Relato: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático sideral, parte cuarta)

Tierra de promisión (Capítulo VII)

Hemos llegado a Darsum, después de muchas fatigas y quebrantos por fin hemos llegado a Darsum. No puedo afinar impresiones ni valorar aspecto alguno de este mundo, ya que el “mundo” en sí no se encuentra a mí alrededor. Estamos aprisionados en una cámara estanca de proporciones inhumanas, una oquedad en el subsuelo de Darsum que nos reduce a la condición de prescindibles lombrices, en el intestino de un cachalote. Nuestra nave ha darsumizado sobre una plataforma de acero, cuyo descenso nos ha transportado hasta esta gruta de paredes pulimentadas.
En la sala de desembarque reina el silencio de un sepulcro, una ausencia de sonido que me envuelve con las garras afiladas del desamparo y la soledad. Me levanto de mi asiento y doy un paseo por una sala vacía, a disposición del único pasajero con destino a este planeta perdido. Me detengo ante un vitral que me ofrece una vista encumbrada, de la concavidad en la que nos han sumergido. Vislumbro a lo lejos la nave de Galaxy-Flot. Atareadas hormigas se desplazan en su derredor, ocupadas en descargar los presentes que la Corporación de Planetas Unidos ofrece al pueblo de Darsum, como muestra de buena voluntad ante un primer contacto. Todo muy correcto, limpio y comedido. Primero se les deja saborear la zanahoria, habrá tiempo de sobra para que experimenten con el palo.

