Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático sideral, parte tercera)

Prisionero en tránsito (Capítulo V)

La asistenta de vuelo ha vuelto con otra valija diplomática. En el cómodo refugio de mi litera, me desperezo para incorporarme. Sentado todavía en el camastro, acepto la invitación que me ofrece la minifalda de la chica para observar unas bonitas piernas. Ambos muslos presentan enrojecimientos y rozaduras, una serie de pequeñas ronchas esféricas dispuestas de forma lineal. Sin lugar a dudas, son marcas producidas por las ventosas de un calamar… o de un odoriano ¡Lo sabía!, ¡al cerdo del capitán le molan las humanas! Intento disimular mi contrariedad, al tiempo que tomo de las manos de la asistenta la esfera que se me ofrece. Tras recuperar la intimidad de mi camarote, me encaro con el rostro retocado del vicepresidente de la Cepu.
—Dentro de unas horas una nave con un cargamento muy especial se acoplará con el crucero de Galaxy-Flot. Se trata de Boris Krager, un antiguo mercenario reciclado en profesional de la revolución. Habrá oído hablar de él en la prensa holográfica, sección intergaláctica. Krager fue apresado en la constelación de Tauro, cuando libraba una campaña de agitación en las colonias agrarias y productoras de materias primas de ese sector. El prisionero, en tránsito hacia un mundo-penal, será entregado en custodia al capitán del “Adonis” en el próximo trasbordo a Omega.
“Deberá interrogar al detenido. La Cepu desea una radiografía del personaje. Sus argumentos y motivaciones, ¿qué le empujo a abandonar el seno protector de la Alianza? (el brazo militar de la Cepu) ¿La traición obedeció a razones morales?, ¿tal vez económicas? En fin, queremos un informe pormenorizado del resentimiento hacia un orden y unas leyes que él mismo contribuyó a fraguar en muchos rincones de la Galaxia. Krager formaba parte de un cuerpo de mercenarios psicópatas, creado mediante selección genética ¿Cómo ha podido un individuo con esas credenciales convertirse en un charlatán de la igualdad social, de las palomitas y el mando a distancia compartidos? El fracaso es doloroso, nuestros genetistas trabajaron duro para determinar, aislar y fabricar en cadena el tipo de estructura cerebral que hace posible, en algunos humanos, una total falta de sumisión a los preceptos, convenciones, doctrinas, idearios… cualquier asunto humano basado en una organización jerárquica. Las mentes pensantes de la Corporación consiguieron potenciar o anular, según el interés político, el “paquete de genes”, la combinación nucleótida que provoca, en la jerga de esas “lumbreras”, el efecto secuencial-fosfórico-proteínico de la oveja descarriada; dado que, las conductas asociadas al cuestionamiento de la autoridad y al sentido crítico obedecen a un patrón genomático determinado. Una vez identificado ese patrón, la vía hacia el grado más extremo de irreverencia hacia la autoridad, la obtención de un psicópata en estado puro, permaneció allanada.
La imagen del vicepresidente se agita complacida dentro de la esfera de emisión.
“Sí, fue un gran hallazgo de los genetistas de la Cepu la creación de un ejército carente de duda, piedad o miedo. Lastres emocionales que alejan a los humanos corrientes de la victoria total sobre sus enemigos. Intente descubrir qué diantre falló, ¿por qué esa arma, creada con tantos mismos y esfuerzo, se volvió contra nosotros?
El holograma parpadea, la emisión parece próxima a interrumpirse.
“¡Ah!. ¡Se me olvidaba! Sabemos de buenas fuentes que Krager estuvo en Darsum. Averigüe si su estancia en el planeta fue sólo para “saltar” a otro sector, o si, por el contrario, su presencia en él obedecía a la cobertura que terroristas y agitadores reciben del gobierno darsumiano.
“Nada más. Como siempre, esperamos de usted la máxima eficacia y la más absoluta entrega hacia su trabajo. No deje de tener en cuenta que la demanda laboral satura el mercado y condiciona la oferta en beneficio de la empresa, y la Cepu, no lo olvide amigo mío, es una empresa. La Empresa con mayúsculas, el guardián, el padre generoso y amantísimo que vela por todas ellas. Así que, ¡sea un buen chico y no se demore en su trabajo!
La visión evanescente del holograma se apaga al fin. La esfera se cierra con un sonido metálico, contundente, reacio a toda apelación.
Mi mente cuece en el jugo de la indignación. La idea de unas vacaciones tranquilas en un marco exótico se desvanece por momentos. Un informe sobre el perfil de un psicópata ¡¿Qué diablos se han creído que soy?! ¡¿Un psicólogo criminalista?! ¡Y encima no puedo pedir un plus salarial que compense la exigencia de unas funciones que exceden, en mucho, mis atribuciones de diplomático! Su última perorata permite leer entre líneas la cerrazón de la Cepu, a toda posible retribución extra.
Acudo de nuevo a la farmacia-biblioteca en busca de otro comprimido de lectura. Si he de enfrentarme a un psicópata de elite, necesitaré saber con qué finalidad fue creado el monstruo, cuales fueron las motivaciones intelectuales de los genetistas a sueldo de la Cepu. Indagar con qué materiales está construido el prisionero.

Intenciones del Proyecto Psycho.
Antecedentes.

