Relato: La bruma - por David Jasso

Bendita bruma. Es un manto grisáceo que todo lo cubre. Amortigua los sonidos, aleja los sentimientos, apaga la vida. Evita que el dolor que atenaza mi corazón estalle en miles de lacerantes explosiones. La bruma me cubre y me protege. Veo todo borroso, vivo en un mundo de algodón y vapor. Nada duele, nada se clava en el alma, la bruma me protege. Bendita bruma.

Camino con pasos de ido por el pasillo. Veo a otras personas y nada importa. No sé adónde voy. Llego al final, doy la vuelta y regreso. Apenas siento mi cuerpo, apenas recuerdo nada. Alguien me saluda cuando paso ante el puesto de enfermeras y oigo a lo lejos, entre la bruma:

—¿Qué? ¿Dando un paseo?

Afirmo muy despacio con la cabeza. Sigo caminando con pasos inseguros. La misma voz me dice:

—Eso es, muy bien. A hacer ejercicio...

Arrastro mis zapatillas por el suelo de linóleo. El mundo es algo difuso, vago. No recuerdo muy bien dónde estoy, pero tampoco importa demasiado. La plácida bruma me envuelve. Veo caras extrañas y colores diluidos. Retazos de consciencia flotan a la deriva en el oscuro mar de mis recuerdos sin llegar a la orilla. Unos minutos después llego al otro extremo del pasillo. Doy la vuelta y regreso.

Estoy lejos de todo. Soy un alma en pena vagando por el éter.

Un rato más tarde la misma voz de la enfermera me dice, cuando paso junto a ella, que vuelva a mi habitación, que el doctor ya ha empezado su ronda y pronto acudirá a verme. Miro a mi alrededor, todas las habitaciones parecen iguales, recuerdo que la mía tiene un gran desconchón en el marco de la puerta, supongo que al sacar o meter alguna cama, los celadores le propinaron un golpe capaz de astillar la madera. Aquí es, 1307. Entro y me siento sobre mi cama, la de la derecha. Mirando la pared con ojos vidriosos aguardo mi turno. El tiempo no existe. La bruma sí.

—Bueno, ¿qué tenemos aquí?

La voz del doctor está llena de fingida vitalidad. Le acompañan un par de estudiantes y una enfermera.

Vuelvo la cabeza e intento una sonrisa. Le veo mirar los papeles que porta. Comprueba mi nombre en el pie de la cama, está escrito en un trozo de esparadrapo pegado a la barra metálica. El doctor cambia de carpeta, estaba mirando la de mi compañero de habitación.

—Eduardo ¿verdad?

Ese soy yo, ¿no? Afirmo con la cabeza.

—Bien, y ¿que tal estamos hoy? —su voz me llega a través de la bruma, no es desagradable del todo. Levanto los hombros, indiferente. Se acerca más y me mira a la cara, parece observar dentro de mis ojos—. ¿Que tal has dormido hoy?

—Bien —contesto con lengua de trapo y poco énfasis, apenas reconozco mi voz. Llega desde el otro lado de la bruma.

—¿Sabes dónde estás?

Afirmo de nuevo, claro que sí. Estoy... estoy en... ¿dónde estoy? Sí, claro, lo sé.

—En el hospital —digo un poco demasiado tarde.

—Eso es. Sigue mi boli con la mirada —lo hago sin demasiada dificultad—. ¿Y sabes qué día de la semana es hoy?

¿Hoy? ¿qué día es hoy? Niego tristemente con la cabeza, esa no la sé, mierda, esa no la sé. La pena me embarga, toma posesión de mí, soy un territorio conquistado por la tristeza. Siento ganas de llorar, esa no la sé. ¿Qué pensará ahora el doctor de mí? Me parece muy importante lo que opine sobre mí. Debería saber en qué día vivo ¿verdad? La culpa es de esta bruma que embota mis sentidos y no me deja pensar con claridad, pero es tan agradable... quizás no sea tan importante saber qué día es hoy si todos los días son iguales.

—Jueves —digo con voz pastosa. Por probar.

Escribe algo en su carpeta.

—¿Recuerdas los años que tienes?

Ésta es fácil. La sé.

—Sí —contesto como si la pregunta me ofendiera. Y me callo.

—¿Cuántos? —insiste.

—Uhmm... —La bruma oculta todo, sé que debería saberlo, la información está ahí, en mi cerebro. Sólo tengo que llegar a ella. El dato viene a mí por sí solo—. Treinta y cinco.

—Ajá, muy bien.

Ya dije que lo sabía.

—¿Y sabes por qué estás aquí?

Vaya. Otra de las difíciles. Mi expresión se torna más concentrada, me esfuerzo por recordar. ¿Por qué estoy aquí, en el hospital? Mi mirada se pierde entre la pintura de la pared. Hierros retorcidos. Sangre. Gritos. Las imágenes surgen de entre la bruma y me golpean de repente. Emilia exangüe entre mis brazos. Me estremezco. Quiero volver a la bruma. Olvidar. No quiero recordar lo que ocurrió en aquella carretera. El metal deformado, el dolor...

—Un accidente... —musito con voz quebrada.

—Sí, el accidente. ¿Y luego? ¿Recuerdas más tarde?

No, no recuerdo más. Sólo el tacto de la sangre en mis manos, su perezoso resbalar por el rostro de mi mujer. El cuerpo destrozado de mi hija de cinco años. Y el olor a gasolina mezclándose con el de las patatas fritas de bolsa. Pero ya no recuerdo más, es suficiente, es demasiado.