Desde la distancia reconozco al contramaestre. Parece haber superado el nerviosismo de los primeros días que siguieron al chapucero secuestro del puente de mando, y que culminó con el asesinato del capitán. No en vano, he acudido a su camarote todas las jornadas de esta última semana de viaje, en un intento por construir en su mente la representación de una infame acción pirata. Es decir, la versión de un asalto que ha sido necesario convenir con otros miembros de la tripulación. Después de muchas entrevistas con unos y con otros, con los rehenes del puente y con los tres hombres que eliminaron al dúo parapolicial de la Cepu, hemos decidido que las cosas ocurrieron del siguiente modo: los tres terroristas, el tráqueo, la hembra de nirgalo y el enano disfrazado de bebé, retuvieron al capitán `^**+ en su cabina, consiguieron de éste que les condujera hasta la sección de almacenaje, allí eliminaron a los dos guardias y liberaron a Boris Krager. Con el uso del capitán como llave maestra, atravesaron todo el crucero hasta una escotilla de salida. Desde allí, obligaron al secuestrado a que ordenara un acoplamiento con el falso Adonis. Con toda la parsimonia y buen hacer de un terrorista de catequesis, los cuatro abandonaron la nave; no sin antes volarle la cabeza a nuestro amado capitán como regalo de despedida. Pura maldad.
Una buena versión que todo el mundo creerá por ser la manera más sencilla y razonable de rescatar a un prisionero, cuando se cuenta con ayuda desde el interior. Hay que ser muy inútil para organizarlo del modo que en realidad ocurrió. Si al contramaestre no le delatan los nervios, nada puede fallar en la vista de reconstrucción oficial de los hechos, ya que destruimos las pruebas materiales: la cinta grabada en el puente, en la que aparece la voladura cerebral de `^**+, y los cadáveres de los peones parapoliciales; pruebas que nos incriminaban como responsables en un desenlace de secuestro con claudicación. Grave delito en estos duros tiempos que corren.
—Por favor, señor Jhosuha, diríjase a la entrada de aduanas para un control epidemiológico de rutina —ruega una amable voz de mujer, surgida de ninguna parte.
Despego la nariz del vitral y dirijo mis pasos hacia la salida de la sala de desembarque. Para acceder a la aduana es preciso atravesar un receptáculo transparente, un cubículo de cristal que me recuerda la versión pop de una cámara de gas. El cubilete, de líneas elegantes y rupturistas, refulge a la luz de la sala. Circunstancia que acentúa su aspecto de gota de rocío empaquetada, su imagen de burbuja de aire anclada en el fondo de una charca por una araña acuática. Atravieso la burbuja decidido, sin pensarlo demasiado. Manos de luz y sonido progresan por todo mi cuerpo. El resuelto caminar con el que entré en la cámara vacila. Las manos me detienen, forcejean con el cuello de mi camisa, con los pantalones, con la hebilla del cinturón. Víctima de un cacheo policial intento mantener el equilibrio, mientras aguardo a que un agente me lea una escueta declaración legal, al tiempo que retuerce uno de mis brazos con pericia represora. La presión sobre mi cuerpo se desvanece, momento que aprovecho para atravesar el cubículo y dejar atrás sus desagradables efectos.
—Programa de descontaminación patógena completado —clarifica una voz herrumbrosa mis interrogantes acerca de la naturaleza de aquella luminosidad susurrante. Sin duda, una voz de artilugio informatizado.
En la aduana no hay nadie, ni un darsumiano a la vista. Según parece, o son muy tímidos o les gusta jugar al escondite. Por lo que he podido leer, pertenecen a una raza humanoide; aunque ignoro por completo los pormenores de esa humanidad ¿Tendrán doble tabique nasal, frente huidiza y orejas con que abanicarse en las cálidas noches de verano?
De la hermética cabina, en la que debería haber un guardia de aduana, emerge una pastilla que es depositada en el mostrador por un brazo mecánico. El miembro articulado se retira, para volver a aflorar de su madriguera con un vaso de agua.
La frase enigmática de Boris Krager regresa a mi alertada percepción, a mí curtido instinto de detección de peligros, agravios e iniquidades: “Guárdese de los comprimidos”.
—Gracias por el ofrecimiento, pero ya tomé mi bizcocho con el desayuno —ironizo con el tamaño desmedido de la píldora.
—Es necesario que la ingiera. Nuestro planeta sufrió una guerra bacteriológica a escala global hace unos cuantos lustros. La gran mayoría de nosotros se ha inmunizado, pero los extranjeros son propensos a contraer enfermedades de todo tipo. No tenga miedo. No es más que un reforzante inmunológico.
Me habla la voz amable, en un acorde de vocales animosas, tranquilizantes.
—Tengo reforzantes en mi botiquín de primeros auxilios —declino de nuevo el ofrecimiento.
—Este reforzante contiene la información vírica y bacteriana de todos los gérmenes que se utilizaron en la contienda. Gérmenes que pululan con total libertad por las aguas y los aires de este planeta, a la espera de la menor oportunidad para infectar incautos o tozudos como usted ¿Es necesario que le describa algunos de los síntomas asociados a ellos?
Ante mi mutismo, tejido de obstinación, el parloteo femenino prosigue:
—Entre los aspirantes a invadir un cuerpo caliente y acogedor se encuentra el ringi, sus síntomas son una hinchazón progresiva de cara y extremidades. Uno pensaría que esa tumefacción nace con el límite impuesto por la elasticidad de la propia piel; pero no es así, ya que ese límite es rebasado con sencillez y limpieza por una simple explosión cutánea. Por el contrario, la actuación del asora sobre el sistema cardiovascular...
—De acuerdo señorita, me ha convencido. Me tragaré la píldora —interrumpo la interesante disertación microbiológica de la cordial vocecita, cediendo a sus pretensiones con el único objeto de mostrarme complaciente ¿Quién puede dedicarse a cultivar la ingratitud ante tantas atenciones? Joder con el ringi.
Engullo la pastilla con un rápido movimiento de mi mano. El vaso de agua sigue el mismo camino, esófago abajo.
—Bien, ya está. Una formalidad menos —sonrío a la cámara, donde quiera que esté.

