Relato: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático sideral, parte primera)

Embarque a las estrellas (Capítulo I)

Estrépito de vidrio y chatarra. Tras un movimiento torpe, la nave afianza su mole en los conductos de anclaje con la avidez de un recental ante la visión de una ubre.
Pienso con desdén en el holograma publicitario de la compañía Galaxy-Flot. Un aborigen de Venus IV hace vibrar el aire del interior de su burbuja de emisión, en varios corredores del espacio-puerto, con el chasquido de dos lenguas habladas al unísono gracias a la bifurcación de ofidio que emerge de su paladar: ?Embarque con nosotros a cualquier punto de la Galaxia, póngase en manos de nuestros capitanes curtidos en vuelos sin imprevistos, de órbitas exactas y acoplamientos de ecuaciones milimetradas. •”/!ç)-_ º_¡&ç”.- ¡”•_¨*Ç “!º_.- &/)._ç¡ -:”!)/&- ç!)._ _-“”. ¡)-ç*^^.- &ç!º*! _^”_-. Ç&)!.

La publicidad prosigue en el idioma terráqueo y venusiano: ?Para el pago de sus billetes, aceptamos la visa joviano asteroidal y las bonificaciones de capital convertibles en bienes raíces, expedidos por la recién creada Confederación Láctea-Nube de Hoort, cometas perimetrales de espacio profundo incluidos. No se aceptan tarjetas de crédito de los planetas incorporados al listado de territorios díscolos, en cumplimiento del boicot económico impuesto por la C.P.U.). ¡)/:ç Ç*^^•!º _¡*+&3”_ ^¨ç•”/&- Ç)•(¡+!* _• )/&”-_Ç+^”!º¡* Çç•:_ &¡*^_.!º •^^*Ç_-¡)/( __.Ç&•”¡)! _:(/•¡*^^Çç
La representación holográfica del venusiano avanza en su discurso a lo largo de siete corredores. Encerrado en la pompa de jabón errante, ofrece una deformación de la propia imagen a aquellos curiosos que se aproximan al reflejo curvilíneo de la burbuja.
?Embarque con nosotros a velocidad-luz, dilúyase en un espectro lumínico-iridiscente hasta su punto de destino, propulsado por nuestros infalibles motores de antimateria. ^*Çç_¡- º!)/&(¡^+ç *^^/¡•&_- “•”!º¡ç Ç*+^_- ¡)/(•”!º_- ^+*Çç¨_”!(¡ ç”!º/)¡Çº _Çç-+*^^”&/_ +)/(¡”!º_ .¡”.
Me pregunto si la sociedad neogaláctica en la que vivimos ha conseguido tal cosa: convertir la física en metáfora y la metáfora en física.
Facturo un equipaje compuesto por la pequeña bolsa de viaje que he arrastrado conmigo durante los últimos años-luz, no necesito más que unos mínimos utensilios de aseo personal: un cepillo, una maquinilla láser de afeitar y un botiquín con reforzantes inmunológicos, plaquetas ultrarápidas y lo último en succionadores de pústulas. Como agregado al cuerpo diplomático de la C.P.U. (Corporación de Planetas Unidos), nunca sabes a qué clase de mundos te pueden enviar los insulsos burócratas de la Corporación, ni qué clase de bacteria con su correspondiente infección vas a pillar en ellos.
Camino en dirección a la nave con despreocupación, para acelerar el paso una vez he pisado el puente de embarque. Tal vez me haya poseído un comportamiento mimético, a la vista de las pequeñas carrerillas iniciadas por los viajeros que me preceden en mi marcha hacia la escotilla de acceso. Un paso ligero disimulado entre grandes zancadas.
Sin lugar a dudas, se trata del síntoma de ansiedad que precede a la neurosis-lumínica. Enfermedad propia de los viajes interestelares, como el escorbuto lo fue de los primeros viajes náuticos, y que consiste en un conjunto de desórdenes emocionales asociados a fobias de diversa magnitud en la escala límbica y neocortical. Por ejemplo, una de estas variadas manifestaciones subparanoides consiste en que, el sujeto afectado, se considera un fotón de luz por el hecho de haber alcanzado velocidades iguales o superiores a la susodicha partícula. En los casos más graves, el enfermo puede pasarse el día ocupado en el repiqueteo de tacos electromagnéticos. (El resultado es un sonido parecido al de un microondas empeñado en incinerar una pizza Cuatro Estaciones).
