Relato: El Peón, por Zoroastro

Mi madre me dice que deje de llorar, que tengo que demostrar que ya soy mayor y que es una tontería que llore por unos tontos. Mi madre hace siempre eso, continuamente esta repitiendo las cosas, supongo que todas las madres son así, piensan que repitiéndonos las cosas un millón de veces nos van a terminar convenciendo. Y la verdad es que lo consiguen, pero en realidad es que se ponen tan pesadas que uno es capaz de cualquier cosa con tal de que nos dejen en paz. Así ha sido en este caso. He dejado de llorar y ya solo hipeo un poco, pero consuelo, la verdad es que no he encontrado ni un poquito, ni una brizna vamos. Ni una brizna... A veces me salen palabras así, como brizna, no sé lo que quieren decir pero yo las suelo soltar así, de sopetón y todos me miran de una manera especial. A veces sonríen, otras sueltan carcajadas, no sé, los mayores son gente muy rara. Por que si yo digo brizna, es por que se lo he escuchado a alguien y cuando los mayores sueltan palabras como brizna, ecuánime o pedigrí nadie se ríe y sin embargo si las digo yo...

A lo que iba, yo me sentía muy desdichado y aunque yo lloraba no podía dejar de pensar en lo que me había ocurrido. Todo empezó esta mañana, o mejor dicho hace meses, o antes... No sé, esto de empezar las historias se me da muy mal, por que ¿por donde comienzo a contar? ¿Por esta mañana cuando fui a la tienda? ¿Por cuando nací? ¿Por cuando decidí ahorrar? ¿Por cuando vi por primera ve el objeto de mis sueños?

Empezaré contándoos cómo había ahorrado durante toda mi vida, la paga semanal, para comprármelo. Bueno, en realidad toda mi vida se reduce a los últimos meses, pero cuando se tienen diez años los días son años y los meses son eternidades. Vamos, que me pongo a pensar en cuándo empecé ahorrar y recuerdo que fue prácticamente al principio del verano, imagínate el tiempo que ha pasado. Pues sí, habían sido doce semanas de angustiosa espera. Sí, las he contado, podrían haber sido diez pero una semana no pude aguantarme y me compré un polo de fresa, ¡qué rico estaba! y en otra ocasión me compré un soberbio (soberbio, ves otra palabra de esas que suelto así, casi sin pensar) chupachups, de esos que tienen un chicle por dentro. Esa vez me arrepentí, por que se me cayó al suelo que estaba lleno de arena y luego aunque lo lavé bien ya me había dado asco, así que lo tuve que tirar. Pues eso, tardé doce semanas hasta reunir, paga a paga, esas diez pesetas que suponían el acceso a un mundo nuevo, el universo de los niños dueños de un peón.

Durante horas -bueno minutos, pero no vamos a volver a explicar la relatividad del tiempo en un niño, por que nos tiraríamos un montón de horas hablando de lo mismo, vamos como mi madre, digo yo ¿no? Durante horas, digo, estuve manoseando la figura de madera, repasando esa punta de hierro sobre la que el peón giraría como esos señores turcos que se ponen a dar vueltas y vueltas como locos y sin marearse ni nada ¡qué tíos! La cosa es que estaba feliz, pues no iba a disfrutar yo de mi peón ni nada. Sentía cosquillas en la mano mientras me imaginaba contemplando el peón danzando alegremente en la palma a escasos centímetros de mi vista. Después del cole bajé como loco a jugar con el chirimbolo. No había nadie en la calle, lo que me alegró por que primero quería aprender un poco antes de ponerme a hacer filigranas y me pongo nervioso cuando la gente me mira; es un rollo eso de que tires de la cuerda y el peón se caiga y no se ponga a bailar ni nada y un tío te esté mirando y tú ahí colorado como un tomate haciéndote el importante y esas cosas. Pues como no había nadie estuve un rato hasta que le cogí el truquillo. Ya casi había conseguido hacerle bailar en la mano cuando aparecieron dos vecinos míos. Eran mayores que yo y nunca me dirigían la palabra, sino era para decirme, quita de ahí que vamos a jugar al fútbol o cosas así. Pero ese día me vieron con mi peón nuevecito y me invitaron a jugar con ellos. A mi me extrañó, sobretodo por que me pareció verles como ansiosos, como cuando yo le pido a mi madre bajar a la calle pero sé que no puedo por que estoy castigado pero espero que se haya olvidado y aguanto la respiración hasta que me responde. Pues así me pareció que estaban los dos. Yo no quería jugar y les dije que no, pero ellos insistieron mucho y yo que soy muy cobardica fui incapaz de mantenerme en mis trece, y al final me puse a jugar con ellos. Entonces hicieron un círculo en el suelo de tierra y tiró uno el peón, que se puso a bailar en medio y con la cuerda lo sacó sin que dejara de dar vueltas, luego el otro hizo lo mismo. Yo con los nervios de mi primer público fui incapaz de hacerlo bailar así que lo dejaron en medio del círculo. Entonces tiró el primero otra vez el peón y casi me muero cuando vi que tiraba a dar, el muy gamberro. El caso es que no le dio bien y se cayó con lo que se quedó en medio su peón. Yo quería irme pero ellos no me dejaban, me decían que no se podía ir uno del juego cuando ya está empezado y me obligaron a seguir. Me tocó otra vez el turno y me puse a bailarlo y me salió un giro bestial. Estaba el peón girando como nunca me había imaginado cuando uno de los dos niños arrojó su peón con todas sus fuerzas. Golpeó con la punta de hierro justo en el centro de mi peón, escuché un ruido seco y mi peón cayó partido por la mitad. Me quedé mudo, sin respiración. Recogí el peón con toda la dignidad que fui capaz de simular mientras dos gruesas lagrimas formaban pronto un llanto silencioso. Me dirigí despacio hacia el portal de mi casa mientras ellos me pedían perdón y me decían que había sido sin querer. Cuando llegué a la puerta, no sé por qué, me detuve un momento y observé como se alejaban. Cuando pensaban que ya me había metido en el portal les escuché empezar a reírse a carcajadas.

Como dice mi seño cada día aprendemos algo nuevo, pero la lección que me ha tocado aprender hoy, me ha dejado tan triste que me gustaría olvidarla.

 

 

Zoroastro

 

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