Relato: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático sideral, parte segunda)

De buenas cenas...(Capítulo III)

En el camarote del capitán, la cena desprende un aroma sugestivo que se cuela en los resquicios olfativos de los invitados, preparándoles para la degustación de una recreación culinaria entresacada de las exiguas recetas de la compañía. Las narices de todo un aquelarre de voraces pasajeros se detienen en el discurso de aquel aroma, dispuestas a anticipar sabores con la impudicia del comensalismo más desenfrenado. Como respuesta al estímulo de ese olorcillo insidioso, una producción descontrolada de saliva nos llena la boca, gorgotea en las diversas aberturas bucales de todas las criaturas presentes en el convite. Aberturas dentadas, succionadoras o de deglución diferida, (mecanismo digestivo dotado de un falso estómago, en el cual se depositan los alimentos a la espera de un tiempo de penuria que inicie la actividad gástrica, una vez reconducidos al verdadero bolso de contrición que posee cualquier vertebrado decente).

Estoy sentado junto al capitán, un odoriano de cuerpo esférico dotado de tres pares de tentáculos. Imagino a la asistente de vuelo y al responsable de la nave en actitud libidinosa, las exquisitas piernas de la chica rodeadas por los tentáculos del alienígena, y no puedo evitar que una sombra de desagrado recorra mi rostro. Arranco la mala hierba, el funesto pensamiento, que intenta enraizar en la parcela de mi mente. Pues, con toda probabilidad, se trata de una planta parásita abonada por la envidia. Dirijo la atención hacia el variopinto cóctel de invitados, cinco comensales más se distribuyen en torno a la mesa, listos para devorar el guiso. Una apetitosa combinación de carne y verduras presentada en un par de fuentes.
El máximo oficial invita a los comensales a iniciar un ataque glotón contra una cena de aliños discretos, como de bodegón otoñal envuelto en una salsa pardusca.