En otra de las secuelas de este tipo de neurosis, el viajero puede perderse en un marasmo de espacio-tiempo en el que la memoria queda a la deriva, presa de un circuito repetitivo. Se dice que cada nave interestelar tiene al menos a uno de estos achacosos, que desaparecen y reaparecen por cámaras y corredores cual almas en pena. Consecuencia que aprovechan para gorronear espacio y provisiones a la compañía, además de fastidiar al pasaje con sus charlas enfermizas sobre la terrible existencia de un fotón, sin un haz de luz o bombilla en la que guarecerse.
Desde el puente de embarque, dedico un rápido vistazo a la nave. La superficie del fuselaje está siendo recorrida por dos robots de articulaciones magnéticas, empecinados en tragarse todo el polvo cósmico en una carrera contra reloj. La nave partirá en el horario previsto, indiferente a las ocupaciones de los artilugios cibernéticos. Programados con un alto grado de responsabilidad laboral, varios de ellos se habían incinerado en contacto con la estratosfera, de modo que alguien había decidido reprogramarlos. La idea era que conservaran aquellas cualidades de eficiencia, con el peso añadido de un cierto “instinto de conservación”. El resultado sobre el fuselaje es el baile frenético de dos aspiradoras sobre una pista de patinaje artístico. Algunos programadores hablan de introducir nuevas mejoras, pero la compañía se niega en redondo por temor a una posible eventualidad que les obligue a sentarse a negociar el futuro convenio colectivo de los aspiradores de polvo cósmico. Tal como ocurriera con la huelga general de electrodomésticos del 2215.
Una vez atravesado el puente, me sitúo frente a una de las escotillas de entrada a la nave, donde un haz de identificación escanea mi rostro varias veces. Por lo visto no me reconoce. Puede que la razón se encuentre en los tres emergentes granitos (seamos sinceros: ¡granos!), que circunnavegan la comisura izquierda de mi labio inferior en dirección a la barbilla, con la intención de coronar mi mentón con graciosa desenvoltura. Contemplo como una aguja acoplada a un brazo mecánico brota del dintel de la escotilla, con creciente inquietud. La estocada ha ido directa a uno de mis glúteos. Ha sido un pinchazo limpio, rápido y doloroso.
?Comprobación instantánea de A.D.N. Olofernes Jhosuha Malandruk. Funcionario de la C.P.U. Identificación correcta ?grazna una voz metálica.
Entro en la nave paticojo y con la idea de renovar un viejo voto de abstinencia. Tengo que dejarlo, el chorizo no sienta bien a mi piel seborreica y, por lo visto, tampoco a mi trasero.
Vagabundeo por varios niveles antes de encontrar el compartimento que me corresponde. La desorientación me sirve para establecer una primera toma de contacto con el pasaje: roces no deseados y efluvios de sobaco en corredores diseñados por la avaricia.
Observo el salvoconducto plastificado que me permitirá viajar al infinito y que sostengo entre mis dedos: ciento diez. Descubro los mismos números a la entrada de una escotilla, introduzco la tarjeta de embarque en una ranura dispuesta junto a la entrada. Chirriante, casi con enojo, la escotilla se abre. Escudriño la que ha de ser mi guarida durante los próximos días. La forma oval del camarote obedece a un práctico modelo, adoptado por todas las líneas interplanetarias. El suelo se une a las paredes sin brusquedades, de forma casi imperceptible, hasta imitar el perfecto interior de un huevo.
En un rincón del compartimento hay una especie de camilla empotrada, único mobiliario del aséptico habitáculo. Me acuesto en ella con objeto de descansar un poco, pero un brazo mecánico emerge del lateral derecho en respuesta a la presión de mi cuerpo sobre el tapizado del extraño sofá. Me incorporo con ayuda de un respingo. Mi reciente experiencia con mecanismos articulados me aconseja ser cauto, cuando no abandonar la estancia a paso ligero. Pero, por fortuna, el brazo termina en un panel de instrucciones y no en la amenaza que mi cuerpo escarmentado esperaba encontrar. Relajándome de nuevo, procedo a inspeccionar el panel. Por encima de los tres únicos botoncitos de la consola puede leerse: “Instrucciones de supervivencia para vuelo”. Cada una de las pequeñas teclas posee su correspondiente inscripción: “Familiar”, “Cortés”, “Señorial”.