Sacudo la cabeza negando lentamente. Siento que una lágrima escapa por la comisura de mis ojos.

—Tranquilo, tranquilo... —dice el doctor, ni siquiera pone una mano sobre mi hombro. Triste consuelo es el que ofrece su tono de voz lejano y mecánico.

Escribe algo más en su informe y le dice a la enfermera:

—Hay que bajarle la dosis. Vamos a probar con sólo 150 mg. de Imipramina. El paciente presenta signos de desorientación y le cuesta centrar la mirada. Está demasiado sedado, hay que ver cómo va evolucionando...

La enfermera anota algo en sus papeles mientras asiente con la cabeza. El doctor se dirige ahora hacia los jóvenes que le acompañan y les explica con tono tranquilo:

—Tuvo un accidente de coche en el que murieron su mujer y su hija. Él salió ileso. Tres días después intentó suicidarse. Por lo visto hay nadie que se haga cargo de él y le tenemos en tratamiento preventivo. Confío en poder enviarle a casa en un par de días, en cuanto esté un poco más centrado.

Explica todo esto como si yo fuera un inútil incapaz de comprender sus palabras, como si no estuviera presente, como si no existiera.

—Y ¿cómo sabemos que no volverá a intentarlo en cuanto salga? —pregunta uno de los estudiantes. La pregunta no parece hacerle gracia al doctor, ya se está demorando demasiado con el mismo paciente.

—Ay, amigo. Eso no podemos saberlo, lo que haremos será darle un tratamiento adecuado con antidepresivos y confiar en que surta efecto. —Y ahora vuelve su atención hacia mi. — Todo depende de lo que Eduardo quiera hacer. ¿Verdad, Eduardo, que no harás ninguna barbaridad?

Niego con la cabeza sin demasiada convicción.

—Bueno, siguiente —y comienza a guiar al pequeño grupito hacia la cama de mi vecino de habitación, alguien malhumorado y gruñón. Cuando llegan junto a él comienza la misma rutina de preguntas.

Yo me pongo de pie y salgo al pasillo con paso cansado. Vuelvo a pasear arriba y abajo. Pero ahora la bruma ya no me acompaña. Está aún ahí, difuminando los bordes de los objetos y suavizando las expresiones de los otros enfermos, pero ya no cubre todo, ya no es un manto liberador. Ya no amortigua el dolor. Ya no oculta los recuerdos.

Los recuerdos y la realidad han regresado en un porcentaje demasiado elevado para mi gusto. Emilia, Mari... Hierros.

—Papá, toma una patata, toma.

Su manita pasando entre los asientos delanteros. Su madre diciendo «Cuida, Emi, que estás poniendo todo perdido». La sonrisa en mi boca mientras giro el cuello para mirarla un segundo. La patata que escapa de sus pequeños deditos y cae a cámara lenta hacia la zona del cambio de marchas. Mi intento instintivo de atraparla. El inesperado estruendo. La sorpresa apenas percibida antes de convertirse en oscuridad repleta de colores borboteantes. Y a continuación, los gritos.

Las lágrimas comienzan a escapar de mis ojos sin que me entere, y por unos instantes parece que la bruma vuelve a acompañarme, pero no es la verdadera. Llego al final y no doy la vuelta, apoyo mi frente contra la pared y sigo caminando. Parezco ese payasito de Emi que funcionaba con pilas. Tocaba los platillos, chin, chin, chin, y daba unos pasitos. Chin, chin, chin, y llegaba hasta la pared y allí seguía empujando inútilmente contra el sólido muro.

Chin, chin, chin.

Sigo caminando sin avanzar, enfrentado a la barrera insalvable de la materia. No sé si durante horas o minutos continúo empujando sin fuerza con mi pecho, golpeando quedamente el muro con las rodillas. Al final caigo al suelo cuando la energía me abandona, cuando la vida decide que está perdiendo demasiado tiempo conmigo. Quedo hecho un ovillo en la esquina al final del pasillo. Ya no tengo fuerzas ni para llorar. Evito sentir. Quiero desaparecer.

—Hola, ¿puedo ayudarte?

Déjame solo, sólo déjame. Aquí en mi oscuridad, en mi muerte en vida. Inmerso en el dolor. Déjame.

—¿Te encuentras mal? ¿Puedo hacer algo por ti?

La voz es joven y dulce. ¿Emi? ¿Es Emi? Levanto la cabeza y me parece ver a la muerte junto a mí. Una pálida calavera, llamándome para llevarme con ella a su atractivo mundo de olvido y silencio. Poco a poco veo que sobre esos huesos hay piel y rostro. Es una chica joven. Pero en su aspecto subyace algo extraño, estremecedor. Está demacrada y se nota cómo los huesos presionan desde debajo de su piel. Algo que podría ser una sonrisa ilumina su calavérico semblante.

—¿Puedo ayudarte? —vuelve a preguntarme clavando sus tristes ojos en los míos. Poco a poco vuelvo a centrarme, regreso al hospital, al mundo, al sufrimiento. Tomo conciencia del suelo contra mi bata; de las enfermeras, al otro lado del pasillo, que han pasado de mí; de la chica que me tiende su mano.