—Sírvanse, sírvanse ustedes mismos. No dejen nada, el cocinero tiene muy mal genio y se lo podría tomar como una ofensa —alecciona con voz nasal.
Ignoro si se trata del acento propio de los odorianos o de un simple catarro.
—¿Qué le ha parecido mi entrada al hiperespacio, señor Malandruk? —me pregunta, llenándose el plato de la fuente más próxima.
—Magnífica. Por un momento creí que sucumbiría a un arrebato de neurosis-lumínica.
—¡He aquí a un hombre capaz de valorar el trabajo de los demás! Me alegro de que le gustase. Tengo en mi haber el mayor número de casos originados bajo el mando de capitán alguno. Mi nombre es conocido en los anales clínicos de toda academia médica. `^**+ el transmutador de materia orgánica simple en fotones de calidad.
`^**+ sigue llenándose el plato.
—Sin duda debe de estar preguntándose qué hace aquí, en esta cena propia del Arca de Noé. No se trata de ninguna vendetta, una de las obligaciones del capitán es contribuir a las buenas relaciones interestelares. Ya sabe, todos esos rollos que empiezan con el prefijo “inter”, interraciales, interespecies, intergalácticas, y que suelen acabar arropados por la floritura de un discursito impecable sobre buenos propósitos, cuando no a golpe de rayos láser.
El capitán habla y sigue llenándose el plato, un recipiente hondo, de bordes amurallados.
—¿Hace usted ruido cuando come?
¿Qué pregunta era aquella? ¿Se interroga a alguien acerca de sus ventosidades?, ¿si huelen mucho o poco? ¿Si fuma o ronca después de una sesión amorosa? ¿Hace usted ruido cuando come? ¿Le he preguntado algo sobre su posible alitosis? ¿Hace usted ruido cuando come? ¿Acaso he intentado siquiera indagar sobre la naturaleza de esas motas blanquecinas, desperdigadas por la esfera que le sirve de cabezota? ¿Hace usted ruido cuando come? ¿Se trata de escamaciones o de una caspa cutreña que cubre su pelambre cual paisaje de invierno, dispuesto a recibir al Papá Noel de los piojos? ¿Hace usted ruido cuando come? ¿Será posible?
—Sólo cuando sorbo sopa —contesto más apaciguado, después de la enardecida diatriba interna.
—No hay problema. Hoy sólo disponemos de alimentos sólidos. No soporto los ruidos en la mesa. Esos churrupeteos, esas succiones, esos sonidos degradantes de la conducta humana e inhumana.
El capitán entorna los ojos, tanto que sus pupilas desaparecen bajo los pliegues de lo que deberían ser unas cejas. Desde mi posición, sólo puedo ver el reverso de dos bolas de billar. Después de esta exhibición de contorsión ocular, abre una boca desmesurada con la que intentará devorar toda su ración de guiso. Imagino.
La esperada capacidad de gran comilón no se nos ofrece. En su lugar, otro aspecto de la “personalidad”, o de la anatomía del odoriano, nos sorprende a todos con un vómito. Con uno de esos regurgitares de borracho de madrugada que confiere a todo alcohólico la oportunidad de desparramar lo mejor de sí mismos, sobre los adoquines noctámbulos de una acera.
`^**+ ha expulsado el estómago por la boca, con toda la literalidad de cargo y de facto que pueda contener esta frase. La parte externa de su esófago ha pasado a ser la interna, al arrastrar, este conducto alimenticio, el buche del odoriano desde la cavidad que le correspondía, en el plano proteínico de su bajo vientre, hasta el plato depositado ante él. Como un calcetín invertido por las recias manos de una lavandera, el esófago ha experimentado un vuelco.
Mientras el estómago del capitán segrega jugos gástricos y prospecta el terreno en busca de un buen acomodo en la vajilla, de una ventajosa posición en la que empezar a digerir, observo al resto de los invitados con una mezcla de curiosidad y disgusto. Junto a mí, en el lado derecho, tengo a un drea-drea. Un insectoide cuya trompa succionadora paga el alquiler de la mayor parte de la superficie del rostro. El drea-drea ingiere la comida desprendiendo pequeñas bolitas del guiso, tras amasar el mejunje con sus cuatro pares de patas segmentadas.
—Me recuerda a una gallina clueca que vi una vez, afanándose en busca de la posición más cómoda con la que incubar unos huevos —hago partícipe de mis pensamientos al insectoide, ante la contemplación de la bolsa gástrica del capitán en busca de la mejor postura en el interior del plato.
—¿Qué es gallina?
El drea-drea no espera una respuesta, recubre sus bolitas de guiso con una costra de saliva y succiona, con un sonido como de pajita acoplada a la arteria de un buey a manos de un pastor africano.
Siguiendo por mi derecha, superado el drea, se sienta un binibits. Una especie de invertebrado bivalvo que podría confundirse con el marisco, si esta delicia gastronómica se hubiese servido en la cena. Frente a mí, en el otro extremo de la mesa, se encuentra una hembra de nirgalo y un tráqueo. Dos razas humanoides de allende los confines que me observan con descaro, sin dejar de prestar atención a la comida. Los nirgalos son marsupiales, la hembra carga con su cachorro en una bolsa pectoral, contingencia que aprovecha la cría para asomarse de vez en cuando, sin un interés demasiado vivaz acerca de lo que acontece a su alrededor
En oposición al capitán, se encuentra un aploe. Especie aviforme con plumaje adornado de vivas tonalidades, desde el carmesí al azul cobalto. El pájaro se abstiene del guiso y toma su comida de un plato de alpiste, cortesía del cocinero. Saboreo la situación, la experiencia de asistir a un banquete cuya lista de invitados la conforman una estrella de mar, una cucaracha, un mejillón, un loro, un canguro y algo que no sé concretar.
—¿Hacia dónde se dirige, señor Malandruk? —retumba la voz del tráqueo, merced a una caja de resonancia ubicada en su conducto respiratorio. De ahí su nombre.
—Voy hacia Darsum, un planeta situado a diez años-luz que orbita entre dos estrellas binarias.
—Nosotros hacemos trasbordo, nos dirigimos a Omega —me informa la hembra de nirgalo.
Observo a la pareja con suspicacia, aquel “nosotros” hace que los imagine como tal. En estos tiempos inciertos, de mestizaje y confusión, no son raros los consortes zoofílicos.
—Darsum. Lo conozco. He estado allí. Gente amable y considerada —grazna el aploe una serie de frases telegráficas, con un movimiento sincopado de su cresta azul cobalto.
—¿Negocios? —pregunta el insectoide, sin dejar de amasar bolitas.
—Acudo en calidad de diplomático. Trabajo para la Cepu.
—Como representante de la Corporación, ¿qué opinión le merecen los esfuerzos de su institución encaminados hacia una unión monetaria a nivel intergaláctico? ¿Cree que la “Nova” supondrá esa panacea económica que intentan vendernos? —me aborda el drea, tras succionar una bolita.
—No esperen de la “Nova” ningún milagro, ni tan siquiera un cambio para mejor. Las cosas continuarán igual, aunque quizá algo peor, puesto que la unidad monetaria beneficiará la economía especulativa, en detrimento de la productiva. Quienes vivan de sus manos, zarpas o pinzas, lo pasarán mal.