Pulso el familiar y una voz surge de ninguna parte, armada de una entonación propensa a la socarronería, de una exhibición histriónica de usos y modales en el habla. Burda mampostería del lenguaje que suele utilizar la gente obtusa, siempre presta a servirse de aquel conjunto de palabras que más se ajuste al abuso de confianza. Me pongo en guardia, pues la familiaridad desmesurada suele desembocar en el insulto.
?Normas y maneras para sobrevivir al “salto”. Presta atención, ¡pringao!
Me lo temía.
“Si eres un aficionado a la ciencia-ficción olvida todos tus tópicos, pueden resultarte fatales. El salto al hiperespacio es doloroso, brutal. Nada de una lucecita que se diluye en el vacío cósmico, mientras el ordenador de a bordo te birla tus últimos créditos en un juego interactivo acoplado a la médula. No pienses que vas a realizar el salto sin más incidente que despeinarte el flequillo.
“El salto te aplasta, te desmiembra, te proyecta contra las paredes de la nave. Por ello, momentos antes del gran acontecimiento, guárdate las espaldas con algo blandito y sitúate siempre boca abajo, de lo contrario puedes ahogarte en tu propio vómito.
“Sí, has oído bien, pardillo, ¡vómito! ¿O acaso creías que en una nave espacial no se vomita? ¡Malditos trekkies!
“Aprieta tus ojos con las manos o de lo contrario pueden salírsete de las órbitas. Abre la boca, ¡no demasiado!, con moderación. Así está bien, no vaya a entrarte una mosca radioactiva. Lo de la boca es para que no te revienten los tímpanos.
“Si sobrevives al viaje estás de enhorabuena. Allá, en la lejana Tierra, ese puntito que casi podrías aplastar con tu pulgar, todos tus familiares gorrones, acreedores y vecinos pelmas ya hace siglos que la han palmado. Eso en el caso de que el universo teorizado por Einstein fuese verdadero en todos sus detalles, ya que, si así fuese, ¿para qué narices has pagado el billete de un viaje irrealizable? Mucho me temo que cuando vuelvas a casa, tendrás que seguir haciéndole el papel a tu suegra o cumplir con todo el muestrario de convenciones sociales, con los que tus educadores decidieron encadenar las reminiscencias de ese espíritu libre que ya te amputaron desde la cuna. Lo siento por ti, ¡capullo!
El salto sobreviene en un fogonazo, como si una estrella hubiera agotado todo su combustible colapsándose en una indigestión atómica, preludio de un chorro de luz incuantificable. Ando aplastado contra el techo de mi camarote, atareado en el intercambio de confidencias con un grupito de moscas radioactivas. De golpe me veo en el suelo y de nuevo, sometido a ingrávidas inercias, voy de cabeza contra la consistencia espumosa de las paredes ovales del camarote, cual residente psiquiátrico con aptitudes de autolesión. Después de marearme como un cometa en órbita descendente, agradezco el hecho de que los compartimentos destinados al pasaje no estén provistos de esquinas.
Por fin la nave se estabiliza, poniendo término a mi deriva de pasajero hiperlumínico impregnada de velocidades luz en grado diverso (léase cambio de marchas). Un traqueteo que permite a la nave alcanzar la aceleración necesaria, con la que dejar atrás a los mismísimos fotones.
La gravedad artificial, irradiada por un suelo magnetizado e interrumpida por el salto, vuelve a zumbar bajo mis pies o, mejor dicho, bajo mi barriga. Me encuentro aplastado a escasos metros de la litera, nariz contra suelo. Y en esta posición de felpudo babeante (el babeo es otro efecto producido por este tipo de navegación), me sorprende la asistenta de vuelo.
?Valija diplomática para el señor Malandruk ?anuncia, al tiempo que deposita una pequeña esfera junto a mí.
La azafata intergaláctica me observa con curiosidad antes de retroceder unos pasos, sin duda espera algún tipo de petición. Incorporándome a medias apoyo mi trasero en el suelo, pues me siento demasiado maltrecho para levantarme. Pulso el interruptor de la valija y la esfera se abre en abanico hasta su mitad. De ella brota una imagen. El holograma trucado del vicepresidente de la C.P.U. me habla desde seis meses luz de distancia. Considero que su imagen se me ofrece retocada, ya que el funcionario no exhibe la habitual verruga de su mejilla izquierda. El vicepresidente me suelta una de sus largas peroratas. La gente no es capaz de moderarse, ni tan siquiera enlatada en un holograma.
?Su misión consistirá en evaluar una civilización nacida en un planeta de sistema binario, una civilización tecnológica creada por una raza humanoide. Su sistema económico está basado en la supresión del mercado financiero, limitándose la producción a las meras necesidades sociales. En cuanto a lo político, todo el andamiaje ideológico de Darsum está teñido de fraseología y conceptos arcanos, tendentes a sostener una socialización y un igualitarismo extremo.