Se abre una puerta corrediza. La dama que me exhortara a tomar la medicación aparece ante mis ojos incrédulos. Un destello de luz animado por una vida propia, parece haber entrado en la sala. Una mujer menuda envuelta en una túnica traslúcida, bajo la cual cimbrea y se agita un talle delicado, dotado con piernas de esbeltura felina y pequeños senos de mármol. La chica me sonríe.
—Bienvenido a Darsum, señor Jhosuha.
Debido a mi asombro, tardo unos segundos en proferir palabra alguna, por lo que la belleza darsumiana añade:
—¿Cómo se encuentra? ¿Algún problema de mención que haya encontrado a su llegada?
—No, ninguno. Excepto un aviso de afeitado obligatorio. Hubiera sacado mayor provecho de su cámara aséptica, además de presentarme ante usted con el aspecto adecentado que merecería el encuentro con criatura tan hermosa.
—¡Ah! Se refiere al proceso de descontaminación. Pura rutina, espero que el procedimiento no le haya contrariado —sonríe una vez más, haciendo uso de un desliz, o estudiado encanto, que le permite mostrar una dentadura relampagueante, de brillo cegador. La muestra de encanto femenino desconcierta mi natural agudeza, permitiendo a la chica soslayar el cumplido. Mi lindeza no provoca reacción alguna en la mujer, detalle por el cual infiero que los pobladores de Darsum no están habituados a los halagos.
—Me llamo Dayla, voy a ser su sombra y su guía en Agrabar. Nuestra capital.
Mi guía me tiende una mano, unos dedos largos se desprenden con un parpadeo de entre los pliegues de la túnica. Beso el ofrecimiento y una lluvia de pétalos inunda mi olfato, la embriaguez me transporta a un mundo de seducción donde la feminidad impone sus normas.
—Sígame, le acompañaré al hotel. Debe de estar cansado después de un viaje tan largo.
Intento formalizar una pequeña observación, pero aquella dama hermosa y eficiente se me adelanta:
—No se preocupe por su equipaje, a estas horas se encuentra ya en sus habitaciones.
¡Sus habitaciones! La frase me suena a las vacaciones a cuerpo de rey que esperaba encontrar, después de los contratiempos y penalidades de un viaje a velocidades hiperlumínicas.
Dayla me conduce al exterior del planeta, fuera de la gigantesca oquedad tallada en el subsuelo. El sol de Darsum (no sé cuál de ellos) acaricia mi rostro con la ternura de una madre paciente. La esperanza y la dicha me inundan, cual Jonás resucitado del vientre de un ballenato.
Ambos subimos a un vehículo que se eleva sobre un cojín de aire multiprensado. Mi sombra, mi guía, la hermosa mujer puesta a mi disposición se mueve con pericia por calles y autovías atestadas de transportes similares.

—A su derecha, puede ver la Casa de las Representaciones Populares.
Observo por la ventanilla un juego de finas cúpulas. Trémulo conjunto de formas que dibujan un débil trazo en el paisaje urbano. Las cúpulas se me antojan prudentes minaretes de culto agnóstico, una extrapolación construida a partir de los pocos datos que poseo de la sociedad que me recibe.
—¿Un parlamento?
—No, un teatro. Así es como vosotros lo llamaríais –responde.
La risa desgarra mis labios relajados.
—No hay demasiada diferencia. Al menos en mi mundo.
El vehículo prosigue su marcha por el corazón de una ciudad cuya geometría se eleva y desciende en curvaturas imposibles, en circunferencias delirantes y cilindros obscenos.
—A su izquierda, la Opera Cromática.
—Enfrente, el Zoológico de Especies Intergalácticas.
—A un lado, el Museo del Horror. Un documental fotográfico de la dictadura económica que nos condujo a la revolución.
Las aceras aparecen repletas de viandantes bien vestidos, atléticos y de facciones hermosas. La gente parece libre y feliz. Tal vez el vicepresidente de la Cepu esté equivocado. Tal vez me encuentre ante una utopía diseñada con la equidad y la nobleza de principios, enunciados por los padrinos de la Ilustración (de todo tipo de Ilustración) allá en mi lejano mundo. Quizás haya arribado a una auténtica Tierra de Promisión, el Sangrilá cuya existencia desearía corroborar toda alma atormentada.

Impresiones (Capítulo VIII)

Cuaderno de bitácora.
Fecha estelar, 4 de febrero de 2550.