Cuando veo sus dedos huesudos me estremezco. Con una sonora aspiración, sorbo los mocos que se me quieren escapar. No me atrevo a tomar esa mano y con torpeza me pongo de pie yo solo. Veo cómo ella deja caer el brazo, se siente rechazada. Y, como si fuera uno de esos recuerdos a los que tanto temo, percibo su desánimo dentro de mí. De nuevo, alguien la ha rechazado. De nuevo alguien la ha dejado de lado. Ella, con su mejor intención, se ha ofrecido para ayudar y una vez más alguien la ha herido. Siento que debo decir algo, justificarme.

Recobro la capacidad del habla.

—Gracias, puedo yo solo. —Y ante su expresión desalentada tengo que añadir de nuevo—: Gracias.

La veo dar la vuelta y comenzar a alejarse.

—Hey, espera, espera.

De repente, me parece importante no permitirle marchar con tanto dolor sobre su espalda. Cuando se gira hacia mí y veo sus ojos grandes y expresivos comprendo cómo se siente. Sé lo que vive. Le sonrío. Y la sonrisa es verdadera. La piel sobre sus labios se contrae y configura la sonrisa más triste del mundo.

—Me notas ¿verdad?

Sé lo que quiere decir. La noto. Dentro de mí, en mi cabeza, en mi espíritu. Y la entiendo, sin lugar a dudas. Es como si su mente fuera un vaso y el agua rebosara de ella, yo me empapo en el líquido que de ella rezuma. Me pregunto si no será un espíritu, o la locura que ha venido a recogerme, o la misma muerte justo antes de segar mi apagada luz.

—¿Qué notas? —me pregunta con voz queda.

—Tu tristeza —respondo sin dudar.

Baja la cabeza y su rostro configura una extraña expresión, como diciendo: «Otra vez».

—Ya me he dado cuenta. Ven, vamos hacia la zona común —sugiere—, no nos dejan venir hasta aquí.

Por un momento creo que va a tomar mi mano. Yo me dejaría llevar. A donde ella quisiera. No tengo nada mejor que hacer. Ojalá fuera la muerte. Pero no me acoge. Andamos por el pasillo el uno junto al otro. Y de nuevo percibo lo que ella siente, cierta pequeña esperanza, mucho miedo y, al fondo de todo, una sensación más profunda apenas perceptible, como pena de color violeta.

—A nosotras —explica— no nos dejan entrar en esta parte de la planta.

No entiendo muy bien qué quiere decir y ella debe deducirlo de mi expresión porque continúa diciendo:

—Sí, yo estoy en trastornos alimentarios, con las gordas —Y sus labios dibujan una oscura sonrisa, es el payaso que llora, el niño que muere.

Llegamos a la sala que separa las dos alas de la planta y nos sentamos uno junto al otro en unos viejos y rajados sillones de plástico con ínfulas de cuero.

La miro a los ojos y su brillo me cautiva, son color caramelo, como miel derritiéndose, con un brillo de pesar en el fondo de su lago remansado. Me sorprende su extrema delgadez, si no fuera por su falta de masa corporal resultaría una jovencita atractiva, quizá no una belleza, pero sí una chica agradable. Su mirada de ramita mecida por el huracán podría atrapar cualquier corazón con grilletes de caricias. Y, como un recuerdo que vuelve, siento lo que ella siente. Hay anhelo, un revoloteo de mariposa recién salida del capullo, temor como una sombra que se desplaza por donde no debiera, y llego al núcleo de su pena, una paloma con un ala sujeta al suelo por una corta cadena, sin poder remontar el vuelo. Siento todo eso, y la vieja y querida bruma se retrae para mostrarme esos sentimientos, para llenarme de emociones prestadas y pensamientos adoptados.

—¿Cómo lo haces? —le pregunto embargado por esa amalgama de imágenes

Ella sube los hombros resignada. Los huesos de sus hombros parecen tener vida propia. Habla despacito.

—Yo no hago nada. No puedo evitarlo. Es como si los sentimientos escaparan de mí ¿verdad?

Ahora soy yo quien alza los hombros, asiento pensativo. Frente a nosotros, la pared y una recargada litografía de unos pájaros enmarcada sin cristal.

—Tu eres uno de los pocos que me perciben —continúa—. He conocido una media docena de personas como tú, capaces de recibirme... No sé, quizás ocho o diez. Ana, mi amiga; mi tía...

Y su voz se diluye entre el pasado. Y recuerdo rostros que nunca he visto, tomo manos que nunca he sujetado, me estremezco con grititos de alegría que nunca he escuchado, y siento el peso ligero de un gato perezoso y remolón en mi regazo de niña. Sé que siempre ha huido de los que la recibían, que nunca ha buscado rebosar y que ahora está cansada, exhausta, como yo, y le da igual. Todo le da igual.

—¿Sabes lo que yo pienso? —le preguntó un poco asustado ante el concepto, la pregunta no es retórica.

De nuevo esa expresión de máxima tristeza. Sé que está convencida de que la veo como un bicho raro.

—No, que va. ¿Qué crees que soy?

—Lo siento —le estoy pidiendo disculpas por lo que ella cree que pienso.

—Sólo es que a algunos, como a ti, les contagio mis emociones. Con algunas personas es muy leve, con otras auténtica... no sé cómo llamarlo, compartición ...

—Compenetración —propongo mientras visualizo zarcillos creciendo abrazando otros zarcillos que rodean zarcillos, su término es más acertado.