Al drea-drea se le atraganta una canica alimenticia en mitad de su trompa succionadora. A las cucarachas hay que tratarlas como tal, tienen que hacerse a la idea, como comensales nocturnas de cocinas en desorden, de que morirán aplastadas de un zapatazo o de una paridad monetaria, en cuanto alguien pulse el interruptor de la luz.
—¿Qué opina de los acuerdos de libre comercio? Si en verdad son libres, ¿por qué no podemos introducir muchos de nuestros productos en los mercados de la Tierra y su perímetro colonial? —me pregunta el tráqueo, con un deje de indignación incubado en su caja de resonancia.
—Porque nuestra maquinaria industrial, económica y militar es más poderosa.
Un murmullo de protestas se levanta entre los comensales. El tráqueo emite un acorde de disconformidades desde su órgano portátil, la nirgalo bufa un sentimiento de oprobio, el loro pía colérico moviendo su cresta con rítmico intervalo. Su cresta, un recorte de océano arrancado a las aguas por el cubo de un niño, un reflejo de cielo desprendido de la bóveda de éter que de ordinario soportan nuestros hombros. El señuelo del aploe impone su presencia en el tumulto, enmudeciendo el griterío de los invitados. `^**+ gruñe un imperativo. Mis compañeros de mesa parecen sosegarse. El aploe envaina su carúncula y el fragmento de mar cercenado a la inmensidad azul, el jirón de celaje arrojado a nuestras retinas, regresa a tonalidades menos llamativas. Me llevo una mano a la mejilla derecha y a mi frente. Tengo sustancias pegajosas adheridas a estos espacios de mi rostro. El drea me ha arrojado varias de esas bolitas confeccionadas con guiso y saliva.
—Por favor caballeros, serénense. Malandruk es mi invitado, al igual que todos los presentes en esta mesa. Por tanto, pido que le otorguen el respeto que desearían para ustedes mismos. Además, ¿qué esperaban?, ¿un discurso demagógico y grandilocuente? Deberían aprender a valorar la sinceridad —habla el capitán, pese al “cordón umbilical” que cuelga de su boca y une el estómago con el plato.
—Para ser diplomático, tiene usted menos delicadeza que un meteorito en trayecto de colisión.
`^**+ ríe su propia gracia. Una risa que transmite a su buche a través del puente del esófago. El estómago del odoriano se mueve a remolque de la pulsación de aquella hilaridad, deslizándose sobre el guiso con la soltura de una morsa en la piscina de un zoo de bajo presupuesto.

Orígenes de la economía socializada en Darsum.
La crisis del desarrollo.

El peculiar hecho astronómico de Darsum, un planeta perteneciente a un sistema binario, propició en mayor medida el aumento de velocidad de la desbocada rueda productiva. Cuando el primer sol de Darsum (la estrella Perséfone) se ocultaba tras el horizonte, aparecía Nerea (el segundo sol) precedida por unos breves segundos de cielo nocturno. Nerea acariciaba la superficie planetaria con sus rayos de menor potencia, pero provistos de la luz suficiente como para que nada se detuviese. Este desfile de hornos celestes suprimía toda posibilidad de guarecerse en los pliegues de la noche, en esos lugares provistos de un atenuado relieve de claridad en los cuales amar, soñar o pensar. Las jornadas eran intensivas y los turnos se sucedían sin interrupción. Como consecuencia de esta producción sin freno, se aceleró la imposición del modelo sobreproductivo en todo el planeta lo que, a su vez, provocó que la crisis ambiental se agudizara.

La inoperancia de los estados conllevó la supresión de todo tipo de prestaciones sociales, y la gente empezó a comprender que el dinero era su enemigo. Un invento que, en sus inicios, fomentara el comercio y la industria se había convertido en un fin en sí mismo; pues, gran parte de la masa monetaria perdió su función como medio de valoración de los intercambios, al ser retirada de circulación para convertirse en capital especulativo, en lastre monetario sometido a las fluctuaciones del improductivo mercado de valores.

RENACIMIENTO SOCIAL.
La abolición del sistema no se consiguió con una revolución popular ni palaciega, las semillas de una sucesión pacífica germinaron en tierra idónea sin necesidad de grandes traumatismos. Organizaciones alternativas crearon su propia economía, redes de intercambio y trueque local florecieron por doquier, en las ciudades y en los pueblos. Bienes y servicios se obtenían sin necesidad de recurrir a la moneda oficial, substituida ésta por el bono-caloría; un concepto valorativo de la energía empleada en el trabajo, que cumplía las funciones del dinero como intercambio. La ventaja del bono-caloría residía en que no estaba sometido a la especulación del mercado financiero; debido a ello, la economía volvió a ser algo real, productora de riqueza y sostén de la comunidad. Cuando la crisis ambiental llegó a un paroxismo insostenible de pérdida de diversidad biológica, el sistema de hundió por sí mismo. Desvaneciéndose cual valor bursátil a la baja…
Tras un tiempo de confusión, los brotes del modelo alternativo enraizaron con fuerza. Y puesto que la economía fue puesta de nuevo al servicio de la gente, desprivatizando el uso que de ella hacían los poderosos, el paso subsiguiente y lógico fue socializar los medios de producción, una vez abolido el afán acumulativo de riqueza por vía mercantilista.
Fer de Eldia
Profesor de socioeconomía (Universidad de Agravar. Facultad de ciencias políticas)

