blog_ Mi mundo como escritora

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Doy cuenta, paso a paso, de mis incidencias como autora en un mundo competitivo, envuelta en una disciplina fascinante como es la escritura creativa...
Actualizado: hace 4 horas 39 mins

Hacerlo fácil, hacerlo difícil, escribir mucho, poco... ¿qué hago?

20 March 2013 - 7:28pm
Cuando era niña y quería escribir una historia buscaba un cuaderno limpio (o al que le hubiera quitado las páginas de cosas que ya no me interesaban) y me sentaba con un bolígrafo a contarla. En aquellos días gloriosos lo que menos me inquietaba era si mi historia sería coherente, si estaría bien escrita, si era demasiado larga o demasiado corta, si era verosímil, y, especialmente, si se amoldaba a las necesidades de un mercado exigente. La única que iba a leerla era yo. Bueno, y mi pobre hermana también, que lidiaba con esas presiones de ser la menor y de pasar tanto tiempo junto a mí que jugar conmigo también era leer lo que yo escribía.

Tiempos maravillosos de felicidad inacabable que no volverán. (suspiro)

Hoy en día, de frente al desafío de ser un escritor "profesional", de escribir libros que valgan la pena no solo para mí y mis gustos sino para un amplio espectro de lectores no cercanos, de publicar de manera razonable y de buscar la fineza en mi trabajo, esas consideraciones han tenido que ocupar un plano de importancia. Mi feliz ignorancia quedó en el pasado y hoy tengo que enfrentar esas cuestiones.

Pero en el tránsito por la vida adulta del escritor me he tropezado con toda clase de advertencias y opiniones, por demás contradictorias, que no hacen otra cosa que confundir y llenar de dudas a los autores:

Que el libro no sea muy largo, porque nadie lo leería. Eso, por cuanto la mayoría de los lectores odia los libros largos en la era de Internet y de por sí, nadie lee.

Que el libro no sea muy corto, porque no se vende.

Que el libro no sea muy difícil, porque a nadie le gustan los libros difíciles.

Que no sea muy fácil, porque se vuelve despreciable.

Que esté lleno de párrafos descriptivos y hermosas ambientaciones, porque eso define la literatura.

Que no esté lleno de largos párrafos, porque el lector se cansa rápido y lo deja. No se vende. No se lee.

Que trate temas dramáticos, realistas, contemporáneos para captar la atención del público de hoy. Las fantasías son pura moda y pasan rápido y no capturan al auténtico lector.

Que trate temas sorpresivos, fantásticos, extraños, misteriosos, porque los dramas están fuera de moda, son aburridos, y los lectores de hoy quieren más innovación.

Que sea para niños. Los adultos no leen.

Que sea para adultos. Los niños no leen.

Y la lista de recomendaciones continúa.

Hace poco, por ejemplo, me tropecé con el tema de la extensión. Algunos opinaban que en ciertos medios, por ejemplo el anglosajón, los libros extensos son muy apreciados y vendibles y que por tanto era esperable que hubiera gran cantidad de novelas de 800 páginas, pero que las colecciones de cuentos no se venden ni por casualidad y que es absurdo reunir colecciones de relatos para eso. Esos mismos opinaban que en nuestros países hispanos, en particular en Latinoamérica, es mejor escribir libros cortos, porque no hay muchos lectores y los pocos que hay no resisten más de 200 páginas de una novela, del tema que sea.

Y yo me pregunté: ¿cómo se explica entonces que tantos relatos sean populares en los medios anglosajones y al mismo tiempo que haya tantas novelas de 700 páginas que se vendan como pan caliente en las librerías latinoamericanas? No digo que no haya novelas "gordas" en los medios editoriales angloparlantes y que sea raro ver un libro local de más de 200 páginas en nuestro medio, pero ¿responde a una demanda en particular o a un prejuicio?

En el caso del medio editorial estadounidense, por ejemplo, estas cuestiones se vieron contestadas en un sondeo muy interesante que reveló las tendencias en las preferencias del público lector en ese país durante el año pasado. Entre otras cosas, este sondeo determinó que el promedio de páginas de un best-seller (o sea, un libro que se vende mucho en general, no solo un libro que fue ya fabricado para que se vendiera, ojo) es de 375. Echando un vistazo a la lista de los libros más vendidos según el New York Times durante la semana pasada, en efecto, de los primeros cinco libros, dos tenían unas 330 páginas, y los otros tres 440, 480 y 460.

Este sondeo da a entender que los lectores angloparlantes en general prefieren libros de extensión considerable por sobre libros muy cortos. Se ven pocas colecciones de relatos por comparación con las novelas, pero no han desaparecido, ojo.

Por pura curiosidad, le eché un vistazo a la lista de los libros más vendidos en España el año pasado, y otro vistazo a los más leídos en el último mes en Costa Rica. Ambos son países de habla hispana, donde supuestamente se lee "poco". Uno posee un mercado grande, el otro diminuto. ¿Debería cambiar la tendencia? Sorpresa: no cambia. Los libros más vendidos en ambos países rondan el promedio de las 400 páginas, y no pocos tienen más de 600. En España se incluyen libros nacionales. En Costa Rica, no, ¿quizá (y aquí se desliza por mi parte un pensamiento tendencioso), porque los libros ticos suelen tener menos de 250 páginas...?

En ninguno de los dos países destacan los cuentos, pero tampoco han desaparecido, lo que es un dato. Puede significar que de verdad estamos en tiempos donde la novela es el género más popular.

Otro consejo relativo al "deber" de escribir libros de cierto tipo viene dado por el dogma de que no se le debe hacer difícil la tarea al lector. Hay que escribir fácil, porque si no el lector se aburre y lo deja.

