Relato: sleeper in metropolis (XI. Tragedia ciega), por Anabel Zaragozí

XI. TRAGEDIA CIEGA
Sentía el cuerpo cálido de Caín a su lado, que por fin había logrado dormirse después de un baño, un vaso de leche caliente y largo rato escuchándola. Se deslizó con suavidad para no despertarle y se dirigió a su habitación.
Isabela pensó que era cierto. Bajo las mantas de la cama, con las luces pálidas de la ciudad iluminando apenas a través de la ventana, uno creía estar seguro, a salvo. Del mismo modo extendía una manta imaginaria sobre la mente, ocultando todo aquello que no era sereno ni armonioso, para sumirse en un olvido anestésico. Con el tiempo, y con la costumbre, el ciudadano lograba prolongar este falso trance de conciliación a la vigilia y, como un autómata, deambulaba por las calles de la urbe, ora cumpliendo con sus obligaciones, ora sumergiéndose en el ocio programados cuidadosamente por el sistema. Sus ojos miraban sin gana, como dormidos, y en el fondo de ellos, allá donde la niña se hace transparente, se propagaba un vacío infinito.
Pero algunos no lo conseguían, pese a llevar a cabo verdaderos esfuerzos. Unos pocos eran incapaces de someterse al somnífero metropolitano, sobre todo aquellos cuyo espíritu alguna vez había sido libre, y penaban por dentro mil y una fantasías de cambio, mil y un anhelos insatisfechos y, por otro lado, humanos. Tanteaban de manera incansable soluciones al hambre esencial de su interior, que por lo general sólo eran transitorias. Quien sabe si de todos ellos había alguno que obtenía el secreto alquímico de la felicidad.
En la penumbra, Isabela comenzó a preguntarse por qué Fernando no había utilizado el arma contra el smog. Pronto el sueño la venció y vino a apaciguar todas las preguntas, a mitigar todas las dudas. Mañana sería un nuevo día, tal vez una nueva vida.
Fernando gritaba y golpeaba la puerta metálica una y otra vez. Antes de utilizar métodos tan violentos había llamado al timbre, a intervalos, durante más de quince minutos. Ya se planteaba volar la cerradura de un tiro.
Por el camino, mientras zigzagueaba entre las callejuelas, decidió pasar por el mismo lugar. Todo estaba desierto, ya no había luces en las ventanas; pero esto no era extraño, porque en la ciudad nadie se preocupaba por nadie que no fuera si mismo. Y menos en el barrio chino de la periferia, donde la crueldad era ejercida cada cierto tiempo abiertamente, sin el maquillaje acostumbrado, por los desheredados y por las FOC a partes iguales, y con la misma ferocidad. Salvo aquellas explosiones de violencia, que más parecían la catarsis de la tensión acumulada que auténticos propósitos de enmienda, era un mundo de ciegos, sordos y mudos, y el extraño acontecimiento nocturno ni siquiera tendría un eco en la holovisión. El cadáver del demonio ya no estaba allí, pero Luy había encontrado, en la pared de la casa contra la cual se había estrellado, una mancha negra y chorreante, todavía un poco húmeda y con pelos blancos adheridos. No había forma de saber si había sobrevivido, así que estuvo muy atento a las sombras de la noche, orientando el faro de la moto hacia la oscuridad antes de doblar cada esquina hasta llegar al apartamento de la oriental.
Tampoco era nada probable que Madame Fatihja no estuviera en casa a tan altas horas de la noche. Sacó su segunda arma del bolsillo interior de la chaqueta y apuntó a la cerradura cubriendo el rostro con el brazo libre. Amartilló el revolver de dos cañones. Entonces escuchó la voz de la vidente a través del interfono.
—Ya es suficiente —dijo. Hubo un chasquido y le fue franqueado el paso.
Se encontró con el rostro de la mujer tras un mezquino hueco entre el marco y la puerta de la casa, una gruesa cadena metálica vedando toda confianza. Ante semejante recibimiento Luy no se andó con rodeos.
—Usted nos ha vendido —. Madame Fatihja acusó la denuncia con un pequeño sobresalto corporal, que trató de ocultar con rapidez—. Sólo usted sabía que la mujer y yo íbamos a venir. ¿Por qué?
—No sé de qué me habla.
—Déjeme entrar. No deseo causarle ningún daño. Necesito información.
—Váyase, ya les he ayudado cuanto podía.
—Madame, se lo diré claro —dijo, imprimiendo un tono severo a su voz—. Voy a entrar y a hablar con usted, quiera o no, así que más vale que sea por las buenas.