El reparador de universos

El universo era asimétrico, por este motivo estaba poblado de estrellas, de mundos, de lugares en los que la vida se arrastraba, se zambullía o volaba. Todo aquel portento de materia inerme o animada se debía a una sola causa: el universo era asimétrico. Si las estrellas alumbraban mundos en los cuales las plantas reverdecían para que sirvieran de pasto a toscos seres cuadrúpedos que, a su vez, otras criaturas más sutiles pudiesen ordeñar o sacrificar, se debía a que el universo era asimétrico. Y esa asimetría, conferida por planes divinos o circunstanciales, la causaba la íntima composición de la materia. Una última causa oculta en el átomo encadenado, sujeta a órbitas de fragmentos subatómicos. Cancerberos suspicaces, celadores insobornables de los enlaces de la materia, del tamiz que mantenía unido la aparente solidez del mundo.
En el corazón del átomo, tras el velo de partículas en movimiento que constreñían su libertad y su forma, se encontraba el origen de ese universo asimétrico, en desequilibrio, roto, pronto para el desastre. El núcleo fundacional de la materia estaba constituido por un “opúsculo” con carga eléctrica positiva. Raras eran las excepciones en que un electrón, la partícula de carga negativa, asumía las funciones nucleares de un átomo cualquiera acoplado a la textura, forma u olor de sustancia alguna. Por tanto, el universo era asimétrico, no existía paridad en el ombligo de las cosas, en la esencia del mundo.
Yul’alair había crecido en el orden y la eficacia. Su niñez transcurrió en un mundo de sellados compartimentos, donde los juguetes reposaban clasificados en armarios y estanterías, sin mezclarse en el juego, sin contaminarse del desorden de la infancia. Su desarrollo estuvo constreñido por la seriedad y el amor al trabajo, sin que su condición de niño derrotara al adulto precoz que anidaba en él. Pese a ello, creció alto y fuerte y con ganas de enderezar el mundo, de equilibrar el universo entero, de dotarlo de simetría.
Una vez adulto, advirtió que su órgano era la solución a la anarquía y disparidad presente en el Cosmos, y de cuya imposición se engendraba el caos y el desastre. Su órgano, algo más que un mero instrumento de viento con cañones afinados para la melodía, era una máquina capaz de elaborar registros que escapaban al oído humano, sonoridades provistas de notas ante las cuales respondían animales y objetos.
Con tan sólo el uso de sus notas, Yul’alair apaciguó un enjambre desbocado de abejas guerreras, rectificó la órbita descendente de la luna de Orión, encauzándola en un movimiento elíptico de rotaciones estables y traslaciones de higiene matemática, desvió llamaradas solares que hubieran agostado cosechas y evaporado océanos.
Por todo ello, el organista consideró que ya estaba preparado. Embarcó el órgano en su velero cósmico y calculó la ruta entre las estrellas, siempre con su nave a favor de los vientos de fotones y empujado por uno u otro lucero. Un deslizarse entre las corrientes solares beneficiado ahora por brisas suaves, perjudicado otrora por tempestades que amenazaban con quemar la arboladura o el velamen de un extenuado trinquete.

Superadas las dificultades de mares cósmicos embravecidos y profundidades de tiempo y espacio, el velero arribó a su objetivo: un agujero negro expuesto a la fuerza centrífuga generada sobre sí mismo, preso del perpetuo auto de fe de un giro irresoluto. Sin principio ni fin, sin propósito y sin causa.
El velero fijó una distancia y un desplazamiento acompasado al movimiento de la boca centrípeta capaz de engullirlo todo, próximo a la voraz influencia y a la vez alejado. Acomodado en una órbita segura, enderezó la espalda junto al instrumento, aporreó las teclas del órgano y pisoteó el juego de pedales que activaban los fuelles.
El agujero negro invirtió su giro, dejó de atraer materia y empezó a escupirla. Un planeta, una estrella, una galaxia, un universo entero brotó del abismo cual serpiente del cesto de un encantador. Un universo de naturaleza solapada que fue entrelazándose al ya existente, con arreglo a una costura de hilos de inextricable atadura.
Pero aquel era un universo concebido con otros materiales. Una realidad construida de “antimateria”, de núcleos de electrones en el corazón de un átomo, cuyas cargas negativas se enfrentaban a las cargas positivas de su otra imagen invertida en el lado opuesto del espejo. Materia en estrecho vínculo con antimateria. Dos universos, con identidades subatómicas irreconciliables, fundiéndose en uno.
En el nuevo universo nacido del órgano de Yul’alair, una flor, compuesta de núcleos de protón, desapareció en un destello de energía junto a su polinizador: una avispa con núcleos de electrón. A causa de la música del organista, el beso de un romeo de materia convencional en los labios de su amada, constituida con argamasa de antimateria, provocó que ambos se extraviaran en un suspiro de placer amoroso. Las tonadas del instrumento fueron la causa de que un mundo se esfumara al alba, bajo la tibieza de los primeros rayos de un sol, henchido por mareas electromagnéticas de carga negativa.
El velero se incendió tras zozobrar en la tempestad que el mismo timonel había provocado: un huracán de partículas racheadas con núcleo de electrón oponiéndose a unas velas tejidas con protones. Una catástrofe tras otra fue originándose debido al afán del organista en proporcionar simetría a un universo desequilibrado. Su obsesión provocó una extinción cosmológica sumergida en un coro de explosiones luminosas, detonaciones convertidas en el colofón de una fiesta donde las formas pirotécnicas amenizaban el cierre. De la hecatombe surgió un universo vacío y muerto; aunque perfecto y ordenado en su paridad, dotado al fin de racionalizada simetría.