Esta mañana me he levantado temprano. Dayla me esperaba en el vestíbulo del hotel, exhibiendo su figura radiante a través de la sugerente túnica. Muy a mi pesar he tenido que tragarme otra píldora. Al parecer, sus efectos en el sistema inmunológico son fugaces, por lo que es necesario renovar a diario la presencia de los principios activos en el organismo; una presencia conseguida con el “moldeado” de la información viral sobre las defensas. Necesité dos vasos de agua, uno para la pastilla y el otro para la tediosa perorata médica.
He conseguido este cuaderno, en el cual escribo, en una tienda de Agravar. Su encuadernado en piel, desprende ese olorcillo que transporta a todo buen bibliófilo a mundos familiares y lejanos a un tiempo. Mi intención es convertirlo en el cuaderno de bitácora que usaré en mi propia nave. Este es mi último viaje para la Cepu, trabajaré por mi cuenta como mercenario diplomático, aceptaré cualquier chapucilla donde la cohesión o la ruptura de las relaciones intergalácticas lo requiera.
Anexo.
Por la tarde hemos asistido a un acto de reunión con las autoridades. El gobernador, el alcalde y todo su séquito administrativo (material de oficina incluido) me agasajaron como el “alienígena del año”. Tras un soporífero discurso me hicieron entrega de las llaves de la ciudad, (un mando a distancia que a saber tú qué portalón abrirá). Apunté con el mando a Dayla, una broma simbólica con la que di a entender mi necesidad de acceder a su corazón. Todo lo que conseguí fue que se ruborizara ¿Un triunfo o una derrota?
El gobernador se interesó por la utilidad de uno de los obsequios de la Cepu: la sopa biológica constituida por componentes orgánicos autoreplicadores.
—Se trata de una solución para devolver fertilidad a la tierra —le instruí.
—¿Abono?
—No. Es algo mucho más complejo que la aportación de simples nutrientes –aduje.
—¿Mantillo?
El gobernador no daba una, estaba claro que sus capacidades no se encontraban disponibles para absorber los conocimientos básicos que se manejaban en su departamento agropecuario. Intenté explicarle que el suelo era algo vivo, una interacción de organismos que actuaban movidos por su propio beneficio, pero cuyos movimientos por separado producían una simbiosis, una integración profunda en un sistema funcional y autoorganizado. Aquello era lo que se entendía por fertilidad, un conjunto de bichitos que iban a la suya, ignorándose unos a otros, pero que nos proveían de pan sobre nuestras mesas. La sopa substituía la función que allá en la Tierra realizaban bacterias fijadoras de nitrógeno, lombrices, hormigas, ciempiés...
—¿Hormigas?, ¿ciempiés? —enarcó sus cejas el gobernador.
—Unos animales diminutos, en ocasiones molestos.
—Aquí no tenemos de eso.
Pareció ofenderse.

Cuaderno de bitácora.
Fecha estelar, 5 de febrero de 2550.

Una vez más, encontré a Dayla en el vestíbulo del hotel, sonriente y con la dichosa pastilla en la mano. Refunfuñé, pero no tenía opción.
Hemos asistido a una representación en la Opera Cromática. He de reconocer que nunca he experimentado nada igual. Un calidoscopio de color inundó mi cerebro transportándome hacia ensoñaciones que creía olvidadas, por unos momentos recuperé la capacidad de asombro que todo niño pierde al aproximarse a la pubertad. Me vi a mí mismo ocupado en abandonar una cometa a la inercia devastadora de una brisa enojada, o sorbiéndome los mocos de la nariz (cosa que aún hago).
Lo mejor fue cuando un matiz purpúreo se diluyó en un rojo, en un fucsia, en un amarillento desteñido para finalizar en un rosa ascendente, salpicado de motas blancas. Me encontré en brazos de mi abuelo, con unos meses de vida y el culo al aire, en sumisa aceptación de un espolvoreo de polvos talco poco generoso. Reviví, a través del cromatismo musical, la proverbial tacañería del patriarca de mi familia.
Anexo.
El crepúsculo se ha despedido ante nuestros ojos, con la contemplación de la puesta de sol de Perséfone. Uno junto a otro, con las manos trabadas de sentimiento, solos, Dayla y yo, en una colina, con la ciudad a nuestros pies, hemos saboreado una intimidad emanada de los mismos astros. Cuando nos besábamos apareció Nerea sobre el horizonte, acariciándonos con sus rayos de menor intensidad después de permitirnos el breve vislumbre de un titilar indeciso, de una diáspora estelar suspendida en un firmamento efímero. El Universo puede ser un lugar hermoso. Hermoso y pletórico.

Cuaderno de bitácora.
Fecha estelar, 6 de febrero de 2550.