—Sí, bueno, eso. Y con otros, no lo sé, quizá me noten, quizá no. Es difícil de saber, pero siempre mucha gente me ha mirado con cara rara. Siempre...

Sombras sobre sombras, como cadáveres calcinados olvidados en la oscuridad. Puertas que se cierran sobre losas precintadas mientras alguien pugna inútilmente por salir. Labios fruncidos en línea recta que te hacen descender hasta el barro del fondo del pozo agostado. Miradas secas, recelosas como orugas reptando en la manzana que estás comiendo. Siento todo eso, no son ramalazos de consciencia, ni rayos de conocimiento, no son fulgores de sapiencia o estallidos de recuerdos. Son sólo sensaciones, estados anímicos. Como ella ha dicho antes, es como si los sentimientos desbordaran de ella. Como comulgar con su alma.

Y ahora el caballo salvaje trotando por el prado húmedo como el deseo, el azul del cielo límpido como los sueños de un bebé, el viento en el rostro de la niña (como Emi, como mi Emi) que saca la cara por la ventanilla del coche en marcha mientras su madre le dice que no se asome, que meta la cabeza. La sensación de esperanza mezclada con libertad formando un único concepto, como lluvia sobre el rostro, como sol sobre la piel. Sé que quiere algo.

—¿Me ayudarás a escapar? —pregunta temerosa. La losa que cae. La puerta de la celda de castigo. El viento que te reclama fuera. Está asustada y esperanzada al mismo tiempo.

Le sonrío con mi mejor expresión. Se me acaba de ocurrir una buena idea que sopeso mientras le respondo:

—Claro que sí. —Y, a través de los últimos restos de bruma, sé que es una buena idea—. ¿Qué tengo que hacer?

Y ahora sí siento el frescor de la brisa de la esperanza erizando mi vello. Y el sol cegando mis ojos en la primera mañana de auténtica primavera. Y el vuelo del alma más allá del cuerpo, libre de toda barrera.

Sus ojos sonríen con la luz de los sueños.

 

 

* * *

 

Paso el tiempo junto a ella, me explica dónde estamos y qué tenemos que hacer. Nos encontramos en el hospital de la Seguridad Social. A la gente no la ingresan en manicomios fácilmente, sólo los enfermos más graves y difíciles van a parar a sanatorios especializados, casos como el mío son tratados en la planta de Psiquiatría del hospital general. Cuando se precisa, se realiza el ingreso por unos pocos días, al igual que si a alguien tienen que extirparle el apéndice le ingresan en otra planta. A mí me tienen que extirpar el dolor de la perdida de mi familia, hasta ahora el tratamiento no está resultando demasiado efectivo, sólo la bruma química logra paliar un poco el sufrimiento de mi alma, no porque cure, sino porque oculta.

A la hora de la comida una enfermera viene a buscar a Raquel y la joven la sigue con el paso lento del séquito en el sepelio. Desparecen por una lejana puerta al fondo de la sala común. Yo acudo a mi habitación y remuevo mi propio plato sentado en mi cama. Aún puedo sentirla. A pesar de que no se encuentra conmigo, percibo lo que está experimentando. Duele. Un rato más tarde volvemos a coincidir en la sala común, sus ojos están enrojecidos y su aspecto es de indignación apenas contenida. Sé que han vuelto a castigarla sin recibir visitas.

Raquel lleva ya varios días en la unidad de trastornos alimentarios, ese había sido un proyecto pionero hacía algunos años, pero ahora ya está totalmente consolidado y goza de cierto prestigio. Presume de conseguir buenos resultados. A pesar de no depender directamente del departamento de psiquiatría sí cuenta con fondos y personal adscritos a esa sección. Las chicas ingresadas tienen su propia ala y estancias específicas para ellas, con personal especializado en su trastorno, pero ahora están remodelando esa parte del hospital y provisionalmente las han alojado junto a los enfermos mentales.

—Ya ves que concepto tienen de nosotras, asociación de ideas, se llama —me dice. Y sus sentimientos siguen llegando a mí. Es como escuchar la banda sonora de una película, como si la música completara la acción. Cuando la pena le embarga suena una triste melodía, como si un piano solitario desgranara la historia de un abandono. Y verla alegre es sentir el ritmo vibrando bajo la piel.

—Yo no soy tonta —prosigue, habla despacio, como si buscara las explicaciones en lo más profundo de sí misma— ni estoy loca... sé que estoy enferma y espero llegar a curarme pero, pero no puedo comer, ¿me entiendes? No puedo...

Las lágrimas invaden el dulzor de sus ojos llenándolos de tonos amargos. Capto en mi mente colores oscuros nunca antes intuidos, melodías siniestras interpretadas con restos humanos, monstruos que acechan entre pliegues de carne desbordante de grasa, asco reflejado en espejos deformados. La comprendo, en realidad no se ve gorda, no quiere emular a las modelos famosas, no busca comprensión ni llamar la atención, no está loca, sólo está cansada de luchar, de enfrentarse a la vida. A su corta edad ya ha sido derrotada, como yo. Me veo reflejado en sus ojos, mi imagen se desfigura en la lágrima que escapa, y comulgo con ella, me siento ella, me llena. Veo de nuevo el plato del mediodía y a la psicóloga que me anima a comer, mi cabeza se mueve conformando una negación, oigo cómo me amenaza con no dejarme recibir visitas, cómo me dice que no saldré a mi casa. Mi mano vuela hacia el plato y le contagia su velocidad. No es como ver una película, es como recordar, como experimentar. Como morir con alguien que agoniza.