Toda sociedad funciona apoyándose en una escala de valores, en los mecanismos de un credo, ya sea ideológico, religioso o ambas cosas a la vez. En la salvaguarda de ese credo se encuentra la razón última del recurso a la violencia, por parte de unos sistemas económicos y políticos entendidos como sociedades. El control policial, la guerra, e incluso el genocidio, son respuestas de grupos sociales fuertemente cohesionados (llamémosles estados o naciones) que se sienten amenazados ante situaciones que puedan llegar a desestabilizarlos. La violencia es pues una mera estrategia con la que garantizar la supervivencia de una civilización en peligro.
A lo largo del siglo XX, el colonialismo dio paso a un sistema de intercambio, igual de injusto pero más ágil, que en la práctica dividió el planeta en países receptores de riqueza y países explotados. Con el tiempo, el continente africano quedaría al margen del nuevo orden impuesto por el capitalismo neoliberal. Cuando el modelo de crecimiento continuo, propugnado por ese nuevo orden, se agotaba debido a los límites impuestos por el substrato ambiental en el que toda civilización se asienta, se decidió liberar un etno-bacilo en el continente segregado: una corta cadena de ADN diseñada para destruir cuerpos carentes de la enzima lactosa. El virus de diseño no dejó con vida a un solo blanco alérgico a la leche; pese a todo, las ventajas superaron los inconvenientes. La tierra de la negritud quedó libre para ser colonizada una vez más y para reestructurar de nuevo las relaciones internacionales, los mercados, las directrices de vasallaje o dominio entre potencias; nuevas divisiones del trabajo a escala planetaria donde la ilusión de la migaja frenaría la revuelta de muchos y la exhibición de la opulencia, por parte de unos menos, se constituiría en un proyecto de vida deseable, en un revulsivo social con el que alcanzar una cima sólo asequible a través del esfuerzo individual.



La solución no funcionó del todo, sobrevivieron pueblos pastores cuya posesión de la enzima era el resultado de una simbiosis con el ganado. Aunque, después de todo, pudo salvarse la bonita tradición de fotografiarse junto a un masai, tras una intensa jornada de safari.
La liberación de un etno-bacilo con el que controlar el auge demográfico de razas no productivas, era una consecuencia lógica dentro de la evolución de una sociedad tecnificada, basada en el egoísmo como generador de riqueza. Es muy posible que sin el recurso al genocidio, puesto en práctica por la sociedad del siglo XXI, no hubiéramos llegado a las estrellas; por lo que, esta gran culminación del espíritu humano, el neoliberalismo por “selección natural”, ahora no estaría difundiéndose triunfante por la Galaxia.
En los grupos de cazadores-recolectores el impulso cooperativo era muy fuerte, dada la necesidad de una estrategia colectiva con la que obtener unos recursos extraídos directamente de la naturaleza, sin mediar producción alguna que estableciera relaciones de patrón y asalariado, de poseedor y desposeído. Con el nacimiento de la producción, conforme ganaba en complejidad la sociedad tecnificada que la hacía posible, el impulso cooperativo humano se hizo más y más obsoleto.
Es posible rastrear los orígenes de este impulso en el mundo animal. Esta realidad nos permite intuir que se trata de un comportamiento consustancial al género humano, que en su momento permitió nuestra supervivencia. Recurramos a ese mundo animal para ilustrar el ejemplo del impulso cooperativo humano y su superación por una pulsión más efectiva: el ánimo de lucro.

La economía del vampiro.

Los vampiros son animales sociales, tras sorber la sangre de sus víctimas se retiran a una misma cueva. Boca abajo, apiñados para conservar el calor, estos peculiares murciélagos ejercitan unas relaciones sociales propias de los insectos. Organizados en torno a un estómago comunal, regurgitan su comida de un hocico a otro poniendo en práctica una primitiva prestación pública, que evita que el ejemplar al que no ha sonreído la fortuna, durante su última salida, conozca la privación del hambre. Ahora bien, en todo grupo o en toda cueva siempre hay un individuo que se aprovecha de la bondad del colectivo, que participa de la prestación sin aportar al resto el excedente de sangre que guarda en su estómago. El infractor es identificado sin tardanza y segregado del grupo.
Los vampiros han organizado una sociedad estable pero básica, difícilmente progresarán más allá de las aptitudes que puedan esperarse de un murciélago. Es harto improbable que decidan vender su excedente de sangre en lugar de compartirlo, dando lugar así al comercio, al inicio de la actividad mercantil que antecede a una evolucionada actividad financiera. Aún así, en la actitud egoísta de ese espécimen que se niega a compartir su sangre, conseguida de forma trabajosa y arriesgada del cuello de algún ungulado, es posible encontrar el germen desestabilizador de un sistema colectivo que niega unas posibilidades de progreso, que trasciendan por encima del comportamiento instintivo. Debido a la amplia difusión de ese germen, nuestra especie superó las barreras del instinto comunal.

La búsqueda.