“La Cepu quiere que investigue la viabilidad de este tipo de sociedad, sus posibilidades de futuro, con el objeto de proceder a una cuarentena preventiva o, en su defecto, a un bloqueo riguroso si así lo indicaran sus informes.
“Darsum deberá desaparecer o integrarse en la universalización económica, puesta en marcha por el determinismo histórico cuyo inicio marcó el fin de la propia historia, allá en las postrimerías del siglo XXI; cuando la pretensión ideológica de la igualdad humana, fundamentada en dogmas del XIX e impuesta a medio mundo, se desmoronó sobre unas realidades amasadas con la escasez y el desencanto. Estoy seguro de que Darsum es otro ejemplo de esa impostura, a la que todas las sociedades utópicas deben enfrentarse tarde o temprano.
“A propósito, querido Jhosuha, ¿le he contado alguna vez como mi tataratataratataratarabuelo contribuyó, con su mazo de jugador de polo hípico, a desmoronar el Muro de Berlín?
Otra vez no. Contengo a duras penas el arrebato de sacudir una patada a la valija.
“Vaya usted y golpee con su mazo (sus informes para la Cepu), a ese otro muro de aberración que niega al hombre el derecho a enriquecerse, a poseer y a desposeer, a la abundancia y a la penuria, a la sabiduría y a la ignorancia. Sólo Dios tiene el derecho de otorgar la redención a la humanidad, ¿cómo pueden los hombres, pues, otorgársela a sí mismos?
“Todo el funcionariado de la Cepu le desea un feliz viaje y una feliz misión. Hasta pronto.
La imagen del vicepresidente se esfuma en el aire de mi compartimento. Apago la valija. La asistenta permanece en pie, impertérrita, sin que el extenso monólogo haya producido en ella consecuencia alguna.
?El capitán desea saber si acudirá a la cena.
?¿Cena?, ¿qué cena? ?manifiesto mi perplejidad, sentado aún en el suelo.
?El capitán escoge de entre el pasaje a las personalidades más destacadas. Sólo unos pocos tienen el privilegio de cenar con él.
Presto una mayor atención a la asistente. Por la forma en que pronuncia la palabra “capitán”, diría que la chica siente algo más que el debido respeto hacia el responsable de la nave. Sigo observándola, es alta, o quizá me lo parece debido a mi postura. Con toda certeza sus piernas son largas, de un torneado exquisito. La minifalda de su ajustado uniforme me permite elaborar tales juicios.
?¿Cómo podría negarme? Me siento honrado por haber sido escogido para tan alto privilegio.
?Oh, no había mucho donde elegir. El capitán es muy exigente con los modales en la mesa y, en esta ocasión, el pasaje pertenece en su mayoría a especies de más allá del confín. Y, entre nosotros, esa gente tiende al desaliño en todas las vertientes de su existencia ¿Usted no comerá con los dedos, verdad?