—...no puedo ¿lo entiendes?

Afirmo, entiendo todo. Sé cómo les obligan a comer, cómo les premian o castigan, cómo las controlan y mentalizan. Sé de la severidad y del falso cariño fingido, de frases de ánimo que no son sino trabajo remunerado, de ternura simulada por actores de una obra sin sentido ni argumento. Sé del gotero que introduce en mi vena alimentación intravenosa y suplementos vitamínicos. Sé del mareo que produce la debilidad; de la flaqueza que se torna compañera y genera su propia bruma embotando sentimientos.

—Ahora, ya estoy mejor... —asegura, siento cómo la aguja del gotero abandona mi piel—. Dicen que pronto podré volver a casa, —la húmeda mano de una enfermera tomando mi propia mano brindando un consuelo vacío— pero que tengo que comer —gritos, miedo, asco, dolor. Miedo. Miedo. — Tengo que escapar. ¿Lo entiendes? —El cielo visto a través de la reja de la celda.

—Te ayudaré —digo con cariño, como cuando hablaba con mi hija, como cuando le prometía un futuro primoroso que se quebró entre hierros—, pero tú también tendrás que hacer algo por mí.

—¿Sí? ¿El qué? —Su mirada decía «lo que quieras».

—Ya te lo diré. Sabes que mi mujer y mi hija han muerto ¿verdad? —Lo sabe. Ya se lo había dicho. Sentir su pena auténtica me alivia aunque no sirve de nada—. Ya te lo diré en su momento.

—Uhú —admite de forma casi inaudible. Y sin solución de continuidad pregunta—: ¿Crees que estoy loca?

—No, no. —Agito una mano, apartando la idea, parece moverse a cámara lenta, como en esas viejas imágenes de un puente oscilando antes de desmoronarse.

—Yo no estoy loca. Yo sólo... Yo no estoy loca. No soy como otras internas. Había una chica que no paraba deee... bueno, de... ya sabes, masturbarse —me mira a los ojos buscando apoyo para seguir o quizás cierta incomodidad para callar. Sé que esa chica también es jovencita—. Leyó que con cada orgasmo se pierden hasta ciento cincuenta calorías y desde entonces no paraba de hacérselo. A todas horas, a cada momento, sin parar. Ahí estaba a cada minuto dale que te pego. Le parecía una buena forma de contrarrestar la comida que le hacían ingerir —siento en ella cierta envidia por su determinación—. Un día me enseño sus partes —capto imágenes aterradoras de tejido rosa cuarteado, de sangre desbordando, de grietas en la suave piel donde sólo debería haber tersura. Asco, admiración—, tanto lo hizo que tenía la zona en carne viva, con toda la piel levantada, daba cosa verlo... La falta de lubricación y el exceso de estimulación habían hecho que sus labios vaginales se irritaran, sangraran y se inflamaran. Incluso tuvieron que realizarle varias curas. Pero, aún así, ella no paró, llegó un momento en que era incapaz de alcanzar el orgasmo, —un leve rubor, como de vergüenza amortiguada por cientos de reconocimientos médicos ya pasados y de un presente sin intimidad— pero no le importaba, seguía hasta que sangraba, seguía hasta que se hería. También había leído que sentir dolor consumía calorías. Se infligía daño hasta que lágrimas de sufrimiento y alegría escapaban de sus ojos. Yo la veía por la noche en la cama, la sábana agitándose sobre su pelvis y ella sollozando y siguiendo más y más, buscando quemar con sufrimiento esas malditas calorías que nos hacen ingerir.

Estoy aterrado, percibo lo que me describe: veo la sábana temblando, el rostro de la chica surcado por sombras, sus ojos sin luz, oigo su llanto triunfal. Y sigue lacerándose, estimulando un sexo enfermo y marchito, acariciando su dolor. Y un rato más tarde, ahí sigue, gime, llora. Y sigue. Ahora la sábana está sucia de sangre, como si hubiera recuperado la regla que se le retiró meses atrás debido a irregularidades metabólicas. Cierro los ojos y sigo viendo las terribles imágenes, oyendo los grititos que intenta amortiguar para que no la descubran y así poder seguir un poco más. Un poco más. Más dolor. Veo mi mano pulsar la perilla que llama a la enfermera y me avergüenzo de mi traición.

Vuelvo al mundo real, continúo sentado en la sala común, en estos desvencijados asientos de plástico. Ya no soy una chica enferma viendo asustada como su amiga se mata en la cama de al lado. ¿O sí ? De nuevo me encuentro dentro de sus ojos. Tomo su mano, y con un movimiento inesperado se aferra a mí y comienza a llorar desconsolada. Sentir su pena desbordada es terrible, es descender al fondo de mi alma y encontrar el vacío más absoluto. Los escasos fragmentos de mi espíritu que aún perviven se seccionan en mero polvo barrido por el viento. Conozco la pena más completa, la miseria más pura. Asaetado por el dolor aspiro a vivir siempre en la bruma que me ha abandonado. Los minuto son eternos. Y el tiempo huye en busca de la vida inexistente.