En busca del depredador perfecto, de un ser sin andamiajes morales, mi equipo de trabajo dirigió las pesquisas a la potenciación de la actitud egoísta dentro de nuestra especie. No tardamos en percatarnos de que ese ser siempre había estado entre nosotros: el psicópata.
Desde los albores del siglo XX, se tenía conocimiento de que la psicopatía no era una enfermedad mental, era tan sólo el resultado de una disfunción. El psicópata posee una estructura cerebral diferenciada del resto de los mortales, una estructura tan válida como la de un zurdo. Su organización mental está fundamentada en la falta de conciencia, eso le permite establecer una visión del otro incapaz de avanzar más allá de la consideración de éste, en un simple recurso. Cualidades que, aunadas a una carencia de escrúpulos, de remordimientos, de empatía alguna hacia sus semejantes, convertían a nuestro candidato en la criatura óptima con la que experimentar.
En cierta ocasión, un antropólogo comparó a los diversos homínidos, surgidos en África como consecuencia de la radiación evolutiva que tuvo lugar a finales del Cenozoico, con otro grupo animal que en un pasado más remoto alcanzó también su momento de gloria: los dinosaurios. Dicho estudioso atribuía a nuestra especie las mismas peculiaridades de los velociraptores. Ojos grandes e inquisitivos, velocidad de movimientos, agresividad innata, son dones que convierten al homo sapiens sapiens en una máquina de matar de gran eficacia. Si tenemos en cuenta la disparidad existente en la mente de un psicópata, respecto a la de un hombre normal, esa fortaleza que le impide sentir piedad para con el débil, rezagado o extraño, y si partimos de la base de un progresivo aumento evolutivo en la agresividad humana, ¿qué nos impide asegurar que la disfunción presente en el cerebro de estafadores, farsantes, asesinos en serie y otros depredadores sociales, no sea otra cosa que una mutación que nos acerca a la tan deseada culminación del género humano?
Con esta idea emprendimos el Proyecto Psycho: extirpar la compasión y el remordimiento era nuestro próximo salto evolutivo a realizar como especie. Y nosotros podíamos ayudar con la selección de los mejores.

Doctor Agnus Leiter
(Genetista impulsor del Proyecto Psycho)