Estoy enamorado. Por Dayla sería capaz de realizar los sacrificios más sublimes, los actos de amor más alocados y frenéticos. En sus manos soy un despojo, una marioneta moviéndose a través de una función cuya resolución desconoce, empujada por los hilos omniscientes de un titiritero. Un ser desposeído de voluntad y arbitrio. Más, no ha habido en mundo alguno sirviente con mayor predisposición a entregarse en vasallaje, esclavo más feliz.
Estoy enamorado, sí; pero soy consciente de que esta incontrolable emoción, me sume en una dependencia peligrosa hacia unos sentimientos de mujer de los que mi cinismo innato intenta salvaguardarme, con todo tipo de argumentos. El más prosaico es fácil de formular: ¿qué sé de ella o de sus intenciones? El más elaborado contiene razones de todo tipo: filosóficas, morales, misóginas,... Las mujeres son seres incapaces de guardar fidelidad alguna, nos utilizan como vasos con los que catar vinos de diferente aroma. Nos agotan o nos sorben a medias, nos tiran o nos almacenan según las pulsiones del momento, al azar de unos caprichos que ellas llaman intuición.
Para esta feminidad hambrienta, somos la encarnación de un jardín, de una huerta poblada de frutos alimentados con las aguas frescas de un arroyo. Son expertas en proveerse de todo cuanto necesitan, abasteciéndose de fruta sin preguntar. La misma maestría pueden llegar a demostrar al abandonar el huerto, antes de que una época de penuria produzca una mala recolección, antes de que el arroyo llegue a secarse. Debido a su naturaleza felina, egoísta y acomodaticia, nunca se quedan para compartir la escasez, nunca permanecen al lado de un hombre que ya no sea capaz de garantizar estabilidades varias, de proponer pragmatismos y seguridades de todo tipo. Pueriles o no.
Y aún si abandonan el pragmatismo para abrazar la aventura, necesitan de una continuada presencia varonil dado que carecen, debido al espíritu práctico que siempre pervive en ellas, de la sutileza imprescindible con la que recrear sueños y forjar quimeras. Viven amputadas de esa imaginación que a nosotros nos sobra.
Esta mañana me desperté junto a ella. Su cuerpo tibio bajo las sábanas reaccionó a las primeras claridades de Perséfone, arrimándose a mí para susurrarme al oído:
—Tienes que tomarte la pastilla.
La pastilla, ese parecía ser el nexo de unión entre nuestros dos mundos, entre nuestras dos pasiones.
—Deja un paquete de comprimidos sobre la mesita, iré tomándolos cada vez que me levante –repliqué.
—Tengo que asegurarme de que lo haces.
Se preocupa por mi salud, siente devoción hacia los huesos de un servidor ¿O quizá haya algo más? “Guárdese de los comprimidos”. La voz de Boris retumbaba en mi memoria, enigmática y burlona. Una sospecha cruzó con rapidez por el desván entreabierto de la desconfianza.
—¿Conociste a Boris Krager?
—Fui su guía en Darsum —me respondió, con el uso de una frase escueta y distante que entreabrió un poco más esa habitación donde se acumulan todas nuestras inseguridades.