Aquí los datos pueden ser más engañosos, porque muchos de los best-sellers prefabricados suelen ser muy planos, de escritura simple, y parecen hechos precisamente para facilitar el consumo rápido y la adquisición del siguiente producto. ¿Responde a una necesidad real de los lectores o a una premisa del mercado en el que se facilita la producción masiva y su rápida colocación?

Incluso se dan consejos como el de escribir en pequeños párrafos, para facilitar la lectura, como expone este autor aquí de manera tan segura que casi, casi me convence. El problema es que descubrí algunos ejemplos sonados en los que estas premisas "fundamentales" parecen no cumplirse y estoy hablando de libros modernos, de auténticos best-sellers: Harry Potter y Los Pilares de la Tierra.

Harry Potter es el ejemplo más brillante de cómo se puede ir contra los estándares de una industria exigente y ser aún así exitoso. Después de todo, no se ajusta a lo que un libro infantil "debe" ser: es demasiado largo, tiene párrafos descriptivos sucesivos, un lenguaje más elaborado que la media de libros infantiles y no tiene dibujos. Desde todo punto de vista, era un error. Y sin embargo... bueno, no es necesario explicar nada más.

Los Pilares de la Tierra no es un clásico ni es un libro maravilloso. Pero fue escrito por un fabricante en serie de "thrillers" de escasas páginas y mucha acción que se enfrascó en la aparente idea suicida de construir un relato histórico repleto de párrafos descriptivos sobre técnicas de elaboración de catedrales, en una extensión abominable de cientos y cientos de páginas (mi versión en español tiene 1357), sobre eventos cuasi desconocidos para los lectores modernos que "solo" tienen tiempo para la acción del presente y los dramas de crimen, política y romance erótico. ¿Qué sucedió? Pues no lo que sus editores temían. Ha vendido millones de ejemplares, ha sido publicado en decenas de idiomas, sigue estando en las librerías y le abrió espacio a su autor para decantarse por extensos dramas históricos sucesivos que no han dejado de enriquecerlo aún más.

Estos dos casos revelan que los consejos para escritores están bien solo si no se convierten en dogmas opresivos ni restringen la libertad de acción según el medio, la historia y el estilo. La verdad es que los lectores actuales están dispuestos a pagar por un libro que les promete placer en todos los sentidos que les interesan: para quienes buscan enriquecimiento intelectual, para quienes buscan entretenimiento momentáneo, para quienes buscan catarsis, para quienes buscan diversión, para todos. El placer no va en una sola dirección ni se obtiene solo de una manera. Se obtiene de muchas, y el hecho de que las novelas que más se leen suelen rondar extensiones considerables puede indicar que en los días actuales esos lectores quieran asegurarse el mayor número posible de horas de placer.

Por supuesto que el libro debe saber proveer ese placer. ¿Cómo?

Creo que lo elemental es lo más seguro: que esté bien escrito, que cuente algo interesante y que lo haga de la manera propia más auténtica posible. Lo detalles dependerán de múltiples variables y circunstancias personales imposibles de predeterminar.

¿Bien escrito?: el dominio del lenguaje es una condición indispensable del autor, sea del género que sea, sea de la nacionalidad que sea. Es una premisa fundamental de esta disciplina artística. El que no sabe escribir bien es igual al pianista que no sabe encontrar las teclas correctas en su piano o al pintor que no conoce cómo combinar los colores de su paleta.

¿Algo interesante?: primero tiene que interesar al autor mismo, ¿no? No escribir historias dictadas de afuera porque están de moda, sino saber encontrar las historias que te interesan realmente. Si no te interesa, ¿cómo podrías convencer a alguien más que se interese por ella? Ojo: hay muchos intereses en el mundo. Que tu historia no sea interesante para X o Y, no significa que no lo sea para Z.

¿Autenticidad?: el que copia a otros nunca encontrará su propia senda. Desarrollar un estilo propio, una vía propia, y ser consecuente con su pensamiento son quizá de las características que mejor han definido a los buenos y a los grandes artistas del pasado y del presente.

Al final, pienso que si la vida está tan llena de obstáculos y de inconvenientes, al menos uno debería empezar por no ser obstáculo e inconveniente de sí mismo. =)

Lógica, ¿con qué se come?

26 February 2013 - 7:09pm
"¡Lógica!- dijo el profesor en parte para sí mismo- ¿Por qué no enseñan lógica en las escuelas de hoy en día? Existen solo tres posibilidades. O bien vuestra hermana miente, o está loca o dice la verdad. Sabéis que no miente y resulta evidente que no está loca. Por el momento, pues, y a no ser que aparezcan más pruebas, debemos dar por sentado que dice la verdad." (Lewis. El león, la bruja y el ropero. Las Crónicas de Narnia.  Ed. Planeta, Barcelona, 2005, pág. 62).

Parece un razonamiento limpio, ¿no es cierto? Cuando Lucy, uno de los personajes infantiles del primer tomo de la saga de Narnia, cuenta a sus hermanos que ha traspasado un ropero y se ha encontrado con un mundo mágico, la reacción que ellos tienen es de incredulidad. ¿Cómo puede ser posible que esté diciendo algo real? ¡Tiene que estar mintiendo o se ha de haber vuelto loca! Pero como dudan de sí mismos, acuden al profesor, el anfitrión de la casa donde los niños residen durante la guerra, y le exponen sus dudas. El profesor, para analizar la situación, acude a un razonamiento lógico: primero, ¿es Lucy conocida por ser alguien que miente con regularidad? No, contestan los niños. ¿Muestra Lucy trazas de haber perdido la cordura? No, eso es evidente. Sigue siendo la misma Lucy y habla sin trazas de locura o extravío. Entonces, si no miente, y si no está loca, necesariamente debemos suponer que dice la verdad, lo que causa conmoción en su público.