Con la boca pastosa y la cabeza confusa, dos secuelas debidas a las lecturas neuronales, me sorprende la voz del contramaestre. En brote desde el tumor benigno del intercomunicador, instalado en una de las mamparas de mi camarote, su voz de pito perfora mi cerebro de forma dolorosa.
—El prisionero que esperaba se encuentra custodiado en las bodegas del crucero.
Por fin surge la posibilidad de romper el tedio, de ejercer de interrogador inquisitorial, de apretarle las tuercas al tal Boris. Cualquier cosa que pueda alejar el tedio y elevarme la moral.
Salgo al corredor. En el pasillo me encuentro a un enano que se desplaza a trompicones, como si estuviera borracho o mareado. Me detengo a observarlo. Su carita enjuta se encuentra retenida en mi memoria, pero no logro encuadrar el lugar ni la situación.
—¡Oh, mi pequeñín!,¡siempre de una travesura a otra! ¡Ven con mamá!
Oigo una voz a mis espaldas.
La hembra de nirgalo que conocí durante la cena de recepción, se abalanza sobre el enano y sujetándolo en volandas lo deposita en su bolsa pectoral, sin demasiadas contemplaciones.
—Le gusta escaparse y jugar al escondite por los corredores —me informa.
—Qué ricura —contesto, en un intento infructuoso por parecer cortés. El rostro del bebé, arrugado por una precocidad senil, me provoca un involuntario acento de aprehensión.
En la bodega se amontonan todo tipo de embalajes: valiosos minerales de lunas ignotas, especias de planetas ecuatoriales (planetas calurosos, sin polos, de una sola y ancha latitud), componentes orgánicos autoreplicantes (ingredientes de una sopa biológica con la que recuperar la fertilidad de suelos diezmados). Presentes para Darsum, obsequios que nos abrirán las puertas de un primer contacto. Una tarjeta de presentación que, confío, servirá para que me traten con devoción y respeto. Voy a pasarme unas vacaciones a cuerpo de rey. Después de todo, no está nada mal trabajar para la Cepu.
En una sección de la bodega encuentro al prisionero esposado. Sus guardianes, dos bulldogs de la Corporación, han improvisado mesa y sillas con el material del que disponen: varias cajas de especias que desprenden un olor similar al de la nuez moscada.
Uno de los gorilas se levanta y viene hacia mí.
—¡Identifíquese! —clama con un rugido diseñado en alguna academia castrense.
—Olofernes Jhosuha Malandruk, funcionario de la Cepu —muestro el reverso del cuello de mi jersey, al tiempo que respondo con notoria autoridad. Mi credencial, una insignia contrachapada en imitación de oro, resplandece en la penumbra de la bodega.
—Puede adelantarse. Nos han notificado su visita.
Me aproximo al futuro recluso. Boris Krager me dirige una mirada desdeñosa desde su posición de esfinge sobre una de las cajas, las posaderas en reposo y las manos esposadas extendidas hacia delante.
—¿Es necesario que esté maniatado? —pregunto a uno de los guardias.
—No vamos a darle ninguna posibilidad de escape. Es un individuo muy escurridizo.
—Déjennos solos —impongo mis facultades de mando al par de peones parapoliciales de la Corporación.
Sin perdernos de vista y aguijoneándome con despectivas frases altisonantes, los guardias se alejan hacia otro rincón de la bodega.
—Boris Krager, espécimen sometido a una depurada psicopatía. Un producto de alta calidad seleccionado por el Proyecto Psycho. En realidad, un mero prototipo utilizado por la Alianza, junto a otros veinte ejemplares, para pacificar planetas exteriores de más allá del Confín.
El preso me observa sentado sobre la caja de especias con inusual tranquilidad. La pose no delata su pertenencia a una categoría superior de humanos.
—El Proyecto Psycho nos encasilla como cobayas, como simples ratas de laboratorio entresacadas de la probeta de un genetista perturbado. Nosotros preferimos llamarnos “hijos de Lilith”.
Tomo asiento en una de las cajas que ocupaban los guardias.
—¿Hijos de Lilith?
Me sorprende la contundencia del hombre esposado, con respecto a la adopción de lo que parece una nueva identidad.
—Según la mitología hebrea fue la primera mujer de Adán. Su consorte llegó a tener hijos con ella antes de que el “Creador” decidiera substituirla por una compañera más dócil, menos problemática. Lilith era impúdica, amoral, una mujer sin ningún atisbo de duda. Implacable en sus movimientos, consecuente con sus hechos.
—Vamos, un encanto. Sin duda, demasiado respondona para la época.
Krager continúa con la erudición sobre mitología especulativa, pese a mi interrupción.
—Cuentan que, antes de ser desterrada, engendró a Caín. Lo que viene a decirnos esta historia, es que el impulso asesino del homo sapiens procedería de un mismo tronco común.
—Entonces, ¿reivindica a Lilith como progenitora de todos los psicópatas, coleccionistas de mariposas, farsantes de medio pelo y demás gente sin escrúpulos?
—Así es.
Inspecciono el rostro del asesino, en busca del menor rastro de animadversión hacia mi regodeo. El semblante de Krager, su mentón suave, su nariz roma, sus pómulos ligeramente pronunciados, nada hay en él que permita apreciar algo especial. La cara del prisionero está construida con las trazas más usuales, las mismas con las que se podría ensamblar el rostro de cualquier ciudadano corriente. Ello me decepciona, esperaba encontrar en el hombre que permanece junto a mí, los perfiles típicos de los malhechores; esos rasgos faciales acerca de los cuales nos advertían los manuales de la ciencia criminalista del siglo XIX. Pese a la neutralidad de su rostro, Krager no deja de fascinarme. Me hallo frente a una criatura sin sentimientos, ajena al dolor. Y esa peculiaridad, indiscutiblemente, puede llegar a desvelarse a través de sus ojos. Dos simas donde me es imposible ahondar, debido a la profundidad o al simple vacío. El hombre esposado se percata de mi debilidad hacia él.