Me levanto del suelo y conduzco a la asistente de vuelo hasta la puerta del compartimento.
?Esa es una vertiente de mi existencia que el capitán descubrirá esta noche ?comunico a la chica una vez se encuentra en el corredor, antes de que su rostro desaparezca tras la puerta corrediza.
Como ser humano, comprendo perfectamente los sentimientos racistas; pero, como diplomático, debo censurarlos.
Abandono mi camarote empujado por una tenue zozobra. Normalmente, no presto demasiado interés por mi trabajo. El ejercicio de la diplomacia es sólo una excusa que me permite viajar, la única pasión de mi vida. Pero el hecho de ser responsable de la elaboración de un informe que decida la cuarentena o el bloqueo económico de una sociedad entera, con la derivada precariedad vital que ello supondría, me produce cierto malestar. Nada grave, se me pasará pronto. Para apaciguar ese mal hábito de dar espacio a la conciencia, dentro de la abarrotada agenda de un diplomático, sacrifico otras ocupaciones con las que recrear la mente y decido acudir en busca de información sobre los darsumianos.
No tengo que desplazarme demasiado por los vericuetos de la nave, en el mismo nivel encuentro la “farmacia-biblioteca”. Rebusco en los estantes, todo el espectro del arco-iris permanece almacenado en frascos para uso y disfrute de bibliófilos impenitentes, en forma de pastillas. Guerra y Paz, el Decamerón, Atarax (hidroxizina diclorbidrato). Vaya, alguien confundió la biblioteca con el botiquín. Escojo un par de “lecturas neuronales”: un tratado sobre los “Orígenes de la economía socializada en Darsum”, escrito por un tal Fer de Eldia, y una recopilación de los últimos cuentos cosechados en los vacíos siderales por los Hermanos Cataclismos-Grim, una serie de relatos milenaristas sin redención ni esperanza. Se trata de una suma un tanto extraña, pero no quiero devorar un ensayo sociopolítico sobre Darsum y correr el riesgo de un colapso neuronal. Por tanto, combino la sesuda “lectura” con algo más llevadero.
De regreso a mi compartimento, me trago la introducción del tratado y tres relatos brebes de la antología milenarista. Cada comprimido de seratonina memorizada viaja de axón a axón, hasta enquistar la voz y el recuerdo, de experiencias ajenas y conocimientos lejanos, en todo mi sistema neocortical. Y en una serie de pulsaciones constantes, cual resaca tardía de borracho, un primer cuento de los “hermanos cataclísmicos” se escenifica en el interior de mi cabeza, substituidas las palabras por los impulsos electroquímicos que barren mi memoria en busca de la sensación precisa para cada frase, párrafo o concepto presente en el relato.