BUSCADORES DE SEMILLAS

La nieve se arremolinaba apática, retirada y traída de continuo por vientos de mordedura helada. El cielo, una losa plomiza, amenazaba con escupir un poco más de aquella omnipresente y odiosa sustancia blanca.
Ray deambulaba por una antigua carretera comarcal con una mochila a la espalda y el rostro y el cuerpo inclinados, para evitar la agresión de poderosas ráfagas glaciales. Aterido y exhausto buscó refugio en el interior de un autobús volcado en la cuneta. Una ventana rota le permitió acceder a las interioridades de aquel cetáceo embarrancado. La obertura tembló al tragarse el cuerpo del caminante, un simple carroñero transgrediendo la pureza de un cadáver embalsamado por el hielo. Las nervaduras plastificadas que sostenían el cristal, oscilaron cuando se introdujo a través del impacto de arpón explosivo. Las refulgencias colgantes, los pedazos de carne desventrada, tintinearon a su paso.
Un osario perteneciente a seres humanos de edades diversas le recibió en un rincón del autobús, cerca del asiento del chófer. Habían muerto apelotonados, en un último intento por intercambiar calor corporal unos con otros. Pequeños animales debieron limpiar los huesos de ropa, piel, músculo y órganos. La putrefacción ya no era posible.
A Ray no le impresionaban los muertos. Había visto demasiados. Sin embargo, la siniestra escena le conmovió con la fuerza de un golpe de mazo. Aquel era el final del camino, no se sentía con fuerzas para continuar su periplo hacia el sur. Extrajo de su mochila la última lata de judías, el último saqueo de un supermercado. No tenía con qué calentarlo pero, de igual modo, le sabrían a gloria.
Un ruido en el exterior avivó su interés por sobrevivir, un clamor que fue acercándose hacia el vehículo volcado. Una algarabía de habilidades humanas, de tecnología. Un helicóptero movía el rotor de sus aspas encima del autobús. Ray salió al exterior por la obertura de vidrios fragmentados, suspendidos por sus nervaduras cual estalactitas cinceladas por un interiorista pomposo. Una escalinata apareció a la altura de su pecho. En una escalada hacia la salvación, alguien le tendió una mano.
—¿Cómo se llama?
—Ray. Raimundo.
Sus benefactores le colocaron en la parte de atrás del transporte aéreo y le cubrieron con una manta.
—Te descubrimos en la lejanía. ¿Hacia dónde puede dirigirse un hombre con tanta decisión, a través de este infierno? —preguntó el piloto sin esperar respuesta.
—Me dirigía al sur.
—El sur no existe —le respondió.

Con una humeante taza de café en las manos, Ray cerró los ojos y se concentró en el placer básico, desnudo, de unos instantes que ya consideraba fuera de sus posibilidades. Suprimidos para siempre por la fuerza ciega de unos acontecimientos, precipitados por una naturaleza ingobernable. El líquido caliente en sus labios le recordó un mundo desaparecido, a su familia, a sus amigos. Un mundo extinto bajo la nieve.
El humo desprendido de una pipa, precedió a la irrupción de un hombre en la habitación en la que descansaba. Nunca había sido fumador, pero aspiró con entusiasmo el olor del tabaco. Pequeños fragmentos de su sociedad y de su tiempo, parecían estar recomponiéndose.
—Dime Ray, ¿a qué te dedicabas antes de la catástrofe? —quiso saber el recién llegado.
—Trabajaba como mecánico de automóviles.
—Hum.