—¿Qué le atrae de mí?
—No lo sé. Es simple, o tal vez complicado. Como digno representante de una sociedad implacable, debería ver en usted a un igual. No en vano, pertenecemos a un modelo capitalista que ha logrado pervivir hasta el medievo de un tercer milenio. No hemos superado todo tipo de avatares y conflictos sociales durante tan largo espacio de tiempo, para dedicarnos a repartir la “sopa boba” a las puertas de un convento. Nuestro objetivo es perpetuarnos hasta la siguiente mitad del milenio, conquistar todos los milenios del calendario; fundirnos, si es preciso, con las mismísimas eras geológicas. Y créame, haremos todo lo que esté en nuestras manos para conseguirlo, sin escrúpulo ni miramiento alguno. Y aún, como heredero, garante y apologeta de este orden social cimentado en el lucro a toda costa, tan sólo soy un psicópata cultural. Usted no, usted es biológico. Una obra genuina. Me entristece reconocerlo; pero, por más que persevere en la falta de empatía, siempre seré un ejemplar defectuoso. Me enamoro con facilidad, en ocasiones tengo debilidad para con los caídos…
Abandono el listado de mis defectos. Desnudarse ante un extraño es algo que jamás conviene.
—Dígame, ¿qué le llevó a traicionar los altos principios de nuestra sociedad neogaláctica?, ¿por qué, tras una brillante carrera, posicionarse a favor de los derrotados, los desposeídos, los oprimidos, los nadie?
—Me lo planteé como un reto. Después de someter a tantos mundos, en beneficio de la Corporación, me pregunté si podría azuzar el fuego de unas brasas ya extintas ¿Por qué debería obedecer las normas y leyes de la Cepu? No les debemos nada.
—Entiendo.
Krager no pestañea cuando habla, sus ojos parecen fijos, como de cristal. Dos canicas capaces de aportar una mirada al animal disecado que, en ocasiones, parece ser. Su discurso, en labios distintos, estaría aderezado con la impulsividad de la pasión. Impasible, acomoda su espalda contra otro montón de cajas de fragante perfume.
—Aunque, destruir es mucho más fácil que construir. En su caso particular, construir la rebelión que permita la libertad de esos mundos exteriores. El fin del colonialismo galáctico –argumento.
—Cierto. Una rebelión necesita de un andamiaje ideológico, de las bases teóricas en las que se asientan las utopías de todas las sociedades que aspiran a la emancipación. Va a ser difícil, pero estamos en ello.
—No lo conseguirán, el sistema social y económico al cuál combate es mucho más claro, no necesita de un gran aparato de adoctrinamiento, ya que sólo persigue un único objetivo: mantener abierta la posibilidad de enriquecimiento. Sólo así pueden asegurarse las fortunas ya existentes, si bien con la debida precaución de conservar el espejismo, la ilusión de que ese enriquecimiento es posible para todos.
De pronto, me embarga una nueva emoción. Me encuentro ante el mayor asesino contemporáneo y doy rienda suelta a una afición malsana por las estadísticas.
—Sea sincero, señor Krager, ¿a cuantos seres pensantes ha matado?, ya fueran humanos, humanoides o de diverso pelaje.
El prisionero me observa protegido por su impasibilidad.
—¿Y usted, amigo mío?, ¿a cuantos ha matado desde su indiferencia, desde su cómoda vida conseguida a costa de los asesinatos cometidos por mí u otros como yo?
—No lo sé, al contrario de cualquier ciudadano corriente, entre los que me incluyo, usted es un brazo ejecutor. No puedo llevar la cuenta de los que mueren en beneficio de mi gozoso ritmo de vida, no veo el blanco de sus ojos cuando caen.
Mi interlocutor posa su fría mirada en mí, con renovado interés.
—Posee usted el cinismo de un psicópata. Esfuércese un poco más y conseguirá superar la barrera biológica que nos separa.
Interpreto sus palabras como un cumplido.
—Hablaré con el capitán, intentaré que le concedan un camarote —le anuncio, levantándome de mí asiento.
—Gracias.
Oigo a mis espaldas el reconocimiento que mis buenas intenciones merecen, tras abandonar la caja sobre la que estaba sentado y dirijirme hacia la salida de la bodega. Me detengo a la altura de la escotilla. Necesito obtener conocimiento de todo aquello que pueda serme útil, sobre mi lugar de destino. Proyecto una mirada de tanteo contra la faz impávida del preso arrinconado en el vientre de la nave, frío estómago de reptil repleto de abalorios destinados a un mundo extraño.
—¿Qué puede decirme de Darsum?
—¡Vamos, señor Jhosuha!, no esperará que denuncie a los que fueron mis anfitriones —exclama, con fingida indignación.
—No tengo nada que contarle –afirma.
—No esperaba otra cosa —añado por mi parte, sin turbación alguna.
—¡Espere!
De nuevo su voz a mis espaldas, sorprendiéndome y, en esta ocasión, turbándome.
—Sólo una cosa.
Me observa con un interés furtivo, como si intentara evaluar mis capacidades de respuesta frente a un peligro o peligros solapados. Esa clase de amenazas que aguardan acechantes en las veredas de caminos oscuros, en pozas malolientes de profundidades secretas, en lóbregos pasadizos de oficinas repletas de archivadores famélicos.
—Guárdese de los comprimidos.
¿Qué clase de advertencia era aquella? Si pretendía inquietarme lo ha conseguido. Después de mis visitas a la farmacia-biblioteca, estoy tan escarmentado con las pastillitas que he decidido convertir en anatema personal el uso de la aspirina, de entre todos los recursos disponibles en caso de cualquier jaqueca o resaca. “Guárdese de los comprimidos”, ¡¿qué habrá querido decir?!

