Relato: sleeper in metropolis (XII. Algo huele a podrido), por Anabel Zaragozí

XII. ALGO HUELE A PODRIDO
Traman algo, Fernando. Esos consejeros salen sonrientes en todos los canales de holovisión predicando las bondades de su gobierno, y estamos hartos de escuchar eslóganes inmutables, que si colaboración para el bien común, que si producción ecológica, que si control de natalidad…. Que no vamos a cometer los mismos errores que cometieron los antiguos…. y bla, bla, bla. Esos consejeros, ancianos y sonrientes, con sus canas insultan mis propias canas; porque las suyas no son el resultado de la sabiduría que da la experiencia, ni del esfuerzo por proporcionar el bienestar a un pueblo. Es el desgaste de los caracteres calculadores, avariciosos, que por las noches son incapaces de conciliar el sueño pensando quien habrá de sustraerles su poder y sus riquezas. Esas canas, se parecen más a las de los demonios que a las mías, ¿no crees?
»Colaboramos, sí, como hormigas en un hormiguero. No pasamos hambre, eso es cierto, pero trabajamos de sol a sol, y comemos cebollas, mientras hay oculta una «reina», ociosa, que devora pasteles. La producción no genera contaminación, también es verdad, al menos que nosotros podamos saber, pero esto es una orgía, un expolio continuo de los recursos, ¿piensa el Consejo, acaso, que son eternos? La ciudad crece y crece; es ya una colmena inmensa, pero ni aún así nos creemos que sea la destinataria de tanto desenfreno. ¿A dónde va la sobreproducción de mineral?, ¿y la de energía?, ¿a dónde el excedente de los invernaderos?
Y no hablemos ya del control de natalidad. Mientras la urbe no permite a sus ciudadanos la bendición de un hijo, se alimenta de los hijos de los pueblos libres y los somete a la tiranía del sistema, los encaja en la maquinaria sin fin, hasta que ya no recuerdan lo que es la libertad. ¿Piensas que toda esta migración, de tribus enteras, es pura casualidad? Los unos ven envenenada su tierra; continúa lloviendo, siguen labrando y abonando conforme a las costumbres heredadas de nuestros ancestros, pero las cosechas se pudren o no llegan a término. Por fin descubrieron túneles debajo de los campos, donde las raíces habían sido masacradas. Los otros ven mermado su número por escaramuzas con la tribu vecina, que en una desesperación inexplicable rompe todas las leyes de paz y arrasa a sangre y fuego los campamentos. ¿Cuál es el motivo esgrimido por los atacantes? Nada menos que el hecho, falso por supuesto, de que los otros lo hicieron primero. Aquellos han dejado de ser fértiles, sus mujeres tienen seco el vientre y lo que es peor, desaparecen de un día para otro, en la nada, sin que se vuelva a saber de ellas… Ya pueden buscarlas, ya, no encontraran rastro, ni tampoco les permitirán encontrarlo. Nadie tiene claro el por qué de todas estas situaciones, que al final terminan por empujarnos hacia la urbe.
Pero hay algo, algo que todos han visto en mayor o menor grado, y que es denominador común: la presencia de esos demonios blancos.
»Los antiguos tenían un dicho, «algo huele a podrido en Dinamarca». ¿Sabes lo que quiere decir?, ¿no?, quiere decir que algo se nos escapa. Lo intuimos, sabemos que se fragua escondido, oculto a nuestro entendimiento, y que si no lo descubrimos antes de que acumule demasiada fuerza nos estallará en las narices. ¡Y será tarde para nosotros!
»Yo… no sé cuales fueron los errores de los antiguos, eso se pierde en la noche de los tiempos... Pero, indudablemente, si no estamos cometiendo los mismos, son otros. Y nos guste o no estamos asistiendo al desplome de la civilización conocida; un orden nuevo viene a instaurarse, y para ello ha de destruirse el viejo orden. Tal vez… si somos listos, no nos arrastre en su caída.
Las palabras de Mosses resonaban en la cabeza de Fernando mientras conducía la moto por la gran autopista, hacia la zona alta de la ciudad. Por un momento, al coger una curva de enlace había notado un temblor, le había parecido que el cadáver del smog se había movido. Se detuvo en un arcén. Lo hizo a riesgo de que algún otro conductor se detuviera y pudiese observar el bulto sangrante que le hacía de copiloto, envuelto en una cortina de lona, pues por aquella parte el tráfico era más denso debido a la cercanía del centro. Pero el riesgo, aunque increíble, de que la bestia no estuviera muerta, era todavía mayor. Los faros de los otros vehículos le iluminaron a intervalos, mientras tanteaba el cuerpo con el extremo del revolver, pero no hubo ninguna reacción.
Marchó de nuevo hacia el centro de la urbe, donde el negror era conjurado por cientos de luces; la niebla no cedía, pues en Ciudad Kremlin era perpetua, pero a ras del suelo se convertía en vapores de color a la puerta de los locales de ocio. Era un falso esplendor, que se mantenía hasta la madrugada, donde los ciudadanos quemaban sus preocupaciones e insatisfacciones. Era, también, la tapadera perfecta.