 

 

* * *

 

 

Raquel sabe cómo funciona todo, lo ha estudiado con detenimiento. Mientras damos cortos paseos por la sala común me explica cómo debemos buscar el descuido en la hora de visitas. Me pide que distraiga al celador encargado de abrir a los familiares que vienen a ver a sus parientes, mientras, ella se escabullirá hacia los ascensores. Las pacientes de trastornos alimentarios visten ropa de calle, se trata de que sientan que su cuerpo es normal, nada de vestirlas con horribles camisones que sólo contribuyen a deteriorar la imagen que tienen de ellas mismas. Raquel sólo tendrá que burlar la poco intensa vigilancia de la puerta.

La suerte nos acompaña, las visitas han comenzado a gotear a partir de las cinco de la tarde cuando empieza el horario establecido. El celador está sentado junto a la puerta, casi delante de ella y cuando alguien llama estira el brazo, introduce la llave en la cerradura y permite el acceso al visitante tras comprobar con poco rigor el correspondiente pase amarillo. Se supone que yo debo montar un pequeño escándalo y distraer la atención del celador antes de que vuelva a cerrar la puerta con llave para que mi amiga pueda escapar. Me dispongo a hacerlo. El celador ha abierto para dejar paso a un par de señoras mayores, es el momento, estoy preparándome para comenzar a gritar y agredirle, esa es mi parte. Pero justo antes de empezar a montar el numerito previsto, el destino nos echa una manita. Raquel pasea cerca de la puerta, atenta a la ocasión propicia, cuando un joven salido de no se sabe dónde se abalanza sobre una de las mujeres y la derriba empujando la mesa del celador. El grito que había nacido en mi garganta se confunde con su alarido. Las patas metálicas de la mesa rugen sobre el linóleo y el celador lanza una sonora maldición. En un momento se forma una algarabía increíble. La confusión es total. El joven amenaza a la mujer, que por lo visto es su madre, mientras que la otra mujer, presumiblemente una tía, y el celador intentan detenerle. Los empellones les alejan unos metros de la puerta y las enfermeras comienzan a converger hacia la zona. Miro de reojo y veo cómo Raquel se esfuma discretamente por la puerta hacia el pasillo que lleva a los ascensores.

Siento su nerviosismo, la emoción que casi hace temblar sus delgadas piernas sin gota de grasa. Estudio lo que me rodea, la bronca se está incrementando y nadie me presta la menor atención. Ésta es mi ocasión. Yo también me escabullo hacía la libertad. Con la pericia de un fantasma atravieso la puerta y llego a ver la melena de Raquel descendiendo por las escaleras. Corro tras ella. La bruma hacía rato que me había abandonado, coordino mis movimientos bastante mejor que pocas horas antes. En cuanto llego al hueco de las escaleras llamo:

—¡Raquel, Raquel! Espera, espera...

Instantes después veo su rostro asombrado mirando hacia arriba por el estrecho hueco. Y capto alegría cuando me ve. Y se colma mi alma como sólo ella sabe hacerlo, como sólo es posible cuando de sienten las autenticas emociones, los verdaderos sentimientos, la pureza absoluta, cuando la mentira es imposible porque las dos mentes son una.

Desde el primer momento ésa había sido mi intención, escapar con ella. La suerte me ha ayudado a conseguirlo. Ella sube unos cuantos escalones mientras yo desciendo hasta encontrarme con ella. Nadie usa las escaleras a estas alturas del edificio, nos encontramos entre las plantas doce y trece.

—Pero ¿qué haces aquí? — su tono es una mezcla de recriminación y alegría. Las imágenes que emanan de ella son confusas y sincopadas, ahora su banda sonora es caótica como la de una de esas películas de misterio en las que no existe melodía, sólo sonidos cacofónicos y estremecedores.

—Voy contigo —digo alegremente como si fuera el final de un chiste. Entonces me veo a mi mismo en pijama y con la raída bata azul marino del hospital.

—Anda, calla, que nos van a descubrir. Sígueme.

Descendemos un par de plantas por las escaleras hasta que nos adentramos por uno de los pasillos y llamamos al ascensor. De nuevo la suerte nos sonríe y apenas tenemos que esperar. A pesar de mis mermadas capacidades intelectuales, llego a comprender que el factor tiempo es vital, que tenemos que darnos prisa, en cualquier momento se darán cuenta de nuestra ausencia y comenzarán a buscarnos. Tenemos que movernos a toda velocidad. En la cabina varios visitantes descienden hacia la planta calle, hay una enfermera pero apenas se percata de nosotros. Raquel y yo nos miramos. No tiene que decirme nada, esa es una de las ventajas de su don, de su maldición. Sé que ella me ayudará. Me lo dice su mirada amable y cariñosa. Su mano que toma la mía. Y recuerdo lo que había sentido pocas horas antes cuando la acabé de conocer, cuando deseé que esa figura delgada y enfermiza fuera la muerte y me llevara con ella. Que tomara mi mano y me liberara. Sus dedos no tienen carne, son puro hueso, pero aún así su contacto es cálido y afectuoso. Reconfortante. Sé que todo saldrá bien, que mi idea dará resultado y que pronto volveré a saber de mi mujer y mi hija. Si el ascensor se da prisa. Si nadie nos descubre. Si podemos salir de esta cárcel llamada hospital.

La bombillita con el cero se ilumina y las puertas se abren. En el exterior un numeroso grupo de personas espera para tomar el ascensor y subir a visitar a sus seres queridos. El aspecto de todos ellos es pensativo, triste y preocupado. Las visitas al hospital no suelen ser gratas. Nos apartamos y comenzamos a recorrer el corredor que lleva a la calle.

