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 El Castillo de los Cárpatos

 "El castillo de los Cárpatos" por Patryn


El libro empieza prometiendo una lectura agradable. Yo guardaba muy buen recuerdo de Verne, cuando de chaval leí “De la Tierra a la Luna”, “Viaje al centro de la Tierra” o “20.000 leguas de viaje submarino”. Así que, como digo, comencé con ganas esta historia.

El principio te sitúa en la región transilvana donde transcurre la historia, y el autor no escatima detalles. Me arrebujo entre mis cojines y disfruto de la lección de geografía. Y entonces me presenta al primer personaje, el pastor Frik. Ya con esta presentación me doy cuenta de que Verne te intenta meter en la historia, y dar cercanía a sus personajes imprimiendo fuerza en sus palabras. En otras historias esta intención, o el hecho de que el escritor te quiera impresionar con determinada escena, se hace transparente, y tú no te das cuenta de que las palabras tengan uno u otro objetivo, aunque lo consigan. Aquí no, es como si escribiera entre exclamaciones: ¡sobresáltate! ¡inquiétate! A mi modo de ver se consigue el efecto contrario.

Llegamos a la aldea, a la que nos conduce el pastor, después de haber hecho el descubrimiento que será la excusa para que la historia propiamente dicha comience. Desde luego, si te interesa conocer la política, geografía, y costumbres de determinada época y lugar, léete un libro de Verne que esté ambientado en esa zona. Se me hicieron un tanto pesadas tantas descripciones, aunque he de reconocer que consiguieron hacerme entender el aislamiento de nuestros protagonistas. Y creo que es, a través de este aislamiento, por el que Verne justifica la superstición de los habitantes de Werst, la aldea que nos ocupa. Esta superstición, que lleva a las gentes a inventar toda una serie de teorías fantásticas sobre el humo que sale del castillo abandonado, nos da una idea sobre qué seres se podían temer en aquella Transilvania. Los vampiros salen de pasada, todo hay que decirlo, al lado de fantasmas, duendes y trasgos. Como contrapunto surge un personaje realista, que niega todo elemento fantástico y busca siempre la explicación racional. Algo inverosímil. Más bien creo que Verne lo aprovecha para hacer lo que quiere, que es darnos bien mascadito qué es lo que pasa realmente a cada momento.

Entre discusiones sobre lo que unos creen y otros rebaten, el miedo de unos y el desprecio de otros, aparece lo que más me ha gustado del libro: las relaciones entre los personajes, un sarcasmo muy bien empleado, y el tabernero. A medida que pasan los clientes por la taberna, la historia toma color con su ambiente y su regente.

Afortunadamente para el libro, aparece un personaje que te saca de las interminables descripciones y los intentos, a golpe de platillo, de que las líneas aparezcan espeluznantes: el habitante del castillo. La historia de cómo se conocen dicho habitante con el que ha de resolver el misterio es lo más interesante que me he encontrado. Aquí encontramos la, hasta ahora desaparecida, historia de amor trágico y de fatal desenlace. Y aquí es donde creí que el libro iba a dar un vuelco. Pero no, porque Verne nos saca de la ensoñación que es el personaje del Barón, y pone a su lado un inventor para darnos una bofetada de realidad cada vez que creamos que puede suceder algo mínimamente sobrenatural.

Mi conclusión, mejor leerse un libro fantástico donde su autor esté convencido de su fantasía y no algo que, aunque avisado, intente impresionarnos con elementos extraños que no tarda mucho en explicarnos paso por paso. Tendré que releer algún otro de Verne para que me quede mejor sabor de boca. Lamento haber sido tan crítico, pero daba la sensación a lo largo de todo el libro de que el autor tiraba en dos direcciones totalmente opuestas. Y sobre todo, no se transmite fuerza alguna en los momentos intensos. Eso lo he echado mucho de menos.

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