Promesas a la deriva (Capítulo IV)

El zumbido del intercomunicador me devuelve al lacerante mundo de los vivos. Echado sobre la camilla-diván de mi compartimento, intento digerir la última “lectura neuronal”. Una historia cuya irrupción inesperada, en los entresijos de mi mente, me ha producido un cierto malestar. El tratado socio- político y la antología que recogí en la “farmacia-biblioteca”, actúan en secuencias de dosis alternas. Las pastillas ingeridas, una vez disueltas en el torrente sanguíneo, vierten su contenido en el cerebro tanto de forma activa (instantánea) como enquistada (postergada en minutos u horas). Cada relato, cada dosis, se fija en la memoria para proceder a su escenificación, independientemente de la situación o deseos del usuario. De modo que ignoro en qué momento del día volveré a sufrir otro ataque de relatos, apócrifos y apocalípticos. Maldita sea la hora en que el aburrimiento me hizo inocular esa porquería.
El intercomunicador retoma su quehacer, con insistencia y autoridad.
—¿Sí? —lanzo la afirmación interrogativa con la única intención de enmudecer al artilugio.
—Señor Malandruk, le espero en la escotilla principal. Acuda con un traje climatizado. No se demore.
—¿Va usted a arrojarme por la borda? En toda cena, concierto, gala benéfica o tertulia al uso, siempre me gano el desprecio de los participantes. Créame, no traté de humillar a sus invitados. Mi inexcusable comportamiento es fruto de una cuidada tradición familiar.
Desde el otro lado del intercomunicador, el Capitán ríe a mandíbula batiente. Si las tuviere.
—No se trata de eso. Hemos contactado con una nave a la deriva y vamos a visitarla. He pensado que le interesaría acompañarnos. Venga, le contaré los pormenores de la historia en el módulo de atraque.
Abandono el camarote espoleado por la curiosidad. Me halaga el hecho de que `^**+ haya pensado en mí para compartir una experiencia de aprendizaje y exploración. Un privilegio, de habitual reservado a la tripulación, cuyos beneficios y satisfacciones no suelen compartirse con el pasaje.
Me apresuro en acudir a la cita. Varios corredores y un par de niveles me separan de la escotilla principal. Acciono una compuerta y allí, en un hangar oscuro sembrado de charcos, me reciben el capitán y tres de sus hombres inmersos en una atmósfera rancia, de oxígeno enlatado.
Pisoteo uno de los cúmulos de agua, originados por pequeñas fugas en el sistema humificador, al dirigirme hacia el odoriano y su séquito. Un grupo de suboficiales de mi propia especie.
—Se trata de un caso curioso. Una raza alienígena con la que nunca antes habíamos contactado, navega a la deriva ahí fuera. Se dirigen en rumbo crematístico hacia una estrella, en lo que juzgaría una autoinmolación. Pues no parece importarles —me instruye `^**+, nada más llegar.
—No tenemos pruebas suficientes como para atribuirles hábitos suicidas. Tal vez, al no poder rectificar el rumbo debido a un problema técnico, se hayan resignado a su suerte –discrepo.
—No lo creo. Diría que la nave estableció su ruta actual antes de quedarse sin combustible —argumenta el capitán, con la sagacidad de un piloto sideral experimentado.
Los cinco subimos a un módulo estacionado en el hangar, embutidos en nuestros respectivos trajes climatizados. Un sonido de aire succionado, la atmósfera del recinto, precede a la apertura de la escotilla principal. Una vez el portón se cierre tras el paso del módulo de atraque, el aire volverá a llenar el hangar, nutriéndose con un aroma de éter regurgitado, comprimido y vuelto a descomprimir, contaminándose de esa mezcla olfativa que otorga personalidad a los garajes para módulos, de los que dispone toda nave intergaláctica que se precie. Esencias de calcetines sudados, reminiscencias de bostezos, respiraciones agitadas incrustadas en las paredes de los hangares… expiraciones, ventosidades, residuos de la combustión orgánica generada por pasajeros y tripulación.
Los tres suboficiales, el capitán y un servidor viajamos apretujados en una bañera espacial donde el ámbito íntimo, el perímetro de seguridad que todo humano decoroso establece en torno a sí mismo, desaparece sin remedio debido a lo reducido del vehículo.
Con el codo de un tripulante pegado a mis costillas y un tentáculo de `^**+ enroscado a mi tobillo, consigo efectuar un movimiento de retirada. He inclinado mi torso hacia atrás, hasta encontrar el lugar justo y la altura adecuada para observar por una de las mirillas del módulo. La nave de Galaxy-Flot me ofrece la visión de un camafeo sostenido en el vacío, por un alfiler claveteado en el tejido de una camisa de costuras sin límites. La proporción, entre el camafeo y la prenda, se pierde engullida por el desvarío de una insania mental.
No puedo ver hacia donde nos dirigimos; por delante de mí, tan sólo asoman las cabezas del odoriano y de dos de sus hombres. El tercero dirige el vehículo sin demasiado acierto, a juzgar por el topetazo que nos ha proyectado a los cuatro contra la mampara de proa.
—¡Atraque con nave alienígena efectuado sin novedad!, mi capitán —tiene el descaro de anunciarnos el piloto, mientras lucho por desalojar un codo instalado entre mis costillas e intento desembarazarme del abrazo amoroso de un pulpo.
—No necesitan ustedes casco. La atmósfera de la nave que vamos a abordar es respirable. Sus ocupantes deben de poseer un sistema pulmonar similar al nuestro —nos informa el capitán, enderezándose sobre sus tres pares de patas armadas con ventosas de calamar.
Al seco estrépito de la apertura de nuestra escotilla, le sigue el lamento renqueante de la compuerta del otro lado.
La emoción que debieron experimentar los ladrones de tumbas, el cosquilleo de lo sacrílego, me embarga mientras camino con el “grupo de salida” por el conducto de acoplamiento. Me imagino en el recinto de una cripta perteneciente a una civilización perdida, dispuesto a violar el sarcófago de un emperador. Comunico a `^**+ la fiebre de mis pensamientos.
—No anda usted tan desencaminado. En realidad estamos haciendo arqueología pura, sólo que las momias que vamos a encontrar en el interior de este santuario están vivas. Cuando contacté por radio con la tripulación, me contaron que permanecen en el espacio desde hace más de treinta años. Proceden del planeta Amphe, hoy en día un lugar muerto y desolado.
—Pero, eso sólo está a medio año-luz de aquí —manifiesto perplejo.
—Los ampheles no conocen el “salto”. Se embarcaron en una “misión generacional”, con la intención de preservar la raza tras la muerte de su sociedad y su cultura. Su objetivo era un planeta fértil situado a unos setecientos años-luz del suyo ¿Entiende ahora por qué este contacto puede ser, en más de un sentido, un mero conocimiento arqueológico?
Hemos penetrado en tropel en la nave ampheliana. En el compartimiento estanco, de acceso a la escotilla exterior, la luminosidad es escasa. Tan escasa que nos impide ver el rostro de la comitiva que nos recibe; en compensación, notamos sus manos por nuestro cuerpo. Varios seres nos acarician, nos palpan, nos frotan o nos dan golpecitos en espera de arrancar de nuestros cuerpos el tamborileo de la madera. La comitiva nos arrastra fuera de la cámara, conduciéndonos hasta una sala más espaciosa e iluminada, a través de un corredor.

