Reseña: Leyes de mercado, de Richard Morgan - por Emilio Bueso.

Emilio Bueso realiza su crítica a Leyes de mercado, el último libro de Richard Morgan.

Leyes de mercadoAutor: Richard Morgan
Editorial / Colección: Gigamesh
Género: Ciencia Ficción
Edición: Rústica
Año Publicación: 2006
Ilustrador:
Traductor: Jesús Gómez García
Diseño o fotografía de portada: Juan Miguel Aguilera
ISBN: 84-96208-36-2, 978-84-96208-36-0
Idioma: Español

Colección: Gigamesh Ciencia Ficción y Fantasía nº 38

Sinopsis:

Leyes de mercado es comparada por su autor con el tipo de distopía que encontramos en Farenheit 451 o 1984. No se trata tanto de que el mundo que se propone sea realista como de que sirva de escenario que permita desarrollar acción y personajes.
Ambos, acciones y personajes, forman parte de un mundo peligrosamente familiar: el de la gobalización capitalista que sólo rinde tributo al poder económico.


Yo solía leer ciencia-ficción a raudales durante mis años de bachiller. Luego me hice tecnólogo y el género futurible dejó de interesarme, de satisfacerme. Por muy aceptable que fuera y muy bien cimentada que estuviera una buena historia de anticipación, el caso es que mi perfil profesional terminaba por imponerse siempre al criterio de los autores y, aunque algunas novelas todavía conseguían hacerme pensar, lo cierto es que con el tiempo fueron dejando de hacerme soñar hasta las tramas mejor documentadas, y de ahí que me diera por leer otras cosas.

Y es que, por muy vívidas que parezcan las visiones de tal o cual escritor profeta, y por mucho sentido de la maravilla que tengan, sucede que yo me gano los garbanzos en un rincón suicida del desquiciado sector de las nuevas tecnologías; y ahí es donde más avances impredecibles y contradictorios se producen en menos tiempo, dificultando sobremanera la iniciativa de los prosistas mejor iluminados. Si a eso le añadimos el hecho de que la informática me siga sorprendiendo después de diez años de ejercicio profesional, lo cierto es que ya se me antoja cuanto menos imposible que la narrativa de ciencia-ficción (especialmente la de ciencia-ficción dura) pueda aportarme algo: ya no me flipo ni me creo casi ninguna novela futurista. Mi suspensión de la incredulidad resulta inabordable hasta cuando releo los clásicos que más y mejor han visto materializarse sus pronósticos científicos.

Insisto. Y conste en acta que soy consciente de que todo esto os puede sonar tontaina y cerril, pero el caso es que el ritmo trepidante de mi vida como ingeniero le resta, día a día, credibilidad a los esfuerzos imaginativos de los autores. Lo voy a decir alto y claro: hay más ficción científica (¡je!) en el pedazo de software que he escrito esta misma mañana estando en ayunas que en ninguna space opera que os podáis leer.
Sé que esto puede sonar prepotente o increíble, pero os aseguro que es cierto, o casi. Porque a mí me toca cambiar la mayor parte de mis herramientas, métodos, planteamientos, infraestructuras y actitudes cada doce meses. Trabajo desnortado y desorientado por sistema. A menudo se me hacen alucinantes los resultados de hasta mis diseños más simplones. Y no, no trabajo en la NASA. Aunque no lo parezca, la industria aeroespacial se ha vuelto muy conservadora con los años. Hoy en día parece que lo más puntero que hay, y aquí hablo con bastante seriedad, es el spam y las páginas porno de Internet.

Para colmo, resulta que soy un aguafiestas y un rebotado, así que al menor desatino en materia de anticipación que pueda encontrarle yo a un libro como el que aquí hemos venido a despachar, pasa que me cierro en banda y me niego a seguir leyendo… A no ser que el «aporte colateral», el valor añadido, el incentivo poliédrico, el aditivo mágico, el «otro rollo» del libro, me tire. Vamos, que si no veo algo secundario que me guste mucho y que salve el patinazo profético de turno, lo cierto es que la forma en que abordan la tecnología la aplastante mayoría de los autores de ciencia-ficción moderna que conozco me disuade por completo de atender su trabajo. Me resultan increíbles todos los pronósticos que he leído en cuanto a lo tocante a la sociedad de la información, y eso me hace sentir tan incómodo como para pasar del tema.