La mujer compuso un gesto a mitad de camino entre el disgusto y el miedo. Hizo amago de cerrar la puerta y Luy, veloz, la encañonó con el arma. Con la tensión, las profundas cicatrices de sus mejillas se habían vuelto pálidas, lo que, unido a su mirada negra, le daba un aspecto fiero e intimidatorio. Ella se quedó quieta, sintiendo el frío acero en la sien, pero su mirada fue de la de Fernando a la cadena, a la puerta y viceversa.
—Un movimiento más, y estás muerta —anunció él—. No bromeo; aunque cierres, las balas atravesarán la hoja.
—No… por favor… no —dijo Madame Fatihja—. Vinieron hace unos días, era gente de la mina… Le dejaré pasar.
¡De la mina!, pensó Luy. ¡Maldición!, allí es donde trabaja, allí es donde va a acudir Isabela mañana. La mina… En realidad… todo comenzó bajo tierra, en la oscuridad de la cueva ritual.
Retiró el arma, pero no la guardó.
La mujer manipulaba el pasador de la cadena. Se escuchó un estruendo en el interior, el rasgarse de las cortinas, el ruido de objetos que caían y se rompían. Ella, sobresaltada, comenzó a volverse hacia atrás.
—¡Mierda! —gritó Luy—. ¡Mierda! ¡No! ¡Apártese!
Por el estrecho vano de la puerta vio la mole blanca brincando sobre la mesa de madera, detrás de Madame Fatihja. Multitud de astillas saltaron. La jofaina de agua y varias almohadas salieron disparadas por el aire, y una nube de plumas se levantó mientras la bestia se impulsaba para un segundo salto. Fernando intentó apuntar contra ella, pero la lluvia de plumas impedía una visión clara y la oriental se encontraba en la línea de fuego. Ella gritó, cuando una garra blanca la atrapó por el pecho, abriéndole las costillas y haciendo salir un chorro de sangre que fue a regarse profusamente por las paredes del apartamento. No tuvo tiempo de emitir un segundo grito, el monstruo la atrajo hacia sí y de un mordisco le arrancó medio cráneo.
Luy ajustó el tiro a través de las últimas plumas. El demonio blanco, acurrucado en el suelo, devoraba la cabeza de la mujer con dientes largos y afilados. El cuerpo de ella todavía se agitaba, y pataleaba sobre el piso cubierto de sangre. La bestia exhibió una sonrisa sangrante y le miró con sus ojos blanquecinos, como cegados, sin dejar de masticar. Finalmente había triunfado, ella ya no podría decirle nada más a Luy, y se encontraba de nuevo en un callejón sin salida. La bestia acusaba una herida importante, por donde su propio plasma negruzco fluía entre el abundante pelaje.
—Sssssmog —masculló. Un segundo después dos balas le penetraron entre los ojos con una detonación ensordecedora. Cayó derribado, despedazado el seso, con Madame Fatihja aún aferrada a él.
Fernando quedó un momento contemplando la escena, tratando de recuperar el aliento. El apartamento destrozado, sangre y plumas… El kimono se había abierto, revelando el cuerpo joven y desnudo de la mujer, echado encima de aquel otro robusto cuerpo de pesadilla, como una alfombra blanca y sucia. La estampa era trágica, triste. Al parecer estaba condenada a morir sin remedio.

La pistola humeaba en la mano de Fernando. Aguzó el oído y acechó la escalera, arriba y abajo. Silencio. Estuvo un rato pensando si podría llevarse el cuerpo del demonio y cómo lo haría. Después de varias patadas en la puerta, ésta terminó por ceder.
Descolgó el cortinaje que todavía quedaba enganchado en una barra y extendió toda la tela de lona sobre el piso. A continuación apartó el cuerpo de Madame Fatihja y arrastró con gran trabajo el de la bestia, hasta colocarlo sobre aquel paño improvisado. Anudó fuertemente. Nadie salió de su apartamento mientras remolcaba el pesado bulto escaleras abajo, haciendo tremendos ruidos, ni cuando lo subió a la parte trasera de la moto y lo ató.
El hombre se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. La bruma le envolvía, fría y pegajosa. Tampoco se asomó ningún curioso por las ventanas cuando enfiló la noche chirriando ruedas, tan sólo unas ratas asustadas se revolvieron en el fondo del callejón.
En el apartamento de Madame Fatihja, un ente luminoso se deslizó a través de su piel, por fin libre, e igualmente salió a la tenebrosa noche de Ciudad Kremlin, Ciudad Negra, perdiéndose en la niebla. Aún oscuro el fondo del cielo, tras las montañas lejanas comenzaba a despuntar el alba.