Los ampheles son bípedos, tienen un par de piernas y un par de brazos dotados de manos de seis dedos. La característica más destacable de sus caras son los ojos: tienen unos órganos de visión grandes y movedizos, propios de un camaleón. Unos ojos de buen tamaño suelen significar una visualización desarrollada en la oscuridad. Este detalle de su fisiología podría ser la causa del exiguo alumbrado.
—Bienvenidos a nuestra humilde morada, a la vez transporte y destierro —nos habla un amphele, tras una inclinación de cabeza.
Un puñado de aquellos seres, el resto de la tripulación, avanza hacia nosotros desde la retaguardia de su ceremonioso congénere. Los tocamientos se reanudan. Alguien detiene los dedos en los granos de mi mentón, friccionándolos como si intentara sacarles brillo. Doy un paso hacia atrás y muestro la dentadura, un signo universal de amenaza. Ahora, esos mismos dedos, investigan la naturaleza de un empaste.
De súbito, el grupo dedicado con tanta afición a la inspección táctil, cesa en su cometido para unirse al resto de sus compañeros, en un coro de preguntas demasiado rápidas y numerosas.
—¿De dónde vienen?
—¿A qué especie pertenecen?
—¿Cómo es su nave?
—¿Qué clase de energía la mueve?
—¿Qué dioses adoran?
—¿Son vegetarianos o carnívoros?
Este último interrogante es formulado con un temblequeo en la voz.
—¿La esfera de múltiples patas es su mascota?
El capitán dibuja un semblante indignado en su rostro de pelota de reglamento, después de oír la insultante teorización sobre su persona.
—Nuestro ingenio espacial posee motores de antimateria. Nos movemos por encima de la velocidad de la luz —asevera con voz de mando el odoriano, en respuesta a una de las cuestiones abiertas por las dudas del grupo de ampheles; hecho que utiliza, de paso, para desestimar cualquier posible hipótesis sobre su condición de perrito faldero.
Un murmullo de voces rápidas y caedizas se superpone en la tenue claridad de la sala.
—Eso es imposible.
—Nada puede superar la velocidad de un haz lumínico.
—Va contra las leyes de la física.
—Imposible.
—Imposible.
—Imposible.
—Como consecuencia de la contracción longitudinal del espacio, un cuerpo orgánico cualquiera se encogería hasta alcanzar el grosor de una lámina de papel. Un viajero que se aventurase a acortar su recorrido a esa velocidad, moriría aplastado por la masa inerte de su propio cuerpo y de la nave con la cual se desplazase —nos alecciona el tripulante que nos diera la bienvenida.
—Deben creernos, hace sólo setenta y dos horas que partimos de la Tierra. Un planeta situado a sólo dos años luz de aquí —intento convencerles, al tiempo que masajeo mi persona en busca de alguna delgadez inusual. Las palabras del amphele eran muy convincentes.
—Es cierto.
—No son de ningún lugar cercano.
—Están aquí.
—Les hemos tocado.
—No tienen motivos para mentirnos.
Asiente el coro.
—¿Por qué se encuentran a la deriva? ¿Qué le ocurrió a la nave? —indaga `^**+, dirigiéndose al orfeón de mentes sacudidas por el portento de nuestra llegada.
—Es una historia larga y triste.
—Triste y larga.
—Nuestra condena tiene que ver con una promesa.
—Una promesa de futuro y bienestar para todos.
—Un futuro que se extinguirá con nosotros.
—Nuestro mundo agonizaba. El agotamiento de los recursos naturales y las disputas políticas solventadas con la guerra nos conducían al desastre. Pero las instancias gubernamentales mantenían la llama de la esperanza, de una ilusión constituida por la presentación de un futuro en el que la colonización del espacio exterior sería una realidad, la solución a nuestros problemas —nos informa con más detalle el amphele que cuestionara la posibilidad de moverse a velocidades lumínicas. Sus doctas intervenciones le señalan en un lugar preeminente dentro de la jerarquía de la nave, el resto de la tripulación parece caracterizarse por asumir las funciones de una plantilla de comparsas. El dócil séquito de todo macho alfa que se precie.
—Se invirtieron sumas millonarias en avivar ese sueño —continua el líder—. Costosas estaciones espaciales orbitaban nuestro planeta, laboratorios en los cuales se sintetizaban productos farmacéuticos a baja gravedad y alto presupuesto. Nada que no hubiera podido elaborarse bajo la cutícula del aire, a precios aún más bajos. Las instalaciones orbitales se nos presentaban como el baluarte, la avanzadilla del conocimiento y exploración del cosmos. Nada que no pudiera hacer mejor una sonda no tripulada, más eficiente y económica, pero carente del espectáculo de unos expedicionarios a la conquista de un estéril asteroide con riesgo de sus vidas.