Por supuesto, nosotros los lectores sabemos que está diciendo la verdad, sin más ni más, pero lo que importa aquí no es que la diga o no, pues dentro del contexto de la historia, se espera que lo haga, sino la observación que hace el profesor sobre la enseñanza de la lógica en las escuelas. Y es que los hermanos de Lucy entran en frenética angustia precisamente porque no razonan con lógica, sino que se dejan llevar de buenas a primeras con lo primero que les llega a sus cabezas: ¿cómo es posible que lo que ella dice sea cierto? Su incredulidad es comprensible, pero sus conclusiones no son lógicas.

¿Es importante la lógica? Alguien me diría que está muy bien en un cuento fantástico donde Narnia es una realidad y era preciso que Lucy fuera creída. Sin embargo, su respuesta es irrelevante. ¿Por qué? Porque no es lógica.

¿Qué es después de todo la lógica?

En términos generales, la lógica es tenida como una ciencia formal, que estudia los principios de la demostración y de la inferencia válida, donde lo que importa es la validez de los argumentos en cuanto a su planteamiento estructural, independientemente de su contenido específico. Nació como parte de la filosofía griega, en el siglo V a. C. y lo que buscaba era el orden en el discurso que asegurara la validez de los argumentos, cualesquiera fueran estos. Durante los siglos que siguieron se unió al razonamiento matemático y  de dicha unión surgió lo que se conoce como lógica matemática.

En esta medida, lo que importa entonces no es si Narnia existe o no existe, si es un cuento fantástico o no lo es, sino que dentro del contexto donde Narnia es una realidad, los argumentos para creerle a Lucy deben ser válidos, consistentes, lógicos. ¿Vale para el mundo real? Sí, claro, y de hecho, una de las graves fallas de nuestro sistema educativo, de nuestra costumbre de argumentar y desechar los argumentos de otros, es la falta de orden en el discurso que proviene de una falta grave de orden en las ideas. No hablamos con lógica porque no solemos razonar con lógica. Nuestras ideas pueden ser muy buenas, pero si no están ordenadas pueden entrar en una grave contradicción que quizá no veamos por la falta de estructura. Y esas contradicciones pueden llevarnos, y de hecho nos llevan a menudos, a conclusiones erróneas.

La lógica formal tradicional se enfoca en la estructura del discurso sin prestar atención al contenido. Pero, inevitablemente, cuando introducimos el contenido, si hemos respetado la estructura del discurso, descubriremos que termina por afectar las ideas. Y eso es realmente importante.

Volvamos al inicio. ¿Por qué es importante saber si Lucy dice la verdad? Porque dentro del contexto de la historia, era esencial para la niña que sus hermanos creyeran lo que estaba viviendo y porque si no le creían, podía sufrir malas consecuencias genuinas para ella y para su otro hermano, Edmund. ¿Por qué es importante la lógica en nuestro mundo y en nuestro contexto? Porque debemos asegurarnos de que llegamos a argumentos válidos para estimar o desestimar una idea, una acción o una reacción. Porque debemos asegurarnos de que resolvemos un problema en vez de hacerlo más grave. Porque debemos asegurarnos de que en nuestra vida diaria tomamos decisiones a partir de razonamientos válidos y no a partir de suposiciones falsas, presunciones inciertas o prejuicios. Porque en la aplicación de la lógica volvemos la vida más simple, sin desdeñar sus naturales complejidades, y podemos enfocarnos en lo que realmente importa y descartar lo accesorio, lo banal, lo estorboso.

¿Tan importante es?

Hace unos días, Emilia Fallas planteó en una interesante nota en Facebook su preocupación por el descuido que en general se tiene de la literatura en Costa Rica, y por ende, de otras muchas ramas del saber intelectual y artístico. Los niños no aprenden a leer como se debe, los adolescentes no desarrollan ningún gusto por la lectura, y los adultos se comportan en general con indiferencia ante lo intelectual y lo cultural, con grave consecuencia para el ambiente social y cultural del país. En resumen, que un país no lea solo puede traer malas consecuencias: adultos no pensantes. Y adultos no pensantes eligen malos gobernantes, pésimos representantes y prestan atención a noticias amarillistas. Sí, todos sabemos lo que eso significa.

Volviendo a la nota de Emilia y ahondando en su discurso, es fácil advertir que su preocupación no se relacionaba con "no saber leer" como acto formal, pues más del 90 o incluso 95% de la población está alfabetizada, sino con "no saber leer" con profundidad. En otras palabras, los lectores adultos siguen comportándose, en relación con la literatura, como si fuesen niños de preescolar, pues no se muestran exigentes, no comprenden historias complejas y no se interesan por profundizar lo que leen.

Apartándome del hecho de que tal situación en realidad no es nueva, ni aquí ni en muchos países, y de que Emilia afirma muchos hechos ciertos y lamentables, sí me llamó la atención un comentario en particular: Además, el MEP ha invertido millones (calculando salarios, costos administrativos, tiempo de docentes, pago de consultores, etc) durante más de cuatro años en la gran novedad "meterles un proyecto de lógica" en Español, en lugar de abordar realmente el tema y estudio de las competencias que el país debe desarrollar en los muchachos para alcanzar competencias en comunicación oral, escrita y análisis lector [...] La lógica solo es una herramienta ínfima que puede ayudar a percibir relaciones del discurso, pero JAMÁS ninguna teoría literaria ni lingüística desde siempre en los  "siglos de los siglos" de estudio literario puede ser antepuesto (sic) por la lógica..."  

Consideremos los hechos. ¿Hay estudios de lógica en nuestras escuelas como asignatura formal?