Cuentos, tratados y otras historias siderales (Capítulo II)

LA RESPUESTA

Embalaron sus cosas en silencio de forma ordenada, con el método de quien sabe que no va a volver y aún así desea preservarlas, con objeto de perpetuar la memoria más allá de los siglos y los milenios, más allá de eones interminables. Unas tinajas de recuerdo, quizás en ellas reposaban cenizas de difuntos, libros de enigmáticas plegarias, cuentas de cristal ardiente (los famosos cristales de la luna yerma de Albera XIII), cánticos enlatados en microprocesadores de duridio. Pues la música vagoriana se había ganado ese derecho a traspasar el umbral del tiempo, que sólo las tonadas de exquisitos acordes logran alcanzar. El derecho a palpar con melodías intemporales el cenit de las galaxias. El instante último donde un universo desbocado moriría de asfixia, por la inercia generada tras el fin de un ímpetu inicial tan veloz como prometedor. Ralentizado, inercial y a la deriva, el cosmos entero se pudriría en el dique seco de la inmovilidad, diluyéndose con la nada.
El instante último, el Apocalipsis cosmológico, había llegado ya para los vagorianos; la especie estaba próxima a su fin y ellos lo sabían. Aprovecharon su condición de pueblo floreciente, para diseminarse por numerosos sistemas estelares. Amantes del arte y la ciencia, cultivaron la cultura allá donde fueron. Pero ya en los albores de su senectud orgánica, esa encrucijada biológica en la que toda especie debe enfrentarse a su extinción, empezaron a mostrarse inquietos. Una aflicción, un quebranto arropado con las calamidades del ansia empezó a extenderse entre la población. No querían desaparecer sin conocer la respuesta a esa gran pregunta: ¿estaban solos en el Universo?, ¿existían otras inteligencias, aparte de sus cultivadas y sesudas molleras?
Al impulso de aquel quebranto, de aquel ansia, enviaron sondas al último rincón de la Galaxia y dispararon haces de radio en todas las frecuencias. Sus mensajes barrieron el espacio, la nada sideral, las abisales distancias cósmicas que helaban la imaginación y el entendimiento. Y en todos los mensajes se repetía la misma y angustiada pregunta: ¿hay alguien?
Por fin recibieron una respuesta, un comunicado breve y extraño: ¡apaguen esa radio!
Los más eminentes sabios se reunieron en cónclave para tratar de dilucidar el significado del mensaje y, como quiera que no llegaran a ningún acuerdo, decidieron insistir en su elocuencia formulada en rayos electromagnéticos, alfa, beta y zeta. Todo el abecedario radiado.
La siguiente respuesta llegó tras los milenios-luz correspondientes: ¡apaguen esa dichosa radio!, ¡está interfiriendo en la emisión de nuestro partido de los domingos!
Embalaron sus cosas en silencio: Unas tinajas de recuerdo, quizás en ellas reposaban cenizas de difuntos, libros de enigmáticas plegarias... y fueron a morir al lugar más recóndito del espacio, convencidos de que la única inteligencia del Universo había sido la suya.

Orígenes de la economía socializada en Darsum
Introducción.

En la segunda mitad de su tercer milenio, Darsum se enfrentaba a una crisis social y ecológica sin parangón con otras edades tecnológicas. La imposición de un sistema económico llamado de “dinamismo pujante”, aceleró la demanda monetaria inherente a todo operativo industrial basado en la creación de bienes y servicios. El dinero “útil” destinado a la producción competía con el pago de intereses a entidades de lucro-usura, dividendos empresariales e impuestos coercitivo-retroactivos. Estrategias de orientación de la economía hacia intereses privados, cuyas gravosas condiciones sobre la producción de bienes, contribuyeron a la retroalimentación de una vorágine productivista que concentraba sus beneficios en unas minoritarias capas sociales; las mismas que habían mantenido en sus manos, por herencia o por facultades, los mecanismos de la producción. La economía de “dinamismo pujante”, dio otra vuelta de tuerca a la concentración de capital conseguida a costa de “encarecer” el propio dinero, y provocar con ello la sedimentación de nuevas capas de pobreza con cada transacción financiera de grandes proporciones. Una estratificación de desheredados de diverso grado se redistribuía en una pulsión constante, acomodándose en los intersticios de unos niveles sociales sacudidos por la explotación, tanto de las personas como de la naturaleza.