Piratas en el puente (Capítulo VI)

MONTERÍAS CIBERNÉTICAS

El grajo reanudó su graznido con un acorde de trinos cortos y quejumbrosos. Una pequeña colección de notas desgranándose en el aire de la mañana, tras la cual el pájaro se interrumpió. El animal prestó oídos a la algarabía del bosque, camuflada entre el silencio que emanaba de árboles y arbustos. Un silencio tan sólo violado por el crujir de una rama enfrentada contra el viento, o por el correteo apresurado de alguna criatura mecánica entre los matorrales. Se disponía a proseguir con su música esbozada de lamentos y letanías solitarias, cuando percibió a dos figuras en un claro. Era época de monterías y no era extraño observar a los cazadores deambular por el bosque. No tenía nada que temer, sus presas habituales eran de mayor porte y distinta naturaleza. El grajo, pese a todo, decidió alejarse.
Las figuras del claro preparaban armas y equipo, una dura jornada de caza les aguardaba.
—¿Qué munición utilizaremos?, ¿cargas láser?
—Demasiado clásico. Hoy es un día especial y usaremos algo nuevo: Balas termodirigidas –contestó el más experto.
Acto seguido, extrajo de su mochila una ristra de proyectiles en apariencia normales. Las balas golpearon entre sí y un tintineo seco apenas cruzó el aire.
—Este parpadeo en la base es la unidad de seguimiento –anunció el experto montero con aire aleccionador.
Elevó las municiones a escasos centímetros de sus ojos, para contemplar hechizado la pulsación lumínica acoplada en cada uno de los mortíferos proyectiles.
—¿Qué vamos a matar hoy? ¿A la madre de Bambi?, ¿al oso Yogui?
Las nuevas preguntas del novato le sacaron de su ensimismamiento.
—No, nada de animales electrónicos inspirados en viejas películas de animación. Hoy mataremos algo orgánico.
¡Orgánico! La palabra golpeó como un mazazo en la mente del principiante.
—¡Or… gánico! –exclamó con voz entrecortada. No quedan muchas cosas orgánicas ¿Tenemos permiso para hacer eso?
El experto pareció ofenderse:
—¿Dudas de mi integridad?, ¿acaso me crees un furtivo?
La indignación le hizo rebuscar en su mochila. De ella emergieron una llave inglesa, una caja de microprocesadores usados, un aerosol de aceite multiusos, el último número de “Monterías cibernéticas”… Allí estaban, un fajo de papeles apareció bajo la revista. El cazador, como un tahúr en una mesa improvisada, depositó cada papel sobre la hierba sin apenas disimular su petulancia.
—Este permiso es de la Oficina de Reservas Forestales, este otro del Funcionariado para la Preservación de Especies Amenazadas, éste de la Consejería para el Control de Animales Dañinos y éste…
—De acuerdo, de acuerdo –le interrumpió el novato. Tienes todos los permisos en regla; pero, ¿qué problemas causa esa criatura?, ¿por qué hay que eliminarla?
—Mal empezamos –rezongó el experimentado. Un cazador no busca motivos para matar, el motivo es la propia muerte del animal, la satisfacción de la persecución y el acoso, el olor de la sangre…
Su compañero estaba seguro de poder encontrar aquella parrafada oral, cuasimística, en el último número de monterías cibernéticas.
—Sí, pero, se trata de un animal orgánico –argumentó, reacio aún a la propuesta del veterano.
—No hay peros que valgan. Piensa que ésta puede ser la última oportunidad de tu vida de matar un animal real ¿No estás cansado de reventar engranajes mecánicos movidos por impulsos eléctricos? Si te sirve de alivio moral por lo que vas a hacer, te diré que la criatura no ha parado de destrozar árboles desde que se ha instalado en esta parte del bosque.
El inexperto se calzó unas botas ingrávidas por toda respuesta, dando así por zanjadas discusiones y dudas. Ambos cazadores se alejaron fusil en mano, con grandes saltos entre la floresta. Un tocón, la rectilínea de un tronco enhiesto, la rama curva de un árbol; todos los obstáculos eran superados, conquistados, rebajados a la condición de un habilitado sendero instalado en un jardín geriátrico.
Las botas ingrávidas transportaron raudos a sus dueños a través del bosque; de pronto, en un movimiento de inflexión, en un instante de ruptura de la frenética carrera, con el cual tomar impulso en el siguiente salto, el novato descubrió a la criatura agazapada bajo la protección de un árbol caído. Supo que era ella porqué jamás había visto nada parecido, y supo que era orgánico porque, el animal, superado por un pánico nacido de su milenaria condición de víctima, se orinó encima. El olor de la angustia, el acre perfume de un esfínter incontrolable, llegó hasta los olfatos de los cazadores.
El experto desandó unos metros y realizó un movimiento envolvente. La criatura, parapetada en su escondrijo, dirigía miradas asustadas hacia el novel. Un golpe contra el tronco provocó que levantara sus aterrados ojos y descubriera una segunda presencia amenazante. El veterano, en pie sobre el árbol caído y a pocos metros de la cabeza de la bestia, le apuntaba con su fusil de proyectiles termodirigidos.
Un rugido pavoroso, de furia y odio, brotó de la caja de resonancia instalada en el pecho del experto en monterías. La criatura se acurrucó aún más sobre sí misma. Abandonada y trémula, toda ella denotaba miedo y horror. El novato apenas pudo contener un reflejo de estupefacción.
—No va a huir, está paralizada por el miedo –comunicó a su compañero.
—¡Mierda!, ¡ni tan siquiera he podido estrenar mi aparato de detección de ondas calóricas! Se nos ha aparecido nada más penetrar en el valle –rugió.
—Mejor será que nos vayamos, esto no es divertido.
—¿Y cómo voy a dispararla con mis balas termodirigidas? ¡Mírala!, ¡no se mueve!
El cazador experto no escuchó la propuesta de su compadre de lances cinegéticos. De súbito, obedeciendo el impulso de un sanguinario instinto, se abalanzó bajo el tronco y atacó a su presa con un arma primitiva. Un cuchillo se hundió varias veces en el cuerpo del animal.
—¡Mis permisos están en regla!, ¡he acudido a todas las ventanillas de todas las oficinas y he rellenado todas las reglamentaciones precisas, para esto!, ¡y esto es lo que he venido a darte, alimaña del demonio! –gritaba.
La criatura intentó zafarse de su atacante, se arrastró fuera del tronco en un intento por escapar de las terribles cuchilladas, se alejó del árbol cercenado por una tormenta y aún arrastrándose fue a morir a los pies del novato. Con el cuerpo cubierto de sangre y los brazos extendidos hacia él, un grito ahogado transfiguró su semblante. El cazador inexperto se arrodilló sobre el animal, con una mano de dedos hidráulicos sostuvo una mano de la presa. Cinco dedos, los cinco dedos de su propia mano. Observó aquel cuerpo orgánico basado en el carbono, un cuerpo frágil comparado con el suyo, fraguado en una aleación de titanio y provisto de una mente mucho más rápida, sustentada por un complejo de microprocesadores de silicio.



No había duda, aquella criatura asustada, torpe y débil, era un humano. Algunos teóricos, proclives a la herejía, sostenían que los humanos fueron los creadores de las máquinas cibernéticas antes de su declive y del ascenso de la inteligencia artificial que contribuiría a su ocaso. Exponían, en defensa de sus tesis, fragmentos de películas muy deterioradas en las que aparecían humanos. Los únicos documentos bien conservados, que permitirían arrojar cierta luz sobre el pasado, eran cintas de animación. Y si de lo que se trataba era de encontrar pruebas acerca de los orígenes, en esas viejas películas, el oso Yogui era un buen candidato a la paternidad de la vida basada en el silicio.