No.

Sin que haya una asignatura llamada propiamente "lógica", ¿se instruye a los niños en el difícil proceso de saber estructurar discursos e inferir conclusiones válidas a partir de premisas bien formuladas en cualquier materia desde el comienzo de su vida escolar?

No.

¿Se les enseña a los niños algún método para analizar cualquier texto -no solo literario- que siga una estructura formal que asegure la validez de los planteamientos sin incurrir en falacias, falsas premisas y conclusiones apresuradas?

No.

¿Se estimula el debate activo de ideas, el planteamiento de argumentos propios en torno a los temas de estudio, en especial, aquellos relativos a la cultura?

No. Ni en la infancia ni en la adolescencia.

¿Por qué?

No lo sabemos.

¿Repercute negativamente en la educación de los niños el que no sepan pensar de manera ordenada?

Pareciera que sí, puesto que enfrentados a un texto cualquiera no suelen saber qué hacer con él. Tan solo esperan las instrucciones del profesor, que muchas veces sigue algunos lineamientos ya preformados.

¿Es esperable que los niños y los adolescentes, sin estar acostumbrados a razonar de forma ordenada, sean capaces de comprender y aplicar las teorías lingüísticas y literarias más complejas?

No lo parece.

¿Es esperable tan solo que puedan comprender un texto profundo?

Tampoco lo parece.

Dada esta situación, ¿por qué habríamos de despreciar la introducción de la enseñanza de la lógica en nuestras escuelas si se hace tan necesaria?

En realidad, pienso que la enseñanza de la lógica, sin ser nunca una asignatura formal, debería arrancar en el preescolar, donde se les debería enseñar a los niños a entrar en contacto con los libros, a mirar el mundo con ojos de maravilla, a saber expresar sus pensamientos en voz alta y a escuchar los de sus compañeros, que pueden no coincidir con los propios. Sería una gran oportunidad para enseñar a los niños a pensar, a debatir, a respetar las opiniones ajenas, a sostener con dignidad los argumentos propios, y a comprender que los libros no son solo una asignatura aburrida, sino una oportunidad estupenda para disfrutar y a la vez, para comprender la realidad que los rodea a través de las páginas de muchas otras realidades. Tendríamos después adolescentes más conscientes y más interesados, y adultos más pensantes y más críticos.

¿Que estoy soñando? Puede ser, pero ningún daño hace. En verdad creo que aprender a leer comienza por lo básico, y lo básico se relaciona con el pensar. Quizá hoy lo que parece una utopía se haga realidad algún día en nuestras escuelas, y quizá tengamos mejores generaciones de adultos pensantes en el futuro. Entre saber leer, saber pensar y saber tolerar hay una relación más profunda de la que solemos asignarle. =)

Ojos de lector

19 February 2013 - 11:56pm
Mirando Toy Story 3, un niño ve la historia de unos muñecos que cobran vida cuando no se les mira y que tienen varias aventuras muy emocionantes. También ve que los juguetes malos terminan mal, que los buenos terminan bien, que es importante compartir, ser buen compañero y posiblemente, los mayores, verán también qué es ser justo y qué es ser un abusador. Hay mucho material para que las mentes infantiles permanezcan interesadas en la historia y no es de extrañar que esta haya sido una de las películas de Pixar más exitosas en términos de audiencia y de taquilla.

Mirando la misma película, un adulto ve, además de la historia que ven los niños, otros significados. Por ejemplo, puede vislumbrar la fatal llegada de la vejez y lo que esto implica: la separación de aquellos a quienes se ha amado, sea porque parten, sea porque mueren; la sensación de inutilidad y de marginalidad que acomete cuando los demás ya no se acuerdan de uno, pues no solo estás pasado de moda sino también has perdido funciones. Otro tema que los adultos pueden advertir es lo engañosa que puede ser la caridad mal entendida y la "justicia" aplicada por déspotas, y lo fácil que es que se formen mafias en las estructuras colaterales del poder. Otro tema que los ojos adultos advierten tiene relación con la política: la necesidad de combatir las dictaduras y de asegurar un auténtico sistema de consenso entre los ciudadanos si se quiere alcanzar una prosperidad real. Etcétera.

Los temas adultos se superponen unos a otros y se van desgranando al mismo ritmo y con los mismos elementos que los infantiles. La diferencia es que los primeros subyacen en niveles de lectura más profundos que los segundos, que son necesariamente más evidentes, aunque no menos importantes (ojo).

¿Niveles de lectura?

Sí, claro. De la misma manera solemos proceder con los libros. Tomemos por ejemplo, la trilogía de The Hunger Games, de Suzanne Collins. En un primer plano de lectura, el de los ojos adolescentes, lo que advertimos en seguida es la historia de una joven de 16 años que vive en un sistema opresivo donde una dictadura despótica expone a los jóvenes entre los 12 y los 18 años a participar en un circo sangriento para disfrute de la élite. La protagonista se ve enfrentada a varios dilemas, porque no solo debe tomar el lugar de su hermana para entrar en dicho circo sino que ha debido hacerse cargo de la alimentación y cuidado de su pequeña familia desde temprana edad, en un medio hostil y difícil. Al mismo tiempo que el lector adolescente se apasiona por su historia de enfrentamiento y supervivencia en medio de una tiranía sangrienta, también se sumerge en un emocionante triángulo amoroso cuya resolución no puede saber hasta el final de la trilogía, tanto más apasionante por cuanto dicho amor debe desarrollarse en medio de las incertidumbres de su lucha por la supervivencia.