—Déjame hablar a mí —me dice. No hace falta que me lo diga, ya se le ha escapado de la mente.

Unos metros más adelante se encuentra el puesto de entrada. Me pregunto si alguien en la plante trece habrá notado nuestra ausencia, si les habrán avisado para que nos detengan. Un par de celadores y un guarda de seguridad vigilan la salida y piden el pase a todo aquel que entra. Cada vez estamos más cerca. En el caso de que aún no hayan dado aviso de nuestra desaparición, Raquel sola podría salir sin ningún problema, ella va vestida de calle y puede pasar por una de las muchas personas que abandonaban el hospital, siempre y cuando nadie repare en su extrema delgadez. Pero resulta evidente que yo soy un paciente ingresado, por Dios, si voy en pijama y bata. A mí no me dejarán salir. Esa barrera es infranqueable.

Raquel sigue llevándome de la mano.

—Vamos, no te pares, actúa con naturalidad. No titubees.

Siento su tensión, su temor, su decisión. Su plan. Se mete la mano al bolsillo y saca un pequeño monedero. Se me ocurre la absurda idea de que va a intentar sobornarles ofreciéndoles unas monedas.

Siento mis piernas desfallecer, pienso que no sería improbable que me desmayara en este mismo momento. Llegamos al puesto de entrada y Raquel se dirige directamente a las tres personas allí presentes, apenas se dignan mirarnos mientras controlan la constante afluencia de visitantes.

—Hola —dice con aire jovial. No espera respuesta. Suelta mi mano y comienza a abrir despreocupadamente la cremallera del monedero, como si no le preocupara nada en concreto—. ¿Podemos salir un momentito al quiosco del hall? A mi padre le gustaría comprarse una revista...

Me asombra su inteligencia, y su sangre fría, en verdad podría pasar por una jovencita que baja con su padre convaleciente a comprar alguna revista con la que hacer el rato un poco más llevadero. Yo miro el teléfono que reposa en la mesa junto a un montón de papelotes. ¿Y si suena ahora? Espero que no. Otro nuevo temor me corroe de repente, ¿y si el guarda o alguno de los celadores también pueden sentirla, si perciben que estamos escapando, si intuyen algo raro, si la captan como yo? Nadie contesta, pero el guarda hace un resignado ademán con la cabeza señalando hacia fuera. Esquivamos a un hombre que entra y rebasamos la barrera. Ha dado resultado. Por lo visto, arriba aún no nos han descubierto y aquí abajo ¿quién va a pensar que alguien en bata y zapatillas vaya a escapar?

Nos dirigimos hacia el quiosco de prensa que está pocos metros más allá, a medio camino entre el guarda y la calle. Pasamos unos segundos estudiando las revistas expuestas, oigo que suena la línea del teléfono de la mesita y mi corazón se contrae, el sonido escapa del aparato y viaja hasta mí anunciando un inminente peligro. Ella mira de reojo a la entrada, también lo está oyendo, sabe que nos queda poco tiempo, que hasta ahora la fortuna nos ha sonreído, pero que en cuestión de segundos nuestra suerte va a cambiar. Aún así, aguarda a que un grupo de cuatro o cinco personas se interponga entre el puesto y nosotros y, sólo en el momento adecuado, tira de mi mano hacia la puerta de la calle. Oigo que el timbrazo se interrumpe, acaban de contestar.

Atravesamos las puertas de cristal plagadas de carteles de prohibido fumar y ya estamos al aire libre. Es reconfortante dejar de respirar ese ambiente maloliente del hospital, ese aroma a desinfección y tristeza. Abandonar esos pasillos en los que nadie saluda a nadie y la muerte parece vagar aguardando reunir ánimos para volver a trabajar. Ese edificio en el que nos obligan a vivir con nosotros mismos y nuestro dolor.

Algunas de las personas con las que nos cruzamos me miran con expresión extrañada, pero nosotros seguimos caminando a paso rápido como si fuera lo más normal del mundo. Casi lo hemos logrado. Hemos salido, pero aún no hemos escapado. Miro hacia atrás, veo junto a la puerta a un niño que pide limosna sentado en una desvencijada silla de ruedas, su mirada adusta y fría me traspasa como una oscura premonición. Creo que también me llega. Sé que el guarda no tardará en aparecer en pos nuestro. Que el tiempo se escapa. Pero confío en que sea suficiente para hacer lo que quiero hacer.

Ahora estamos en la acera, acabamos de bajar la rampa de acceso y estamos libres. Libres. Según mi plan, sólo posible gracias a Raquel, en pocos segundos volveré a saber de mi mujer y mi hija. Por fin sabré de ellas. En seguida.

 

 

* * *

 

 

—Vamos a tomar un taxi. Creo que tengo suficiente dinero —dice nerviosa mirando también sobre sus hombros. En realidad no hace falta que hable, cada vez la siento más fácilmente, conecto más con ella. Sabe que el tiempo se acaba, que sólo un apoyo incondicional de la diosa fortuna nos permitirá alejarnos antes de que nos atrapen—. Lo importante es desaparecer de aquí.