—Señor Jhosuha, acuda a la sala de control de proa. ¡Dese prisa!, ¡le necesitamos!
Me habla el contramaestre con su voz de pito, desde el tumor benigno que transgrede la intimidad de mi camarote. En posición fetal sobre el camastro, intento digerir la absorción neuronal del último cuento de los hermanos Cataclísmicos-Grim escenificado en mi cabeza.
—¿Qué ocurre? —Pregunto, aproximándome al aparato.
—Venga y descúbralo usted mismo. ¡Apresúrese!, ¡no tenemos mucho tiempo! —me apremia el oficial, con el temor impreso en su poco creíble voz de mando.
Cubro mis calzoncillos con unos holgados pantalones de deporte. En las situaciones límite, nunca está de más un poco de corrección en el vestir.
Me dirijo a la sala de control con todo el apresuramiento que me permite el ascensor, un simple montacargas acondicionado para acortar la distancia que separa los compartimentos del pasaje de las dependencias de proa; el “sancta sanctorum” hacia donde fluye todo el sistema informatizado de la nave. Una corriente de bips dispersa en una desembocadura electrónica, en un delta dividido en mil légamos, en mil sedimentos de terminaciones tecladas y monitores de fulgor ambarino.
En la sala de control me recibe un contramaestre sudoroso. Un chico apuesto de tupé engominado y sonrisa de anuncio publicitario. Su sonrisa es solo una suposición, pues, en estos momentos, sus amígdalas permanecen selladas. En lugar de mostrarme unos labios entreabiertos, un indicativo de cortesía entre nosotros, los primates, se limita a indicarme los monitores de la sala con un rápido movimiento de cabeza por toda bienvenida. A través de ellos contemplo lo que parece ser un secuestro. El capitán se encuentra en el suelo del puente de mando con los tentáculos apresados por un cable, parece un novillo laceado sobre la hierba de un pastizal con el pie de un vaquero sobre una de sus paletillas, dispuesto a aplicar el hierro candente sobre la piel del becerro. El ranchero, el tráqueo que me interrogara acerca del libre comercio en la cena del primer oficial, aproxima el metal cauterizador, una pistola de rayos, a la cabezota de su antiguo anfitrión.
—Tienen cinco minutos para cumplir nuestra petición —brama el alienígena la amenaza, diluyéndose su resonante voz a través del intercomunicador.
La tripulación que se hallaba en el puente en el momento del asalto, se encuentra arrinconada en un extremo de la sala de pilotaje. La hembra de nirgalo y su bebé, al parecer un auténtico enano enjuto, los han convertido en rehenes con la amenaza de unos inyectores de partículas esgrimidos hacia ellos con maldiestra aptitud.
—En el exterior se encuentra una nave que dice ser el Adonis. Un viejo trasto que no se corresponde con el modelo que esperábamos. `^**+ sospechó de inmediato, negándose a efectuar el acoplamiento para entregar al prisionero, entonces irrumpieron ellos en el puente. Ya puede imaginarse cuáles son sus demandas. Quieren la liberación de Boris, y que les garanticemos paso franco hacia esa nave que permanece a la espera —me informa el contramaestre de todos los pormenores del incidente.
—¿Qué problema hay? Abra compuertas y arrójelos a todos al espacio —expreso, con la dureza que se espera de todo mediador en un secuestro.
—¡Pero señor!, ¡ahí dentro se encuentran mis compañeros y el capitán! —clama escandalizado el oficial.
—¿De veras cree que van a salir vivos del puente? Esa gente no se anda con chiquitas —respondo a su indignación.
—Pues habrá que atender sus reclamaciones, ¿no le parece? —me alecciona el muchachito de dientes esculpidos a golpe de dentífrico.
—Debería saber que eso es imposible. La primera norma de todo oficial encargado del transporte de pasajeros, es no negociar nunca con secuestradores ¿O acaso quiere enfrentarse a un consejo de guerra? —le aturdo con mi reprimenda de leguleyo.
El contramaestre vacila, su camaradería se desmorona. Carece del temple necesario para enfrentarse a una situación de este tipo.
—De acuerdo, usted es diplomático. Hágase cargo del asunto —claudica al fin.
—Para que no crea que carezco de sensibilidad, agotaré otras posibilidades antes de abrir la compuerta –declaro.
—¿Cómo se llama el tráqueo?
—Défrer’ga-soc —responde el oficial.
Acerco mis labios hacia el intercomunicador que me indica el contramaestre y entono, con autoridad y disciplencia a un tiempo:
—Défrer, déjese de jueguecitos. ¿No le da vergüenza meterse a terrorista?, a su edad. Esto le costará un montón de años en un mundo-penal.
El tráqueo mira directo a la cámara. Su rostro se reproduce en todos los monitores de la sala de control, cual insecto partenogénico.
—¡¿Es usted?! ¡¿Ese maldito funcionario de la Cepu?! Lástima que no esté aquí ahora mismo, sería el primero en caer —amenaza Défrer, iracundo.
—¡Venga!, ¡ponga fin a estas brabuconadas y entregue el arma! De lo contrario, las cosas pueden irles muy mal —amenazo a mi vez.
—¡No estamos de broma! ¡¿Acaso tenemos que volarle la cabeza a su capitán para que lo entiendan?! —grita el tráqueo con la potencia de toda su caja de resonancia.