En un segundo plano de lectura, sin embargo, los ojos adultos ven mucho más allá de estas verdades evidentes, que pueden estarse destilando de manera consciente o inconsciente en un lector joven, dependiendo de su veteranía en la lectura y de su grado de conocimientos y de conciencia. ¿Qué ven los ojos adultos? Uno de los grandes temas es el de la desgarradora verdad de la guerra: no hay manera de sobrevivir una guerra sin que las secuelas sigan dañando nuestro corazón durante toda nuestra vida. Y la guerra puede ser más espantosa si quien debe sobrevivirla es un niño, un menor, que se debate entre las inseguridades propias de su edad y las duras pruebas que debe soportar. Un adulto puede quedar quebrado, un niño aún más. ¿Cómo se sobrevive a la muerte, a la manipulación y a la tortura, a la pérdida de quienes amas, a la pérdida de tu hogar o de tu vida, y aún así, retener la cordura y no caer en la depresión, en el suicidio o en la demencia? En un proceso largo, la protagonista vive entre terror y terror, desconfianzas y deseos insuperables de creer, en la incertidumbre, porque el enemigo no siempre está a la vista, y no siempre es quien creemos que es, en la soledad y el miedo al abandono. El amor (y no me refiero solo al amor de pareja) y la compasión parecen no tener cabida en un mundo surcado de traiciones, y saber decidir cuál es la acción correcta, o incluso ética, se vuelve agónico. De hecho, la ética en la guerra es uno de los temas más recurrentes a lo largo de la trilogía, aunque no de los más evidentes.

Otro tema que la trilogía explora y que puede quedar patente en manos de un lector adulto es que el amor entre dos no es ni puede ser el resultado de una infatuación ni de un flechazo. No se impone, no se exige, no se dar por sentado ni nace de la noche a la mañana. A veces incluso se le puede hallar en medio del dolor. Y cuando llega, lo hace de manera natural, complementadora. Aceptar al otro como es, y lo que conlleva, respetar su manera de pensar y de ser, sus miedos y sus valentías, y aceptar que por mucho que uno quiera a alguien, no es su obligación que te quiera de la misma manera, son temas interesantes que no resultan obvios pero que pueden calar hondo. En este sentido, un adulto puede ver en la trilogía un tratamiento del amor muy distinto de las típicas comedias románticas o de las clásicas novelas románticas que lo pintan siempre de la misma manera (irreal) y machotera.

Otro tema que los ojos adultos pueden advertir en la trilogía de Collins es el sutil arte de la manipulación mediática y la importancia que los medios pueden tener para instaurar una dictadura, para mantenerla o para destruirla. La propaganda y la distorsión histórica se unen a la manipulación mediática en un complejo sistema de silencios y denuncias en los que muchas veces no sabemos situar la verdad o la mentira. ¿Quién miente, quién es honesto? Este tema está unido de manera intrínseca a la importancia de la imagen como proyección política y como afianzamiento del poder: de acuerdo con lo que ves, puedes tomar una decisión u otra, a menos que sepas ir más allá de lo que se te presenta y descubras la manipulación que se esconde detrás. El juego de "real or not real" que necesita desarrollar Peeta en algún momento de la historia para separar los recuerdos auténticos de los que no lo son aparece entonces en dos planos: el evidente, explicado por sí mismo en la historia, y el simbólico, que es la pregunta ulterior que los adultos terminamos por hacernos en el diario transcurrir de nuestras vidas.

En la medida en que Toy Story 3 y la trilogía de The Hunger Games son capaces de generar distintos planos de lectura en quienes se acercan a disfrutarlos se convierten en obras enriquecedoras, e incluso convenientes para distintos momentos de lectura. Porque los ojos de un lector nunca son los mismos, a menos que dicho lector no pueda madurar sus procesos de lectura. Un lector infantil sería un lector primario. Uno juvenil, intermedio. Uno adulto, avanzado o maduro. ¿Coincide con la edad? No necesariamente. No solemos encontrar lectores maduros entre los niños, pues por principio suelen tener pocos años de lectura y pocas lecturas a cuestas, y sin embargo, hay niños que aún a la edad de 10 u 11 años, dependiendo de sus circunstancias, pueden generar lecturas avanzadas de sorprendente capacidad reflexiva. Y uno esperaría que los adultos tengan siempre la capacidad de leer con ojos de "adulto", lo que, lastimosamente, no sucede tan a menudo como quisiéramos.

La mayoría de los adultos no suelen pasar del nivel intermedio. Sus lecturas suelen quedarse en niveles primarios y no saben descubrir más allá de lo que es evidente. Una película como Toy Story 3 o una trilogía como The Hunger Games, han sido dirigidas principalmente a niños y a adolescentes, respectivamente, y sin embargo, he notado que una enorme cantidad de adultos no suelen poder descubrir en ellas más allá de lo que sus pares niños o adolescentes consiguen. ¿Cómo enfrentan entonces estos adultos los libros o las películas más densas, con mayores niveles de lectura aún que dichas obras? No es de sorprenderse que no las comprendan. (Ojo: un tema adulto no tiene que ser una escena sexual o una escena violenta. Hoy en día, la mayoría de niños y adolescentes suelen presenciar con bastante indiferencia escenas así. El sexo y la violencia son adultos en la medida en que se ven envueltos en temas más profundos, más difíciles de digerir y de comprender, y sin embargo, un libro para adultos puede no contener una sola escena sexual o violenta y seguir siendo un generador de distintas lecturas).

