La sonrisa del niño - Columna de David Mateo



En la sonrisa del niño está el sentido de la vida, la esperanza del futuro y la satisfacción de un trabajo bien realizado. Cuando un niño te mira a los ojos y abre mucho los suyos, es muy fácil dejarse llevar por una fuerte sensación de deleite y complacencia que te hace orbitar hacia otros mundos localizados a miles y miles de años luz. Es la faz de la inocencia, el sentido de la sorpresa desmesurada, la convulsión del éxtasis y del placer llevados a su máxima expresión. Por eso me encanta trabajar con ellos y transmitirles ese sentido de la maravilla que mi amiguete Juanmi Aguilera tanto menciona en sus ponencias y tan bien refleja este fastuoso universo que es la literatura fantástica.

La experiencia me dice que la fantasía es el mejor vínculo para enganchar a un niño y mantenerlo pegado a la silla con los cinco sentidos clavados en ti. Hablarle de hobbits, de dragones, de elfos, de naves que surcan las estrellas, de piratas que abordan barcos fantasmagóricos, de almas en pena que vagan por los pasillos de un castillo encantado es la mejor manera de captar su atención.

La doctora Isabel Orjales Villar, profesora de la Facultad de Psicología, asegura en su libro Practicar la lectura sin odiar la lectura (Editorial Cepes), que los niños, a los tres años, sienten un fuerte interés por aprender a leer, pero a los cinco la mayoría no lo soporta. No obstante, tras varios talleres y un buen número de encuentros entre autores y alumnos he llegado a atisbar en sus rostros el reflejo de un interés por lo que se cuenta en el aula, por las directrices que dan los autores y por las motivaciones que llevan al escritor a ponerse delante del ordenador y comenzar a narrar.

El pasado día treinta de octubre, martes, volví a verlo en los ojos de uno de los chavales de Moncofa. Jose Miguel Vilar, a la sazón columnista de esta sección, acudió a uno de los talleres que llevo a cabo y explicó sus motivaciones y experiencias como escritor a un grupo de chiquillos de ocho y nueve años, y fue justamente en el rostro de una niña donde detecté ese chispazo que te hace levitar por las nubes y, a la vez, insufla una fuerte sensación de complacencia en uno mismo. En esa mirada inocente di con la gratificación que no encuentras en los adultos más desabridos. Sus ojos, sus gestos, sus muecas desorbitadas y tan explícitas te hacen sentir vivo, te hacen sentir más escritor, concretan tus anhelos y percibes cómo calan en ellos, despertando su imaginación, su embrujo y, sobre todo, su interés.

Hay veces que los niños ofrecen la dicha que un adulto ya no sabe transmitir porque su sentido de la maravilla ha mermado o ha muerto definitivamente. En los chavales está adormecido, a la espera de que alguien llegue y lo despierte. Los más pequeños aguardan el momento en que un duende de las palabras se les aproxime, les dé una palmada en la espalda y les diga al oído: ahí está la Tierra Media, ahí está Fantasía, ahí está el mundo mágico que se esconde al otro lado del espejo, ahí está el galeón pirata donde Peter Pan te permitirá navegar por costas extrañas, tómalo y surca un universo en el que todo es ignoto y nuevo para ti. Y cuando el niño se atreve a abordar ese barco y se adentra en su primer recorrido por el fantástico, ya no hay nadie que lo pueda detener. Porque, en su esencia, eso es la fantasía: el poder para hipnotizar, para hechizar, para fascinar y retener al lector y no soltarlo.

Por cierto, ¿he mencionado que me encanta trabajar con niños?



Firmado: David Mateo




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No soy muy de niños, pero en la charla que les hice sí descubrí que eran sensibles y que se maravillaban ante historias que, si se las contase a un adulto, me recomendaría un buen psicólogo. García Márquez decía que no le había pasado nada interesante desde los ocho años, por algo será.
La verdad es que, ahora que lo he conocido de cerca, el taller de David en Moncofa hace una función que vale su peso en oro. Se acerca a los niños a la literatura desde su prisma más divertido y maravilloso. Ya se lo dije a los organizadores: Ojala hubiera tenido algo así yo cuando iba al cole. Es flipante el interés que ponen en lo que les cuentas con que apenas les soples un poco en la imaginación.

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Es esencial empezar desde que tienen uso de razón. Es más, los propios colegios tendrían que aunar sus esfuerzos para poner en marcha este tipo de proyectos. La capacidad mimética de un niño de siete u ocho años es sorprendente. Quieren parecerse al adulto, tienen sed de conocimientos y son impresionables. Ese es el momento adecuado para trabajar con ellos. Saciar su sed de curiosidad con elementos atractivos y maravillosos. El chaval lo agradece y te lo devuelve en forma de satisfacción. Si logras que el niño entre en el círculo de la literatura, jamás lo abandonará porque encontrará lo que quiere. Y la fantasía es una herramienta perfecta para alcanzar el fin.



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