Peregrinos de la Oscuridad por José Luis Castaño. Segundo clasificado del III Concurso del Círculo de Bardos

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Concurso de relato del Círculo de Bardos

El Círculo de Bardos, ¿un lugar atemporal? ¿un tiempo sin espacio? Hace muchos años, los bardos recalaban entre sus piedras para contar sus historias y forjar nuevas leyendas. El número variaba según el momento, pero siempre ardía una pequeña hoguera en el centro del claro del bosque.





 

Peregrinos de la Oscuridad - por José Luis Castaño

A pesar de la fina arena que lastimaba su rostro, los ojos azules del joven Tarek permanecieron pegados a la imponente estructura que se insinuaba en medio de las dunas. Un escalofrío lamió su espalda al comprender que el momento esperado por fin había llegado. Las oscuras profecías del maestro comenzaban a cobrar forma en su mente, mientras contemplaba al grupo de encapuchados que cabalgaban hacia el zigurat, dejando una estela de polvo tras de sí.

Un temor reverencial se apoderó de los peregrinos al poner pie en el interior de la inmensa estructura. Eran conscientes de que ningún ser viviente había hollado esos corredores sagrados en más de cinco mil años. Los servidores de las sombras se postraron ante la horrenda efigie de piedra que guardaba la entrada del lugar, recitando una escalofriante salmodia en busca de protección.
El débil fulgor de las antorchas creó un oasis de luz en medio de las tinieblas que les rodeaban, dando vida a los siniestros frescos que llenaban las paredes del recinto. Tarek no pudo ocultar el desasosiego que le causaban aquellas imágenes sacrílegas, repletas de orgías bestiales y crueles asesinatos. La esencia de la maldad palpitaba en cada piedra de aquel execrable edificio.
Se abrieron paso a través de amplios corredores, atestados de ídolos de roca y bronce que representaban a los nigromantes que habían esclavizado aquellas tierras en las remotas eras de oscuridad, cuando los Señores de las Catacumbas dominaban el mundo a sus anchas.
A medida que se adentraban en el adytum impío,Tarek podía sentir cómo el corazón martilleaba desbocado en su pecho. Sobrecogido, volvió la vista hacia atrás y pudo ver la silueta jadeante que era arrastrada sin piedad por los sirvientes de Etzahel. Aferró con sus dedos sudorosos la hoja que ocultaba entre la túnica, y aspiró el aire malsano que reinaba en el recinto, consciente de que muy pronto los años de espera darían sus frutos.
Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por el creciente murmullo que rompió con el sofocante silencio que les embargaba. Levantó la cabeza y un horror visceral le erizó todos los vellos del cuerpo. El resplandor de las teas develaba un salón circular, adornado con extraños bajorrelieves de fieras salvajes en una lucha fraticida. Sin embargo, la atención de los peregrinos se desvió hacia la gran piedra negra que despedía leves destellos en el centro de la sala.
—Estamos en el corazón del santuario —exclamó con júbilo un hombre de ojos crueles. Se acercó a la mole oscura, acariciando los milenarios caracteres grabados en la piedra, los cuales parecían cobrar vida al contacto con aquellas zarpas huesudas y nudosas.
Se volvió hacia los demás, y la luz de las antorchas le dio un aspecto aterrador al rostro descarnado que se dibujaba debajo la capucha.
—¡Preparad el ritual! —rugió con voz gangosa. Sus pupilas enloquecidas revelaban una euforia malsana.
Tarek contempló a los demás, mientras se afanaban por cumplir los órdenes de su señor. Con el corazón a punto de estallar, miró de soslayo a la inocente criatura que lloriqueaba encadenada contra el muro. Tenía que actuar cuanto antes, debía impedir la consumación del ritual blasfemo, para evitar que una nueva edad de oscuridad y maldad asolara el mundo. Sabía muy bien que todos los años de sacrificios y vejaciones que había pasado como discípulo de la secta de Etzahel, habían tenido un solo propósito: evitar que se cumpliera la profecía del despertar del dios Lobo. Ahora que el momento por fin había llegado, la ansiedad caldeaba sus venas, mientras trataba de asimilar la gran responsabilidad que tenía por delante.
El salón cobró vida gracias a las luces de los braseros que ardían en los rincones. Los peregrinos se postraron de rodillas al descubrir la majestuosa efigie de Etzahel — el dios Lobo — que se alzaba en un nicho al fondo de la pared.