El cronista nos dirige una mirada cargada de desesperanza con sus ojos móviles, de parpadeo independiente.
—Mientras esa parafernalia circense se servía en los medios de comunicación, la miseria se cebaba en la mitad de los habitantes de nuestro mundo.
—¿Qué ocurrió entonces? —le apremio, con la intención de que continúe contándonos su historia y logre sobreponerse al arrebato de melancolía.
—Ocurrió lo inevitable.
—Lo que tenía que ocurrir.
—Todo sucumbió a la codicia, la ignorancia y la soberbia.
—La Naturaleza se nos escurrió entre los dedos herida de muerte.
—No hubo flores, ni endechas, ni epitafios.
—Ni una losa que mantenga la sepultura de lo que fuimos, de lo que quisimos ser —recitan los comparsas, como una escolanía de amaestrados niños de orfanato.
—La última gran alharaca de nuestro gobierno fue encomendarnos la misión de preservar nuestra raza, cuando el fin estuvo próximo. El sueño de “la conquista del espacio” les brindó el beneficio de la utopía, hasta el último momento de vida de su jerarquizado organigrama. Rentabilizaron hasta el extremo los dividendos de un mañana esplendoroso, que nunca habría de llegar.
La tristeza parece querer brotar de los ojos del ampheliano, de la pulsión intermitente con que fluctúa la hondura de su mirada.
—Nos fijaron un objetivo a doce años-luz de distancia, un camino que habríamos de recorrer muriendo y naciendo en el interior de la nave. Tenemos suficiente comida almacenada, además de un huerto hidropónico que nos proporciona verduras frescas. Si los cálculos de avituallamiento fueron acertados, las previsiones han demostrado ser erróneas en lo que respecta al combustible necesario para cubrir una distancia de setecientos veinte años de navegación.
—En realidad se trata de un “defecto de fabricación”.
—Los depósitos de la nave no tienen capacidad para tanto carburante.
—Nos encerraron en una tumba y nos enviaron a morir entre las estrellas.
—La misión no era más que el decorado de una campaña publicitaria.
Clama la tripulación de la nave un compendio de conclusiones, con la pulcritud del pensamiento certero y rápido. Unas conclusiones que, a buen seguro, se habrán desarrollado con la lentitud de una desesperanza ingerida, digerida y metabolizada a lo largo de treinta años de exposición al vacío de su propia empresa y de la nada a través de la cual navegan.
—Quizá no fuera así, tal vez nuestros líderes creían en una posibilidad de futuro para nuestra especie. Puede que el desastre sólo sea achacable a un solo ampheliano. Muy bien pudiera tratarse de un simple caso de codicia, por parte de algún funcionario que escatimó la mayor parte del combustible para dedicarlo a la tarea más inmediata del beneficio propio.
Las palabras del capitán de la nave me hacen reflexionar sobre los diversos aspectos de la avaricia ¿Cómo puede alguien preocuparse en atesorar dinero mientras el mundo se derrumba a su alrededor, cuando la muerte clama en habitaciones y descampados, cruel e inapelable? Aunque mi abuelo pidió que le recitáramos el saldo de su cartilla de ahorros, en su lecho de muerte y por enésima vez. Aquello le reconfortaba, nos decía.
—En la Tierra, nuestra historia se desarrolló de forma paralela. La colonización del sistema solar y más allá, hacia el espacio profundo, fue el revulsivo ideal para una revolución tecnológica sin parangón —pontifico a la concurrencia, con ayuda de un manido pregón al uso que justifica los delirios propios de mi especie.
—Con la salvedad de que nosotros, odorianos y terrícolas, hemos alcanzado todos los hitos que nos habíamos propuesto. Nos movemos a velocidad-luz, por lo que no moriremos embarrancados por falta de fuel-oil —se jacta el capitán, ante la mirada tristísima del amphele.
—Al comprender cuan desesperada era nuestra situación, posicionamos la nave en dirección a la estrella más cercana. El influjo gravitacional del astro acortará nuestra agonía en un par de años —finaliza su historia el cabecilla ampheliano.
—Justicia poética.
—Moriremos devorados por aquello que nos consumió en vida.
—La parpadeante luz de las estrellas, cargada de promesas engañosas.
