Le va sonando familiar todo esto, señor conferenciante?. No ve usted que monsieur Verne no inventa nada, no predice nada. Para describir Stahlstad, la ciudad del acero del doctor Schultze, simplemente pensó en la Prusia de su tiempo.

—¡Eso es especulación suya! ¡No puede afirmar qué es lo que pasaba por la mente de Julio Verne!

—¡Claro que puedo! —la mirada del anciano eran carbones ardientes— porque yo soy Julio Verne.

—¡Imposible! —tronó el presentador—. Verne murió en 1905, hace más de 50 años.

Un joven de largas patillas que no ocultaban su aspecto enfermizo, se puso en pie en las primeras filas.

—Creo que yo puedo explicárselo —dijo con fuerte acento inglés.

—¿Y usted quién demonios es? —exclamó el presentador.

—Mi nombre es H.G. Wells.

Como golpeado por un mazo, el presentador se derrumbó en su asiento.

—¡Dos locos!... dos dementes, seguramente peligrosos... —murmuró.

Ignorándole, Julio Verne siguió con sus explicaciones.

—En tan solo 3 años, Bismarck obtuvo el ejército que necesitaba. El primer golpe fue contra la pequeña y débil Dinamarca, cuyo gobernante era también monarca de 3 estados alemanes: Schlewig, Holnstein y Lauenburg cayeron rápidamente en el saco prusiano. El resultado de esta contienda nunca hubiera sido dudoso por lo que la extraordinaria potencia del ejército prusiano no quedó al descubierto.

»El segundo asalto fue muy diferente pues se enfrentó al Imperio Austro-Húngaro, inmensamente grande y poblado. Defendido por un poderoso ejército y apoyado por los estados alemanes de su zona de influencia, que eran el objetivo de Bismarck. Toda Europa, con Napoleón III a la cabeza, se frotó las manos e hizo planes para repartirse los despojos de Prusia cuando su soberbia fuera aplastada por la bota austríaca. Por eso, cuando el ejército austriaco es, no derrotado, sino totalmente destruido, en la batalla de Sadowa, la estupefacción es inmensa. Tanta, que Napoleón III llega a enviar una increíble carta a Guillermo I exigiéndole una indemnización por no haber sido derrotado, malogrando así sus planes de rapiña. Los estados de la órbita austríaca pasan ahora a Prusia, algunos son anexionados al reino y otros quedan unidos en una Confederación del Norte, bajo control prusiano.

»Los designios de Bismarck se han realizado en sus dos terceras partes. Su vista se vuelve ahora hacia occidente, a los estados controlados por Francia: Alsacia-Lorena, Renania-Westfalia y Luxemburgo. Con ellos deberán caer también Baviera, Baden y Württemberg, que han conseguido mantener la independencia a duras penas, pese a ser aliados de Austria.

»¡Bismarck era muy listo! —suspira Verne—. Hostiga diplomáticamente a nuestro torpe Napoleón III y así consigue que le declare la guerra, por una cuestión trivial.

»Los franceses, como toda Europa en general, no habíamos aprendido la lección. Creíamos que Sadowa había sido un espejismo, un cúmulo de casualidades y circunstancias fortuitas que dieron la victoria a quien no la merecía. Pero ahora, 300.000 franceses se van a enfrentar a 850.000 prusianos, mejor dirigidos y mejor armados. Las guerras de las dinastías han terminado. La batalla de Sedán es la primera de las batallas modernas, batallas de masas, en las que los hombres son segados como mies por el fuego de la artillería y las ametralladoras. Y los prusianos tienen más artillería, más ametralladoras y más hombres que nosotros.

»¿Decía usted que las armas de destrucción masiva no cabían en la ciencia de finales del XIX?. La muerte, en unos pocos minutos, de varios miles de hombres bajo una lluvia de proyectiles es una fuente de inspiración poderosa para una imaginación fértil, no tenga ninguna duda de ello. Pero si la batalla de Sedán, la más mortífera de las conocidas por el mundo hasta entonces, impresionó mi ánimo, sigamos adelante sin detenernos, nos quedan por ver horrores aun mayores.

»Como todos ustedes saben, la sangrienta derrota supuso la caída de Napoleón III. Se instaura la III República que ve cómo todo el norte de Francia es ocupado. De forma improvisada se crea un Ejército del Loira, que ofrece una simbólica e inútil resistencia. París resiste un sitio de 4 meses antes de rendirse.

»El 18 de Enero de 1871 se funda el II Reich y Guillermo I es coronado emperador, nada menos que en el Palacio de Versalles, en el París recién ocupado. El nuevo Reich nos impone durísimas condiciones: Alsacia-Lorena, consideradas suelo patrio por la mayoría de los franceses, son anexionadas a Alemania y se fija una astronómica indemnización de guerra de 5000 millones de francos. Las tropas alemanas no se retiran del norte de Francia hasta 1873.

»Pero antes, asistiremos a uno de los episodios más deshonrosos de nuestra historia. A finales de Marzo de 1871, en París estalla una revuelta provocada por los impuestos que la República debe imponer para pagar la indemnización de guerra. El 28, Louis Blanc y Joseph Proudhon crean la «comuna de París», un experimento socialista inédito hasta entonces, en semejante escala.