Mosses Klemt había abierto un pequeño restaurante vegetariano en una calle secundaria del mismo corazón de la ciudad. Se servían platos extranjeros sobre mesas bajas con manteles hechos a mano, en un ambiente casi bucólico iluminado por farolillos, cuyo nombre justificaba la atmósfera: El Refugio. Sus socios en el negocio, que gozaba de abundante clientela atraída por lo exótico, habían pertenecido a diversas tribus libres en el pasado. El derecho de asociación estaba contemplado en la ciudad y el restaurante tributaba sus impuestos regularmente, por lo cual era por completo legal. Lo que no sabían los inspectores del Consejo era lo que se desarrollaba en la parte trasera, que como poco habrían definido de asociación ilícita, o incluso traición, y que estaban penadas con expulsión inmediata y pena de muerte respectivamente. Pero la discreción de los que asistían a las reuniones privadas del Refugio era como la niebla de la ciudad, como la niebla del propio Consejo, productora de espejismos eficaces.
Fernando penetró en el brumoso pasaje que conducía al patio de manzana. Los edificios eran tan altos que aquello era un simple agujero para que la bruma se acumulara. Divisó la puerta trasera del restaurante a duras penas, alumbrando con el faro de la moto. Comprobó otra vez que el cadáver era eso mismo, cadáver. Aquello no era como el arrabal, un movimiento excesivo, el escándalo de un tiro en el silencioso patio no habría pasado desapercibido, y se encontraría con las FOC pegadas al cogote en menos de lo que cuesta decir “yo no he sido”. Abrió con su llave. Levantó la persiana metálica, entró con la moto y la bajó de nuevo, haciendo el menor ruido posible. Mosses no tardó en aparecer, traspasando la puertecilla verde que venía del comedor.
—Hoy tenemos lleno, espero que tú tengas una buena razón para llegar a estas horas —dijo, limpiándose el sudor de la frente con un trapo de cocina.
—La tengo —respondió Fernando con una sonrisa, retirando el casco.
—Si poseyeras dotes de camarero serías doblemente bienvenido, créeme. Los muchachos no dan abasto y… —el anciano se quedó mirando el enorme fardo sobre la moto—. ¿Qué demonios es eso?
—Tú lo has dicho, Mosses.
Hubo un silencio, donde la frente de Mosses se arrugó más si cabe mientras los ojillos verdes se abrían mucho, levantando las cejas. Luy bajó de la moto, arrastró el bulto y lo dejó caer en el suelo. Comenzó a desenvolverlo.
—No… No puede ser —musitó el anciano. Asomó el pelaje blanco y largo, y la sonrisa depredadora, afilada, que ahora parecía una mueca en el cráneo destrozado del engendro albino. Mosses se acercó y lo contempló, asombrado. Desprendía un olor nauseabundo. Hizo ademán de tocarlo, pero en última instancia se arrepintió, tal vez por recelo, tal vez por asco.
—Está muerto —dijo Fernando.
El anciano dio un respingo, correteó hasta la puerta verde y abriéndola gritó “¡Andrey, sustitúyeme!”. Del fondo del local llegó el murmullo de la clientela, y por encima de él una protesta amarga. Mosses cerró antes de escuchar más.
—¿Dónde?.... ¿Cómo?.... Tenemos… tenemos que… —farfulló, agachado junto a Luy frente al cadáver de la bestia. Se le trababa la lengua, a su edad, porque era la primera vez que veía uno tan de cerca.
—Encontré a la mujer de mi clan. Fue hace días, de pura casualidad. Estuve un tiempo vigilándola, ya sabes que no podemos confiarnos —explicó Fernando—. Ella estaba… ¿cómo decirte?, sufre una fuerte amnesia y la llevé a ver a la vidente oriental del barrio chino.
—Madame Fatihja, sí. No dudo de sus habilidades, pero no me gusta esa mujer.
—Ya no tiene demasiada importancia, el demonio la mató. Pero no andabas errado, creo que nos traicionó, y eso precisamente fue lo que trajo a la bestia tras nosotros. Esa cosa se comió la cabeza de la oriental, y lo hizo para que no pudiera decirme nada más. También trato de matar a la mujer. Se llama Isabela Záitseva.
—Debes traerla aquí, Fernando.
—Es lo que había pensado al principio, pero ahora que sé que están sobre nuestros pasos, sean quienes sean, no lo tengo tan claro, Mosses. Sin duda hay que protegerla de alguna manera, pero no podemos descubrirnos así como así.
—Hum... Si han logrado provocar tantos desastres entre los pueblos libres no creo que sean tan tontos como para no saber que tú tampoco estás solo.
—No me han seguido, y sólo vimos a éste.
—Hummm... Voy a convocar una reunión —dijo el anciano—. De momento, ¿recuerdas si contamos con algún forense en nuestro grupo?, ¿o alguien de confianza que lo sea?
—Bueno, creo que lo más que tenemos es un veterinario de pueblo… Telmo Ivanov.
—Servirá, servirá —dijo Mosses mirando el cuerpo exangüe. Se volvió hacia Luy—. Me imagino que querrás ocuparte de la protección de la mujer, Záitseva, ¿no? Pero creo que ahora es prioritario que duermas un poco. Baja al sótano y acomódate, ya sabes donde está todo.
Fernando se envolvió bien en las mantas, pero el calor no lograba confortarle. En la oscuridad, se le aparecía el rostro de Isabela.








Re: Relato: sleeper in metropolis (XII. Algo huele a podrido), p
Es una historia con buena tensión narrativa y una niebla de suspense en el aire. Muy bien.
Re: Relato: sleeper in metropolis (XII. Algo huele a podrido), p
muy buena historia (:-O
Re: Relato: sleeper in metropolis (XII. Algo huele a podrido), p
Hola,Serafi;y saludos para tí también, Anónimo. Me alegra mucho que os guste el relato. ¡Gracias!
Es ahora cuando comienza a ponerse interesante,¿verdad? :-)