—Destruidos por la soberbia de creer posible un universo a escala de nuestras necesidades y ambiciones —clama el coro, componiendo una canción melancólica. Una endecha que no les serviría ni de adecuado epitafio para rellenar la página necrológica de un periódico local.
Alcanzo a `^**+ por uno de sus tentáculos y lo arrastro hacia un rincón de la sala.
—¿Qué hacemos? No podemos dejarlos en esta situación.
—¿Y qué me sugiere usted?, tenemos un par de motores de antimateria de recambio en la nave; pero, ¿cómo justifico ante la compañía que he cedido uno de ellos a unos miserables que no tienen con qué pagarlo? Además, el fuselaje de este artefacto no aguantaría el salto al hiperespacio.
—Eso son excusas de mal pagador. No tienen porqué llegar a la velocidad máxima, ni tan siquiera tienen necesidad de acercarse a la media —argumento, con un toque de estudiada indignación. La imprescindible para dejar entrever un alma sensible que, pese a todo, confío en poseer.
—Muy bien, ¿está usted dispuesto a pasarse la vida con un noventa por ciento menos de su sueldo de diplomático, para pagar uno de esos motores? Porque yo, amigo mío, no me siento motivado en prescindir ni de un céntimo de mi nómina de capitán estelar. Mis sudores me cuesta encasquetarme todos los días este leotardo con visera.
`^**+ desenfunda la gorra de capitán de la pelota de reglamento que tiene por cabeza, y me la coloca delante de las narices. El anagrama de Galaxy-Flot, una nave intergaláctica en temeraria travesía por una nube de meteoritos, me golpea las retinas.
—Me arriesgo a posibles desgarrones en el continuum espacio-temporal, tengo que esquivar asteroides, que lidiar con un pasaje exigente y que cenar con detestables alienígenas y, por si todo ello fuera poco, debo de habérmelas con náufragos y vagabundos de todo tipo —termina su larga alocución con un ademán hacia los amphelianos, realizado con varios de sus tentáculos.
—Bien mirado, tiene usted razón ¿Quiénes son esta gente?, ¿cuál es su condición y estado actual? –enfatizo.
—Simples vagabundos, diría yo —apostilla el capitán—. Y, ¿cuál es el estatus que nuestra sociedad otorga a los vagabundos, a los pordioseros? —continua—. Nada, menos que cero.
—Claro, ¿quiénes somos nosotros para cuestionar la validez de un sistema económico basado en los sacrosantos principios del darwinismo social? —aúno mi postura con `^**+, cada vez con mayor fervor.
—¿Cuál es la única opción posible para con los inadaptados, fracasados, rezongones y demás gente de esta índole? —pregunta el oficial a sueldo de Galaxy-Flot.
—Que la Naturaleza se encargue de ellos –sentencio.
Por unos instantes `^**+ y yo nos miramos a los ojos, al centro de nuestras pupilas. En un intento malsano por buscar, el uno en el otro, rescoldos de culpabilidad, de vergonzosas debilidades hacia los menesteres de un prójimo tan alejado de nosotros como la fría luz de las estrellas.
—Notificaremos a las autoridades pertinentes la grave situación en la que se encuentran —promete el capitán, aproximándose a los amphelianos. Estos se han congregado en torno a su líder. Están deseosos de compromiso, esperanzados tal vez. Sus ojos móviles claman por el urgente posicionamiento de unos extraños hacia su desgracia.
—No podemos hacer nada más –añade.
—Una antena de largo alcance podría aliviarles de su soledad. Desde la Tierra se emiten muchos programas-concurso. Podríamos instalarles una, ¿verdad, capitán?
`^**+ asiente ante mi propuesta.
Apretujados en el módulo de atraque, de regreso a la nave, un silencio molesto nos oprime; más molesto que el codo que vuelvo a tener incrustado entre mis costillas.
—¿Vieron ustedes el partido de “cancha mutante”? —interroga el capitán a su tripulación.
—Estuvieron pésimos —manifiesta uno de los hombres.
—Y eso que sólo tenían que encestar con sus propias cabezas —observo, dándomelas de entendido.
Mientras cubrimos la distancia que nos separa de las comodidades de nuestros camarotes, hablamos de deportes. Una temática socorrida que nos sirve de válvula de escape. Cuando la desgracia pasa cerca de uno, ya sea a través de allegados o simples desconocidos, la intrascendencia es la mejor arma para alejar sus perniciosos efectos y evitar que llegue a afectarnos. Aunque, girarse de espaldas, también es un buen remedio.






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