Cosplay - Columna de Enric Herce

Mi amigo Pancho se ha echado novia. Una universitaria de muy buen ver y diez años menor que él, a la que conoció gracias a ese juego de rol multijugador on line al que anda tan enganchado y del que ya os hablé. Al parecer, mientras sus avatares se daban sopapos contra orcos, trolls y otros seres felones por estos mundos virtuales de Dios, se cayeron la mar de bien y viviendo como viven en la misma ciudad no tardaron en quedar para conocerse en persona. El resto, como diría Pratchett, ya es geografía.
La chica, aparte de mona, es simpática, cariñosa e inteligente, o eso me pareció el día que me la presentó; pero resulta que también es una otaku de mucho cuidado, una de esas que no se pierden una feria del manga por nada del mundo, y que gusta de asistir disfrazada de sus personajes favoritos. Pero de esto último mi amigo Pancho se ha enterado hace bien poco, el mismo día que la muchacha le dejó bien clarito que como pareja formal suya que era contaba con su presencia en el inminente evento y con un disfraz a la altura de las circunstancias. Por si esto no fuera suficiente, ilusionada ella con la todavía reciente relación, les ha inscrito en el concurso de karaoke por parejas cuyo primer premio es un viaje al Japón. No hace falta ser ningún genio para entender que el mundo de color de rosa de hombre enamorado de Pancho, todo besos caricias y revolcones, ha perdido algo de lustre y magia. Sin embargo, como tonto no es, hoy por hoy mi amigo lo tiene claro, y si saltar el abismo generacional requiere el peaje del ridículo más espantoso, pues se pasa, que la pirueta bien vale la pena y por mucho que se ría la gente, mientras la chica ande con él, si de alguna forma no andará será caliente.
Y en estas andaba mi amigo hasta esta misma mañana en que le he vuelto a ver después de varios días sin tener noticias suyas. Al parecer el pobre apenas ha salido de casa, practicando como un loco para aprenderse los CDs con bandas sonoras de animes que su novia le había proporcionado para que no diera el cante en la competición. Por otro lado ya tiene listo el disfraz con el que va a aparecer en público, atuendo que ya ha recibido el visto bueno de la chiquilla. Acongojado con el tema había decidido que yo mismo le diera mi opinión por aquello de sentirse más arropado por alguien de su generación. Como no podía ser de otra manera le he dicho que por supuesto, preparándome para lo peor cuando saliera cambiado del baño. Lo peor que me había imaginado distaba años luz de la cruda realidad. Al menos he logrado contener la risa ante la visión de ese híbrido entre lagarterana y reina de una carroza del orgullo gay, todo peluca blanca estilo Gloria Fuertes, gabardina charolada, botas de la mili y espadón de cartulina, en el que se ha transformado. Consternado he logrado preguntarle de qué se suponía que iba disfrazado y me ha dicho que de Dante. Yo he replicado que su visión del autor y protagonista de «La Divina Comedia» era cuanto menos desconcertante, pero al parecer no se trata de ese Dante sino del vampiro protagonista de una serie de videojuegos. Al menos el disfraz hace honor al título de la misma, pues no tengo ninguna duda de que si al mismísimo diablo se le diera a contemplar la guisa que gastará Pancho en la feria de mañana, lloraría, lloraría como una magdalena presa de un ataque de carcajadas.

Firmado: Enric Herce