Y dicho esto, ya he conseguido desacreditar mi perfil lector por completo, que es lo que me proponía hacer antes de pasar a hablar del libro de hoy, un perfecto ejemplo de todo lo anteriormente mencionado.

«Leyes de Mercado» (Gigamesh, 2006) es el nuevo hardboiled futurista de Richard K. Morgan, conocido autor británico, premio Philip K. Dick, famoso por trabajos como «Carbono alterado», que vuelve con otra historia durísima y extremadamente adictiva. El libro cuenta en su haber con el premio Ignotus de la AEFCFT a la mejor novela en lengua extranjera de este año, con un elenco de personajes inolvidables, con una prosa plana, ergonómica; con un ritmo trepidante y con acción a raudales. Todo eso y, el gancho principal, el plato fuerte: una escalofriante visión sociopolítica del futuro inmediato, de realismo extremo y de credibilidad extensa y excelentemente defendida.

Con semejante análisis cualquiera diría que me ha gustado el libro. Pues bien, el caso es que no, no me ha gustado. Lo he empezado porque no he encontrado nada que viniera mejor recomendado en mi pila de novelas por leer. Y, como íbamos diciendo, si luego no he abandonado su lectura ha sido porque me ha cautivado el ultraviolento panorama que ofrece Morgan en materia del futuro que le espera a nuestra cultura empresarial, a nuestra globalización salvaje, a nuestra sociedad de mercado, a nuestra renuncia sistemática a los derechos civiles más fundamentales, al receso de la protección social, de la consciencia política… En definitiva, nuestro devenir sociogubernamental a corto plazo. Eso es algo que el británico ha perfilado y defendido magistralmente, desplegando una visión muy actual de los peligros que nos deparará esta puta mierda sifilítica de neoliberalismo radical que nos está imponiendo el mundo anglosajón. Me quito el sombrero. Cómo mola.

También tengo que destacar, sorpresa, la edición. Tras examinar el original en inglés, doy fe de que la traducción al castellano es magnífica y de que la portada de Juan Miguel Aguilera le hace más y mejor justicia a la novela que la de sus homólogos ingleses, que no tuvieron nada mejor para la cubierta del libro que un enorme Big Ben. En fin…

Y ahora, sin tregua ni cuartel, la especialidad de la casa, mi consabido brochazo de mierda: la tecnología descrita en el 2049 de esta novela no me la creo yo ni harto de grifa. En especial la automoción y las telecomunicaciones, claves en la trama, no están nada bien documentadas. No se puede levantar un libro de este calibre tirando mano en los momentos cruciales de cosas que ya estaban obsoletas antes del 2000, como los motores de inyección de gasolina, el pago por tarjeta de crédito, o la mensajería móvil. Por no mencionar que la mera existencia de Internet ya basta para desarticular por completo los esquemas sobre los que se ha construido esta historia… Y eso es algo que desluce y desmerece una novela a todas luces brillante.

Y ese ha sido mi problema con este libro. ¿Soy un purista?
Tal vez. Pero vosotros no, así que os gustará, creo yo. Dadle un tiento y veréis.

Firmado: Emilio Bueso




Bueno, es que yo creo que

Bueno, es que yo creo que Leyes de Mercado hay que leerlo como una crítica sangrienta y hiperbólica del sistema neoliberal. Y como sátira se ha de entender. Porque si poco creíble puede ser su proyección tecnológica del futuro más improbable es la sociológica: por muy trepas y tiburones que se vuelvan los altos ejecutivos no van a basar su meritocracia en una renovada versión de La carrera de la muerte del año 2000.

La meritocracia de los altos

La meritocracia de los altos ejecutivos de hoy en día a menudo se reduce a maniobras de pasillo y burdel, al tráfico de influencias y de favores, al "pongamos arriba a un hombre de paja y mandemos desde la sombra" o al "no podemos nombrar socio a un tío con semejante fondo de armario".

Ante semejante degeneración, determinar quienes alcanzan la cima a trompazos de parachoques puede sonar bastante más que razonable.

¿A este apéndice de guión

¿A este apéndice de guión cinematográfico es lícito llamarlo novela? Lo único que tengo claro es que su mediocridad es absoluta.