—¡Alabado seáis! ¡Oh, Poderoso soberano de Ultratumba! —espetó el sacerdote impío, cayendo frente a la efigie. Luego, volviéndose con una mueca demencial, señaló el rincón donde se hallaba la indefensa mujer.
—¡Aquí os traemos un humilde presente para saciar vuestra sed y renovar nuestro acuerdo!—. El eco de sus palabras retumbó por todo el recinto como una maldición.
De inmediato, dos fornidos esbirros se pusieron de pie y arrastraron a la aterrada mujer hacia el altar. Los alaridos de aquella miserable se clavaron en los oídos de Tarek como dos puñales de hielo. Su cuerpo temblaba de ira, esperando la oportunidad para entrar en acción.
El joven se sobrecogió al contemplar aquel rostro angelical desfigurado en una suplicante máscara de terror.
A su alrededor, los demás miembros del culto permanecían absortos en los que estaba a punto de suceder frente al altar, mientras comenzaban a recitar una tenebrosa monserga de alabanza a su dios maldito.
Entretanto, la muchacha se debatía sin esperanza sobre la gélida piedra que la mantenía cautiva, en medio de los dos brutos que la sostenían con fuerza de brazos y piernas.
—¡Oh, gran amo de la tinieblas, Señor del caos y la muerte! —La piel ajada del Sacerdote se contrajo en los pómulos, dándole el aspecto de una momia polvorienta, al tiempo que sus ojos parecían querer salirse de las orbitas—. ¡Vuestros humildes esclavos os ofrecen este acuerdo de sangre y vida para renovar nuestros votos con la oscuridad!
La mujer, al vislumbrar su terrible destino, dejó escapar un espantoso alarido cargado de ira, dolor e impotencia.
—¡Oh, Etzahel, comandante de las huestes oscuras, cumplid la profecía! —aulló el sirviente de las sombras, alzando los brazos hacia la efigie.
—¡Haced que la tierra tiemble con vuestro poder, y enviad a vuestras sanguinarias legiones a la victoria final sobre nuestros odiados enemigos!
Acto seguido, el fulgor del acero se materializó en las manos del anciano. Se trataba de una hoja ancha, con la testa de un lobo furibundo como empuñadura. La alzó sobre su cabeza, y comenzó a escupir una retahíla incomprensible en una lengua perdida en los albores del tiempo. Entretanto, la monserga repetida por los fieles cobraba intensidad, envolviendo a los presentes en un trance escalofriante y siniestro.
El sacerdote apretó el cuchillo con ambas manos, mientras sus pupilas destellaban con sadismo ante la visión de la aterrada muchacha que batallaba con desespero en el altar.
—¡Oh, mi señor y amo! —rugió, con el semblante contraído en una mueca sobrehumana—. ¡Recibid esta ofrenda y despertad de nuevo a la vida!
De pronto, una potente mano detuvo la hoja asesina antes de que atravesara el pecho de la muchacha, provocando que el anciano rodara por las escalones del estrado.
Uno de los brutos que aseguraba a la víctima saltó sobre el osado joven, pero la hoja de Tarek se hincó sin piedad en sus entrañas. Su compañero, sorprendido, liberó los brazos de la mujer y corrió en auxilio de su maestro.
—¡Vamos, debemos salir de aquí! —exclamó Tarek con ansiedad, clavando la mirada sobre el rostro congestionado de la mujer.
Se volvió hacia los peregrinos, quienes le miraban sin salir del estupor, mientras el sacerdote se ponía en pie con dificultad.
—¡Blasfemos, impíos, el señor de la Montaña Blanca me ha enviado para evitar este acto antinatural! —vociferó el joven, blandiendo la espada con increíble agilidad, y esperando la arremetida de los esclavos de las tinieblas.
De repente, la sonrisa lobuna que se dibujó en el rostro del anciano le heló la sangre en las venas. Era como si aquel ser decadente supiera con anterioridad lo que iba a suceder en aquel lugar. Una certidumbre aterradora le obligó a volverse hacia el altar, al sospechar que los siervos del lobo siempre habían estado al tanto de sus intenciones.
Lo último que Tarek vio en su vida, fueron los ojos demoníacos de la mujer refulgiendo como ascuas encendidas, mientras le clavaba un agudo estilete en la garganta. Lo último que escuchó, fueron sus graznidos de arpía, mientras se paraba sobre el altar contemplándole con odio y desprecio.
—¡Oh, gran soberano de lo oscuro! ¡Recibid la esencia de este infiel y cumplid la profecía! —aulló la mujer, levantando los brazos al cielo en un gesto grotesco.
Los peregrinos de la oscuridad se hincaron ante la Suma Sacerdotisa, clamando al unísono el nombre de su dios maldito, y esperando con fervor el cumplimiento de la profecía que les devolvería el poder perdido.

Maldad y oscuridad

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