Tengo la impresión de que esta incapacidad lectora en la población adulta viene dada por una simple falta de práctica. Como nunca lee nada más complejo que Twilight (que solo tiene un plano de lectura, el evidente) o no ve nada más complicado que Transformers (que no tiene ningún plano de lectura), no se acostumbra a ahondar más allá de lo evidente, lo complejo se le vuelve complicado y cierra el libro o se sale del cine antes de comenzar. Y es triste, porque alguien que no sabe leer o no sabe ver más allá de sus narices, aplicará el mismo sentido de desorientación en todos los órdenes de su vida: en el trabajo, en la política, en las relaciones sociales, en las relaciones familiares, en todo. ¿Es de extrañar que se encuentre tanto vacío en nuestras clases políticas, tanto desorden en nuestras vidas, tanta superficialidad en muchas de nuestras actividades de entretenimiento? ¿No sería fabuloso que pudiéramos enriquecer nuestro mundo con ojos de lector maduro, que sabe encontrar significados tras significados y que puede eventualmente tornar en realidad mejores actitudes y comportamientos?

La próxima vez que vayan al cine o que lean un libro, y mientras lo disfrutan, o aún después de disfrutarlo, háganse una pregunta: ¿lo leí como un niño o como un adulto? Y si descubren que se han comportado como niños, quizá sea tiempo de cuestionar lo que vemos en las noticias, lo que sabemos de nuestros amigos y aún lo que les decimos a nuestras parejas...

Editorial Palabras de Agua y Calles de Chatarra

14 February 2013 - 8:55pm
Este es un buen día para la literatura. La Editorial Palabras de Agua se lanza con todo para arrancar un hermoso proyecto editorial, en el que autores nuevos y consagrados puedan tener una nueva y moderna opción de salida para obras frescas y revitalizar el mundo literario en lengua castellana.

Hoy arrancan con Calles de Chatarra, novela autoconclusiva de género negro combinado con el fantástico, del autor español Alex Guardiola, que fue finalista del Premio Minotauro con su novela Sombras de una Vieja Raza y que ha participado en innumerables proyectos literarios y antológicos de gran calidad en el pasado.

Es una excelente oportunidad para hacerse con un ejemplar de esta nueva novela, que promete placer literario del mejor, a la vez que permite a los lectores afines a los buenos libros impulsar el arranque de una editorial prometedora. Si quieres participar del crowfunding, no más cliqueas en el anuncio que aparece a la derecha de la pantalla de este blog, justo debajo de mi enlace hacia Facebook, o bien, haces click aquí: http://www.verkami.com/projects/4528

¡Adelante! =)

Métodos propios para desintoxicarse

1 February 2013 - 11:06pm
Entre la revisión de una novela y otra me es preciso transitar por un periodo de desintoxicación. Suena un poco extraño, pero en mi caso es la relación de una simple verdad, pues cada vez que me sumerjo en el universo de una historia en particular (propia), básicamente transpiro ese universo. Mis pensamientos giran en torno a él, los personajes se desenvuelven frente a mis ojos, con sus fallas y sus contradicciones, a cada instante regresan a mí preguntas cómo "¿por qué Fulano hizo esto si había hecho aquello?" o "¿cómo se dio cuenta Sutano de que Mengano estaba en X lugar?", y cosas por el estilo. Es tan absorbente que lo único que lo contrarresta es la realidad. Sí, el día a día: mi familia, mis deberes, mis relaciones normales, mis actividades rutinarias, etc. Fuera de mi realidad, que también vivo en todas sus aristas, está ese universo alternativo en el que he decidido transitar.

Así las cosas, mientras escribo una historia X, no tengo cabeza para ninguna otra. Podría intentarlo, pero sería como un juego de fraudes: la verdad es que no la viviría igual ni le daría la misma importancia, por lo que podría "perpetrarla" en vez de crearla. Hace muchos años sí saltaba de una historia a otra, pero por lo mismo, rara vez las terminaba. Hoy en día conozco mis limitaciones y si he decidido dedicarme a una historia, dejo las otras en suspenso. (Sí, siempre tengo un arsenal aguardándome, lo que no significa que todas vayan a surgir alguna vez de la oscuridad). Y no importa si la historia en la que estoy envuelta es larga o es corta: la experiencia es la misma. Claro que si la historia es corta, el periodo de "inmersión" necesariamente será más corto, mientras que si la historia es larga, ese periodo puede prolongarse por meses.

Hay otro problema adicional con la inmersión. Es adictiva, envolvente y gratificante. Sí, casi, casi, como una droga. Claro que no tiene consecuencias negativas para mí ni me amenaza con drenarme las neuronas ni con achicharrarme el hígado o algo por el estilo. Pero mantiene mi sentido del placer en alto. Disfruto la historia, la vivo, me encariño con los personajes (bueno, con algunos no), me veo en los escenarios, incluso conozco historias personales tan complejas que podría escribir biografías enteras (nunca las verán, sin embargo). Esos sentimientos son una ventaja mientras estoy escribiendo la historia, porque me permiten desarrollarla con fluidez y (quizá) con naturalidad (espero). Pero son una seria desventaja cuando llega el momento del adiós y la necesidad de seguir con mi vida literaria, es decir, cuando ya es hora de que me dedique a otro universo, otros personajes, otra historia.

Ahí es cuando surge el momento de la desintoxicación. Pero... ¿cómo lograr una desintoxicación en un caso así? Y pues... de la misma manera en que me metí en el "problema": con historias. Pero no con historias propias (¡ajá!), sino con otras distintas. En otras palabras, mi "rehab" está en la lectura desenfadada y sin objetivos específicos, que siempre me ha acompañado desde que sé leer y que puede arrancarme sin dolor de los escenarios de mis universos y me sumergen en otros universos creados por mentes distintas a la mía.

Y por eso también sería muy contraproducente para mí leer algún libro que me guste o me absorba mientras estoy escribiendo una historia propia. ¡Amenazaría con arrancarme, antes de tiempo, del mundo que necesito resolver!