»La comuna fue un auténtico «festival de los oprimidos», la ciudad tenía «todos los signos de estar simplemente de vacaciones», —Verne se pierde por un momento en sus recuerdos—. Los parisinos eran muy conscientes de lo que les aguardaba y, simplemente, saboreaban el aire fresco de la libertad antes de bajar a las tumbas fétidas.

»Por toda Europa cunde el pánico. Poco más medio siglo les separa de la Revolución Francesa. En todas las cancillerías, los hombres poderosos recuerdan las atrocidades napoleónicas en voz de sus padres... o de sus madres viudas; los más ancianos las conocieron de niños o adolescentes. La idea de que de la comuna salga de nuevo el Terror y luego otro Bonaparte les estremece. Todas las cortes europeas presionan a Bismarck y éste cede, proporcionando a Thiers, el Presidente de la III República las tropas necesarias para reprimir el levantamiento. El 21 de Mayo se inicia el asalto. París se llena de barricadas. La lucha es feroz, no se toman prisioneros. Tras cada barricada caída, se suceden los fusilamientos. Los revolucionarios prenden fuego a los edificios desde los que los fusileros enfilan las improvisadas defensas. Otros arden por simple resultado de la batalla. Los bomberos intentan intervenir pero los combatientes no se conceden tregua. Por la noche París está en llamas. La ciudad cae en un par de días, pero la represión dura más. Al menos 20.000 revolucionarios son ejecutados en las jornadas siguientes. Más de los que exterminó el Terror en casi dos años de guillotinas. Muchos eran amigos míos, socialistas y anarquistas, soñadores incorregibles, cuyas ideas no compartía totalmente pero que llevé a muchas de mis novelas.

»Cuando la nueva República por fin emergió tuvo que saludar el nuevo orden internacional: la Europa de Bismarck, basada en el poder de la fuerza... en la legitimidad de la fuerza. La realpolitik, el frío cálculo del poder militar, desprovisto de cualquier consideración ética o moral se impone en las cancillerías.

»¿Le sorprende a usted que yo, un escritor francés de éxito, aclamado por mis compatriotas, dibuje un antagonista alemán, perverso, convencido de su superioridad racial, dispuesto a sojuzgar el mundo y con una inquina especial contra la raza francesa?. Para cualquier francés de 1877, todos los alemanes tenían esas características.

El joven conferenciante estaba hundido en su asiento, al parecer muy interesado en consultar sus notas. Por fin pareció darse cuenta de la pausa del anciano y con un hilo de voz se atrevió a preguntar:

—¿Y el urbanismo? ¿Me va a decir también que villa Francia es una ciudad normal del siglo XIX? ¿se la inventó mirando simplemente a su alrededor?

La mirada de Verne hizo que el joven acabara la pregunta en un susurro.

—No sólo es usted fatuo y arrogante, sino también poco documentado. Debería saber que el urbanismo es una de mis pasiones. Dos años antes de escribir sobre la Villa Francia del doctor Sarrasin publiqué un extenso opúsculo titulado “La ciudad ideal”, donde exponía, a nivel divulgativo, las teorías de los principales arquitectos y urbanistas de aquel tiempo. No se invente clarividencia donde sólo hay conocimiento, estudio y reflexión.

—Monsieur Verne, es casi la hora —advirtió H. G. Wells, con timidez.

—Gracias, Herbert, ya acabo.

»En el nuevo orden, Alemania es la más fuerte. Solo la unión contra ella de todas las demás potencias podrá derrotarla. Por ello, la política de Bismarck sigue, después de la unificación, dos líneas. Por un lado debe continuar siendo el más fuerte, por ello Alemania, como antes Prusia, no es un país con un Estado Mayor, es un Estado Mayor con un país. Se mantiene el servicio militar obligatorio, ahora sobre una población cuadruplicada, y Krupp sigue produciendo armas y más armas, a ritmo infernal para que este gigantesco ejército siga siendo el más moderno y mejor equipado de Europa. Por supuesto, las demás potencias no se quedan de brazos cruzados, sus fábricas de armas se expanden vertiginosamente y sus ejércitos son cada día más poderosos.

»Pero Bismarck, además, teje una complejísima red de alianzas y tratados que se superponen unos con otros en una red inextricable, que solo él es capaz de discernir, y que tienen un objeto muy concreto: que Alemania esté siempre más cerca de cada una de las potencias que cualesquiera otras dos, entre ellas. Excepto Francia, por supuesto, a la que cualquier acercamiento es impensable. Pero sólo Bismarck poseía el talento necesario para esta tarea. Sus sucesores no fueron capaces de entenderla, ni mucho menos de proseguirla y apostaron su supervivencia a la fuerza bruta, únicamente. El siglo XX europeo estaba servido.

»No señoras y señores, “Los 500 millones de la begún” no es una profecía, sino un retrato de la obra de Bismarck, una visión de la Europa que nació con el II Reich. Y si algo debe estremecerles que sea esto: todos sabíamos que nos dirigíamos a la catástrofe pero nadie fue capaz de cambiar el rumbo de la historia.

Mientras decía estas palabras, el aire vibró ante él y una extraña máquina, similar a un calesín de vapor, se materializó de la nada. Wells y Verne subieron al singular vehículo que desapareció tan rápido como había aparecido, dejando tras de sí, un inconfundible olor a carbonilla.

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