Antes de escupir el reto, una imagen cruza fugaz entre los pliegues de mi cerebro. La asistente de vuelo yace en una litera desordenada, abrazada a `^**+ en amoroso pulperio, sus torneadas piernas enroscadas por la lascivia del odoriano.
—No tiene el suficiente coraje —sentencio, insolente y provocativo.
—¡Por amor de Dios, Malandruk! ¡Cállese! —chilla el capitán, debatiendo sus tentáculos en un vano intento por liberarlos del cable que los oprime.
—¡Contramaestre, contramaestre, retire a este desalma...!.
Se oye una detonación seca, algo así como el chisporreteo de una resistencia antiinsectos tras el encuentro con una mosca extraviada. La imagen del secuestro que tiene lugar en el puente ha desaparecido de los monitores; en su lugar, la proyección de lo que parece ser una película blanduzca y burbujeante, ocupa las pantallas con un movimiento gotoso, de descomposición y desmiembre.
—Hemos perdido imagen. Haga que venga un técnico —exijo al contramaestre.
—¡El equipo funciona a la perfección! ¡Son los sesos del capitán `^**+! —vocea el oficial, aturdido por el impacto visual de aquel puré de pensamientos, personalidad y sentidos que conformaban todo lo que era y todo lo que podía haber sido el fenecido odoriano, esmerado capitán a sueldo de la Galaxy-Flot. Descanse en paz.
—Dentro de cinco minutos haremos lo mismo con otro tripulante.
Oímos a Défrer sin llegar a vislumbrar sus rostros, la mugre en la lente de la cámara instalada en el puente nos lo impide. Una mancha pastosa es el único testimonio de lo que llegó a ser la masa encefálica de `^**+, un velo sonoro, de silbido gorgoteante, que se desliza aún por los monitores.
—Se lo dije, esa gente no se anda con chiquitas —le reprocho al contramaestre, cual ejercitado agorero o vil “Casandra” de oficio.
—¡Se acabó! No nos dejan otra elección. Abriremos compuertas.
—¡No, no puede hacer eso! —objeta el oficial mi implacable resolución.
—Más de la mitad de la tripulación se encuentra en el puente. Si los arroja al vacío, tendremos serios problemas para gobernar la nave –argumenta.
—¡¿Por qué no me lo advirtió antes?!
—No pensé en ello —reconoce el contramaestre, entre el sonrojo y la congoja.
—Si eso es cierto –me interrumpo con una cavilación de pretensiones trascendentales— tendremos que negociar.
El oficial parece respirar aliviado.
—¿Dispone de hombres armados? —acometo, sacándole de su momentánea relajación.
—Tres de ellos se encuentran en el corredor de acceso al puente.
—Muy bien, ordéneles que vayan con usted a la bodega, háganse cargo del prisionero y ejecuten a sus dos guardianes. Arrojaremos los cuerpos al espacio e inventaremos una buena historia. Será preciso destruir todas las pruebas que demuestren que hubo una claudicación frente a un grupo armado ¿Lo ha entendido?
El contramaestre asiente con la cabeza y traga saliva al unísono.
—No les será difícil. Los gorilas de la Corporación no sospecharán nada. ¡Venga!, ¡váyase y no se demoren!
El oficial abandona la sala de control sudoroso y palpitante. En su ausencia, me dirijo al tráqueo:
—¡Défrer!, ¡deténgase! ¡Pare de volarle los sesos a la tripulación! ¡Accedemos a todas sus condiciones! ¡Repito!, ¡accedemos a todas sus condiciones!
Tras la opacidad gelatinosa de los monitores se escucha una voz gutural, surgida de la caja de resonancia del tráqueo:
—¡A buenas horas! ¡Si se hubieran decidido antes no tendría que añadir el asesinato a mis numerosos cargos judiciales! —retumba su cólera.
El tráqueo me confunde, no sé si atribuir sus palabras a la modestia o a la bellaquería de un hipócrita.
—Défrer’ga-soc, ¿no pretenderá que me crea eso? Un tipo curtido como usted debe de haber liquidado a unos cuantos. ¿De veras éste ha sido su “bautismo de fuego”, el día de su desvirgue?
—¡Váyase al cuerno, cerdo psicópata!
¡¿Cerdo psicópata?! ¡Me ha llamado cerdo psicópata! ¡¿Qué se habrá creído ese repulsivo alienígena?!
—¡Y a mucha honra! —le grito por el intercomunicador.
No hay respuesta, el muy miserable ha cortado la comunicación.




Re: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático sideral,

Muchos conceptos,muchas disgregaciones; aunque, por otro lado, acabo de leerme el "País del miedo", editorial Seix Barral, de un tal Isaac Rosa, y el autor repite una fórmula parecida introduciendo reflexiones sobre el miedo, entre un capítulo y otro de una historia que apenas tiene jugo.

Al menos este diplomático es un cabrón y un cínico que le mantiene a uno en vilo.

Re: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático sideral,

Muy bueno lo del psicópata. Vamos a eso, a una utopía negativa donde la competitividad se impone sobre la cooperación, a una sociedad donde el enriquecimiento a cualquier precio es lo máximo, lo más a que puede aspirar un ser humano. Visto el panorama, ¿a quien le extraña que, según los expertos, en los próximos años uno de cada cuatro trabajadores sufrirá mobbing? Estamos en una sociedad donde los compañeros se han convertido en competidores.El psicópata como modelo ¡Que triste!



acer_468x60.gif