Hace poco transité por dos periodos así y todavía me encuentro en otro más. Cuando revisaba y reescribía mi vieja historia, estaba perfectamente inmersa en ella. Pero luego de terminarla, venía el momento de sumergirme en Señora del tiempo. Para hacerlo, tenía que desintoxicarme primero, y no es tarea fácil desembarazarse de un universo que conoces tan bien. Pero un librito muy agradable lo logró para mí. En vez de sumergirme en las espesas aguas de un universo de ciencia ficción, que quizá me habría estropeado un poco el proceso de desintoxicación, me entregué a las tranquilas mareas de un libro que contaba una historia cotidiana, sobre una mujer cotidiana enfrentada a pequeños pero interesantes dilemas. Se llama Christmas at Harrington's de Melody Carlson y cuenta la historia de una ex convicta que regresa a la vida normal con muchas tristezas y pocas esperanzas. No es un best seller de fama mundial ni una obra clásica de la literatura universal, pero es una historia sencilla, muy cálida y humana, que me hizo pasar muy buenos momentos y que tuvo la virtud de hacerme salir sin prisas ni dolor de mi universo previo y me allanó el camino para Señora del tiempo.

El tiempo en que pasé sumergida en Señora del tiempo se prolongó por meses, por supuesto, pues es una novela, y las novelas, por muy sencillas que sean, siempre demandan atención por periodos prolongados. Esto incluye no solo la creación y la redacción sino también las exhaustivas revisiones, sin contar la documentación, que me llevó a leer varios libros sobre temas tan diversos como la parasicología, los dilemas de la física cuántica y la historia de la brujería. Absorbente, interesante, y maravilloso. Pero terminó y una vez que ha terminado, quedaba otra vez esa oscura sensación de pérdida que siempre lo acomete a uno al final de una historia. Y para empeorar la cosa, necesitaba regresar a la revisión de mi vieja historia.

Necesitaba desintoxicarme otra vez. Y en esta oportunidad, recurrí a una trilogía.

Había leído The Hunger Games, de Suzanne Collins, un año antes, y aunque tenía sus continuaciones, no había tenido oportunidad de sumergirme en su lectura, por lo que decidí que una excelente manera de desintoxicarme era regresando primero a The Hunger Games (suelo hacerlo, para quitarme de la cabeza las escenas de la película y recordar lo que ocurría en el libro), para seguir de inmediato con Catching Fire y luego con Mockingjay. ¡Absorbente lectura! Y no me decepcionó. La historia de Suzanne Collins logró hacerme salir sin dolor del universo de Señora del tiempo y hacerme vivir por una semana con las aventuras y desventuras de su protagonista, en una lectura muy agradable, con una carga adicional de reflexiones y de vivencias humanas que poco tienen que ver con lo más publicitado de la saga. Quizá en otra oportunidad lo comente, pero entretanto recomiendo su lectura sin pensar en la publicidad y sin darle tan excesiva importancia a los triángulos amorosos de la trama, con lo que gana en profundidad y trascendencia.

Y me sumergí otra vez en otro de mis universos. Fue un periodo de revisión, lo que implicó mayor cansancio quizá, y más observación. Finalizó también y también hube de dejarlo ir.

Y llegó otro momento para la desintoxicación. ¿Y a quién acudir? Esta vez, cumplí una promesa a uno de mis hijos y recurrí a la ayuda de un clásico muy bien ponderado y alabado por generaciones de lectores y críticos: La historia interminable de Michael Ende. Por extraño que parezca, era una de esas historias fantásticas que aún me quedaban pendientes. Demás está decir que no me defraudó en absoluto. Me ha parecido una de las historias más hermosas y originales que habré leído en la vida y comprendí por qué mi hijo de 10 años la leyó tan bien y tan concentrado. Como observación tengo que decir que esta novela está bien dispuesta para ser disfrutada y entendida por un niño lector (de unos 10 años, precisamente), pero como toda gran obra, puede ser todavía mejor comprendida y disfrutada por un adulto. La conclusión obvia es que recomiendo se lea cuando se es niño y se vuelva a leer cuando se alcance los 40.

La historia interminable me permitió abandonar temporalmente mi segundo universo y permanecer aislada de él mientras el libro sigue su curso. Pero una vez concluida, ya no tengo historias. ¿Es eso malo? No, por supuesto. Me permite la inmersión en otros muchos universos, propios o ajenos, y en seguir mi vida literaria normal sin alteraciones. Ya he comenzado con The Wise Man's Fear de Patrick Rothfuss, continuación de su famosa The Name of the Wind (leída por mí hace dos años) y puedo sentir que mi "rehab" dio los resultados adecuados en los momentos precisos, como siempre, sin que se noten secuelas dañinas ni caídas depresivas preocupantes. Mi mente está, por tanto, lista para sumergirse en cualquier otro momento en una nueva historia propia, mientras se deleita con las de otros, que afortunadamente, siempre están a mano para rescatarme. =)

Una historia y un sentimiento

25 January 2013 - 11:19pm
Se acerca mi cumpleaños (¡yei!), que es y siempre ha sido un motivo de complacencia para mí, sin importar cuántos años cumpla. Ese día me siento bien. Sé que es una cuestión psicológica, emocional, autosugestiva, pero es lo que es y lo disfruto por lo que vale =) Y si además llego con alguna satisfacción personal ligada a la escritura, pues mejor.

En este punto me siento feliz y triste a la vez. Por segunda vez, llego al final (parcial) de un viaje y me invade esa sensación de pérdida que me acompaña siempre que doy término a una historia. En este caso no es enteramente cierto porque es apenas una parte del viaje, pero como es una parte con inicio, desarrollo y conclusión, es casi como si fuera el final de un viaje completo. Y lo peor de todo es que es una historia vieja.