El hombre realizó una profunda inspiración a través de la boquilla de su pipa, en un intento disimulado por despejar unas dudas que no tenía. Soltó el humo retenido en su boca y dijo:
—No necesitamos mecánicos.
—Puedo hacer cualquier cosa. Aprendo rápido.
La voz de Ray estaba adquiriendo la tonalidad de un ruego.
—Necesitamos semillas —expresó su necesidad el hombre de la pipa, como si con ello diera por examinado el ofrecimiento de su interlocutor.
—¿Qué tipo de semillas? —preguntó el antiguo mecánico.
—Semillas humanas —respondió el fumador, al tiempo que dibujaba un arabesco en el aire de la habitación.
—¿Has oído hablar de las mitocondrias? –continuó.
—Me acuerdo de alguna lección del instituto. Tiene que ver con la célula. ¿No es así? —tanteó Ray una parca respuesta que, esperaba, le serviría para ocultar el alcance de su ignorancia.
—Las mitocondrias son los generadores de energía de la célula. Poseen su propia membrana celular y su propio ADN, cualidades que hacen sospechar que un día fueron un organismo independiente.
Bocanadas de estructuras celulares se difundieron por la habitación, autoreproduciéndose en una breve mitosis de vaporosidades en celo.
—El ADN mitocondrial muta a un ritmo regular, al no estar sujeto a los cambios forzados por la selección natural. Este conocimiento, permitió a la ciencia dilucidar el misterio de la escasa variabilidad genética humana. Conociendo el índice de cambio en el archivo de datos mitocondrial, sabemos cuanto ha divergido el ADN de dos mujeres distintas, pues las mitocondrias son matriarcales y su información se obtiene siempre de nuestras progenitoras. Con los debidos cálculos, los genetistas han extrapolado hacia atrás en el tiempo, para extraer el relato de una época en la que la escritura se encontraba lejos de ser inventada ¿Sabes cuál es ese relato Ray?
—No, pero estoy seguro de que usted está dispuesto a contármelo —afirmó el exmecánico, suspicaz y cansado de un discurso académico que en nada podría aliviar su situación.
—Hace setenta y cinco mil años, la humanidad pasó por lo que los expertos en genética llaman un “cuello de botella”. La población mundial de homo sapiens sufrió un descalabro que la redujo a unos pocos individuos. Tal vez tan sólo sobrevivieran unos cientos de criaturas aturdidas y hambrientas. ¿Puedes imaginarte la razón?
—No puedo —contestó Ray irritado.
—Esta historia debería interesarte. Te afecta. Nos afecta.
Un nuevo horneado de células caprichosas brotó de la pipa.
—Los geólogos lo sabían. En ese periodo entró en erupción un supervolcán, el mismo cabronazo ígneo que sepultó nuestra civilización con aquella memorable explosión piroplástica. El mismo supervolcán que escupe su escoria y su fuego con una latencia de setenta y cinco mil años.
—Bueno. Eso lo convierte en un viejo conocido. Puede permitirse ciertas familiaridades con nosotros —ironizó el hombre rescatado del beso mortal de la nieve.
Consciente de que aquél sería su último placer, Raimundo saboreaba el café con huraño deleite.
—Aquí es donde podemos necesitar tu inestimable colaboración. Las semillas de árboles y arbustos están ahí, bajo el hielo, dispuestas a germinar con los primeros rayos de sol, cuando la ceniza se haya posado al fin sobre la superficie de la tierra. Lo único que tenemos que hacer es conservar nuestra propia semilla. No podemos almacenar esperma en cámaras frigoríficas, ya que no disponemos de suficiente energía para alimentar el gasto extra a que se verían sometidos nuestros generadores. Tampoco podemos confiar en las bajas temperaturas del exterior, fluctuantes e imprevisibles. Ray, disponemos de recursos limitados, no podemos permitirnos el lujo de alimentar y dar cobijo a personas improductivas. Podrás quedarte con nosotros mientras tu esperma conserve la suficiente calidad. Necesitamos cosechar un mínimo de variabilidad genética.
La pipa se apagó de improviso, el combustible se había agotado sin indicio alguno de advertencia.
—Tienes que acudir al lavabo, tenemos que analizar tu semen para saber si nos interesas. Puro formulismo. Después te presentaré a las chicas.
Ray apuró el café con lentitud, con la parsimonia de quien quisiera congelar el tiempo, detener los relojes, aprisionar en una burbuja estanca toda la vastedad e infinitud de las cosas.

El helicóptero le abandonó sobre la nieve, cerca del autobús donde el artefacto aéreo le recogiera. Con paso cansino, tambaleándose por la agresión de violentas ráfagas ventosas que arañaban su rostro desprotegido, regresó a la protección del transporte desventrado.
Una y otra vez el recuerdo de Ana, su difunta esposa, regresaba a su memoria con amargura. Una mujer insistente había sido la suya, insistente hasta la saciedad.
—No seas egoísta. ¿No pretenderás que soporte yo todo el peso físico de la anticoncepción? No tengas miedo, es una operación sencilla. Eso sí, deberás abandonar la fantasía sexual, el sueño de todo macho, de convertirse algún día en un preciado semental. Esas cosas jamás ocurren.
Ray se introdujo en el vehículo por la herida que le permitiera el acceso la primera vez. Saludó al conjunto de osamentas humanas y recuperó su lata de judías. Le habían regalado una caja de cerillas, con ellas tal vez podría incendiar el autobús y calentar su comida y sus propios miembros helados. Parecía una idea descabellada, pero el mundo ya no era un lugar cuerdo ni razonable. El frío no entendía de etiquetas psicológicas, sólo sabía hacer unas pocas cosas: endurecer el agua, la carne y los sentimientos.




Re: Relato: Mundos en la valija (Desventuras de un diplomático s

Como siempre, genial :-)
Parecía que no pondrías más capítulos, pero aquí están.

Gracias :-)