EL AUGE DEL MERCADO VIRTUAL,(O COMO EL ACUMULO DE DINERO LLEGO A CONVERTIRSE EN UN FIN EN SI MISMO).
¿Cómo pudo llegarse a esta situación?, ¿cómo pudo sacrificarse a las personas y a su entorno en aras de ficticias necesidades mercantilistas?
En la palabra “mercado” está la clave para comprender lo que ocurrió en el tercer milenio de la historia de Darsum. El mercado dejó de ser un lugar físico, de intercambio de productos entre productores y consumidores, para convertirse en un lugar inmaterial donde el dinero perdió su función como unidad de intercambio. La moneda se convirtió en una mercancía más, sometida a caprichos especulativos en forma de bonos estatales o fondos de previsión. Ingentes cantidades de capitales alejados de los entresijos productivos, experimentaron el vaivén de una marejada de acciones cuya valoración mercantil se encontraba en constante redefinición.
Todo ese dinero, acoplado a los engranajes del nuevo mercado financiero, era de naturaleza improductiva. Su efecto especulativo encarecía el dinero “útil” utilizado en la producción. Pero, los pingües beneficios que este tipo de capital reportaba a las élites de la macro-economía, hicieron que éstas invirtieran cada vez más en el mercado financiero, exigiendo niveles de producción en constante aumento. Y cuanto más aumentaba el capital especulativo, más disminuía la masa monetaria “útil” puesta en circulación; con lo que empresas y personas se veían abocadas a una competencia feroz. Los procesos industriales se automatizaban hasta el extremo y nuevos ajustes económicos permitían despedir a gran número de trabajadores.
Poco a poco, fue consolidándose un modelo de “desarrollo” donde cada vez era más numeroso el gentío que no disponía de dinero para cubrir sus necesidades. La contradicción de un mercado sin compradores se sostenía al amparo de los desajustes profundos, estructurales, que padecía el modelo industrial basado en la producción de “dinamismo pujante” y el consumo masivos; dos estrategias avaladas por el capital especulativo.
A finales del tercer milenio, este modelo se había impuesto en todo Darsum. Su internacionalización convirtió a los estados en simples marionetas, cuyos hilos movían las empresas transnacionales a través del mercado financiero. Las administraciones estatales pronto se convirtieron en un acopio de formulismos sin influencia que ejercer, ni ley a quien impartir.

ACOMODÁNDOSE ANTE EL FIN

Lo habían escrito en la prensa los sabios más afamados. Esta noche llega el Cometa engalanado de una cola nupcial tejida de jirones de estrella, una cola de gases tóxicos que amenaza con envenenar a media ciudad, a media campiña, a medio país. Por las esquinas, en cada tenderete y en cada posada, venden máscaras fabricadas con la tosquedad del desconcierto, en un intento por guarecer los pulmones de los humores perniciosos del astro vagabundo. Pero esta medida profiláctica quizá no sirva y anda el personal en el trajín de testamentar bienes, con la esperanza de que algún hijastro pródigo, algún nietecito o concubina, resista los avatares del cielo y de la tierra.
Yo, que nada tengo, ni nada he dejado a medio concluir, instalaré mi mejor sillón en la terraza para apoltronarme en él. Quiero ser un espectador cumplido y fiel de este fin de todo, dado que no pude asistir al nacimiento del mundo por motivos de una longevidad de escaso recorrido, no quisiera perderme el momento de su defunción.

Serafí Gimeno



Genial :-) Hace unos años

Genial :-)

Hace unos años leí un libro, creo que de un autor italiano, titulado Tierra. Este relato me recuerda mucho a dicho libro. Ciencia ficción impregnada de un humor cotidiano que me parece, como he dicho anteriormente, genial.

Algunas veces he intentado escribir algo con este tipo de humor, pero no me ha salido nada decente. Eso no significa que lo deje de intentar.

Saludos y gracias por un relato tan entretenido :-)

Re: Relato: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático s

Pues estate atento, que la historia continúa ;)

Re: Relato: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático s

Desconozco a este autor italiano, cuando elaboré la historia, "Mundos en la valija", mis referentes eran otros. Sobre todo por lo que respecta al personaje, el diplomático Olofernes. Intenté crear un protagonista que conectara con otros viajeros del género de la ciencia-ficción o del subgénero de "periplos hilarantes". Para ello, contaba con antecedentes como Tartarín de Tarascón de Alfonso Daudet, Bill el héroe galáctico (Jack C. Haldeman) el celebrado Ijon Tichy (Stanislaw Lem) e incluso Gulliver (Jonathan Swift). Por ambicionar que no quede.

Re: Relato: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático s

A título informativo, Tierra, de un autor italiano, debe ser éste:


¡Tierra!

¡Tierra!
(6/10)
Título original: Terra!
Autor: Stefano Benni
Género: Ciencia Ficción, Humor
Saga:
Año Copyright: 1983




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