Pues sí. Hace casi diez años comencé con esa historia. Escribí de un tirón un mamotreto de unas 900 mil palabras, que hube de dividir en tres, lógico, y que convertí en una "trilogía", y de la que me sentía vanamente orgullosa. Luego de un desencanto inicial, por haberme atrevido ingenuamente a enviar semejante armatoste a un concurso literario (en el que no creo que hayan llegado a ver el horroroso manuscrito), lo dejé un tiempo hasta que me decidí a publicarlo sin concurso de editorial. Era una época en la que el acceso a editoriales que se interesaran por la ciencia ficción o la fantasía parecía imposible y pensé, de nuevo con ingenuidad, que el mejor camino era la auto publicación por Internet. Por supuesto, hube de revisar el mamotreto en cuestión y horror de horrores, me di cuenta de la inmensa cantidad de defectos que tenía. Sin embargo, eso no me arredró y me sentí a revisar, refinar, podar, re-revisar, re-refinar y podar de nuevo hasta que obtuve un primer tomo más o menos decente, que publiqué con mucha ilusión por medio de Lulu (porque no creo en las auto publicaciones pagadas y mucho menos en las co-ediciones, lo que en su momento me salvó de alguna mala decisión financiera). El tiempo pasó y no percibí mayor atención por mi librito, pero con cierta ingenuidad, publiqué la segunda parte dos años más tarde y esperé.

Ignoraba los tortuosos caminos de la promoción en línea (en torno a los libros) que debía haber emprendido y al mismo tiempo, supe lo poco que sabía sobre el auténtico mundo editorial más allá de las fronteras por mí conocidas. Fue un periodo de reencuentro con el relato, con la entrega a historias diferentes, con personajes muy distintos entre sí. Aprendí también sobre los concursos populares, que son muchísimo mejores que los típicos concursos apadrinados por compañías o editoriales, pues se expone uno a la crítica auténtica, y crecí como autora (pienso) y hasta me divertí más, mientras escribía. De este periodo, que aún no termina, surgieron mis relatos más preciados, aquellos que se incorporaron a antologías y/o recibieron reconocimientos y que me enseñaron a emprender el difícil arte de la auto crítica y de la revisión exhaustiva.

Entonces, miré mi vieja historia, amada historia, con otros ojos. Como nunca supe qué hacer para darla a conocer, prácticamente nadie la conocía, fuera de algunos amigos, así que la retiré de las vitrinas en línea y la leí de nuevo. Y pensé: me gusta, la quiero, pero... necesita otra maduración. Y emprendí una revisión más madura, pero aún tímida, de mi primer tomo y con gran entusiasmo lo confié a una lectora veterana para que me diera su opinión.

Y la opinión llegó, nada halagüeña: ¡había fallos por todos lados! La historia es buena, me dijo, pero...  En fin, necesitaba una revisión profunda y seria. En aquel momento, luego de agradecer la crítica, tomé la historia y la guardé. Necesitaba desintoxicarme de ella y emprender otro buen camino de aventura en el relato. Fue muy productivo en cuanto resultados literarios y me sentí tan satisfecha con eso, que a principios del año pasado tuve la disposición y el ánimo para retomar mi vieja historia y aplicarle el correctivo que sin piedad necesitaba.

Y volví a vivir en mi vieja historia. Me divertí mucho, nuevamente, pero fui implacable. Prácticamente le di vuelta, la reescribí de pies a cabeza y al final tuve una historia similar pero diferente, que se parecía a la original en mucho y al mismo tiempo en nada. Fue un mes intenso de reescritura que coincidió con otro gran proyecto inesperado y novedoso para mí: la beca de fomento literario del Ministerio de Cultura.

Esa beca no era para mi vieja historia. Era para una historia muy diferente, para la que necesitaba espacio y tiempo. Había reescrito mi vieja historia, por lo que la dejé guardada otra vez, y me entregué con pasión y con ahínco a mi nuevo universo, en el que aprendí muchísimas cosas nuevas, descubrí otras y hasta abandoné algunas ideas erradas que tenía del pasado. Al cabo de cuatro meses enloquecidos pero fascinantes, surgió Señora del tiempo, que sufrió un intenso trabajo de revisión y que finalmente entregué al Ministerio de Cultura en diciembre del año pasado. Hoy, Señora del tiempo está en manos de editores, y solo con el tiempo sabré cuándo verá la luz.

Como tenía que dejar ir a mi Señora del tiempo, terminé de leer algunos libros de consulta (¡interesantísimos!) y me entregué a la lectura de otros autores por un buen rato (una semana), antes de reemprender mi camino con mi vieja historia. En ese ínterin releí The Hunger Games, leí por primera vez su continuación Catching Fire y también su final Mockingjay, todos de Suzanne Collins. Muy recomendables, muy intensos, tuvieron la virtud de saber desconectarme del universo de Señora del tiempo (nunca se puede lograr del todo: todos tus personajes y todas tus historias siguen viviendo dentro de ti), para lograr sumergirme otra vez en mi vieja historia.

Ayer di punto final a la última revisión. He acabado con el primer tomo, todavía no he regresado ni al segundo ni al tercero y no creo que lo haga en un buen tiempo, pero este primer tomo es mi nuevo orgullo y mi nueva tristeza. ¿Por qué? Pues porque debo saber dejarlo ir, e irá hacia el mundo que nunca vio antes y que ahora deberá enfrentar: el de los editores. No sé cómo le irá, pero espero de verdad que le vaya bien, porque si consigue el camino que merecía desde el principio, sus otros dos "hermanos" también podrían ver la luz y yo habré completado, finalmente, un ciclo muy importante de mi vida. =)


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