Estamos parados junto a la calzada, el tráfico es fluido y discurre veloz frente a nosotros, es una gran avenida. Miro atrás, los carteles de No fumar no logran ocultar del todo la silueta del guarda de seguridad mientras corre hacia la puerta. La suerte está echada. Miro hacia la izquierda. Aquí llega mi destino. Sí, tendré tiempo. Siento el nerviosismo de Raquel mientras escruta hacia todos los lados esperando ver un taxi libre. En la zona habilitada al efecto no hay ninguno.

Un autobús urbano se acerca hacia dónde estamos. Viene rápido, la parada está bastante metros más allá y lleva una buena velocidad. Pienso en lo que un impacto contra él puede hacer en una persona. Me acuerdo de nuevo de Emi. De mi esposa. El autobús se acerca. El tráfico pasa veloz. Desde lo alto de la rampa se oye un seco grito del guarda llamando nuestra atención.

—¡Eh, vosotros dos! —clama.

Siento de nuevo a Raquel, sabe que no va a poder escapar, que no dispone de tiempo, que aunque ahora apareciera un taxi ya no podríamos subir a él, ningún taxista nos permitiría entrar en su vehículo mientras un guarda de seguridad se acerca a nosotros gritando. Y vuelvo a sentir la paloma encadenada al suelo, la losa que se cierra sobre la tumba, la puerta de la celda que retiene los sueños, la vulva llena de sangre de su compañera, el plato de comida supurante de grasa, las pesadillas en las noches de soledad, las reiteradas violaciones mientras sus peluches miran sonrientes, el color caramelo de sus ojos convirtiéndose en alambre de espino. Oigo un lamento más profundo que si escapara de su garganta. La noche, la nada, la muerte. De su mente escapa la desesperación, sabe que la van a atrapar, ya se oyen los recios pasos del hombre viniendo hacia nosotros. Los celadores del puesto de control también han salido a la calle. Somos el centro de todas las miradas. El autobús se acerca. Es mi momento. Ahora. Tengo que hacerlo ahora. Veo la rueda girar, la imagino pasando sobre un cuerpo humano. Ahora.

Con un movimiento rápido entro en acción. El guarda no llegará a tiempo. Empujo a Raquel delante del autobús. Me sorprende la ligereza de su cuerpo, no pesa nada, es liviana como una aspiración sin pretensiones. Mi mano ha empujado su espalda y la he hecho caer. He captado su sorpresa, ha sido una bandada de palomas emprendiendo el vuelo, un bebé respingando ante un sonido inesperado, un animalito asustado corriendo a refugiarse en un hueco oscuro. El autobús urbano es de suelo bajo, Raquel no cae bajo la rueda, primero es golpeada por el duro metal del frontal. Oigo sus huesos crujir y la veo salir disparada hecha un guiñapo. El impacto es tan brusco e inesperado que no llega a sentir dolor. Apenas percibo algo parecido a una rama que se quiebra.

—Busca a mi mujer y a mi hija —le digo—, búscalas y transmítemelas.

Ahora sí pasa la rueda sobre ella. Oigo gritos producidos por los espectadores del suceso. La mano del guarda se cierra sobre mi hombro. No importa. He logrado mi objetivo. Sé que Raquel buscará a mi familia y que yo sentiré todo lo que ella experimente mientras esté reunida con Emi y Mary, será como volver a estar juntos.

—Búscalas y ¡siente! ¡Siente por mí! ¡Házmelo llegar!

Ese era el favor que quería pedirle, a fin de cuentas yo la he ayudado a escapar ¿no? Ahora ella tiene que ayudarme a mí a sentir a mis seres queridos, esa es su parte del acuerdo.

Un violento tirón me aparta de la calzada, es el guarda de seguridad.

El autobús ha frenado. Todo son gritos a mi alrededor. Raquel está destrozada bajo el enorme monstruo de metal. Me hacen caer al suelo de culo. Me inmovilizan. No importa. He logrado lo que me proponía. Abro mi mente. Aguardo a Raquel. La busco. Carreras en torno a mí. La aguardo y por fin la encuentro. Conecto. Contacto con su mente mientras viaja hacia la muerte. Mi cuerpo se convulsiona. Me sacuden violentos espasmos. Lo estoy sintiendo, estoy viajando al más allá acompañando a Raquel. Las imágenes. Los sonidos. Lo increíble. Raquel. Mi hija Emi. Mi amada esposa Mary.

Yo también grito. Y sigo gritando y agitándome. Comprendo qué es la muerte, como nunca nadie lo ha comprendido jamás. Me arrastran, me mueven, apenas noto mi cuerpo, pierdo la noción del tiempo, cuando uno está en contacto con el más allá no existen los segundos, no existen las eras. Cuando me adentro en el mundo insondable de la carne muerta, la bruma química vuelve a poseerme, han debido de inyectarme algún tipo de sedante. Pero ya he experimentado qué es la muerte. Ya sé.

 

 

* * *

 

 

Bendita bruma. Es un manto grisáceo que todo lo cubre. Amortigua los sonidos, aleja los sentimientos, apaga la muerte, todo lo envuelve. La bruma.

Ya no estoy en el hospital general, sé que llevo aquí bastante tiempo, aunque no importa, nada importa. El médico mueve su bolígrafo frente a mis ojos. No me interesa seguirlo con la mirada. Oigo voces lejanas entre ecos disonantes. Contestar, o tan sólo prestar atención, resulta tan poco procedente, tan vano. Me regodeo en la niebla que me cubre y rezo para que nunca me abandone. Cuando los sedantes dejan de hacerme efecto vuelve a aprehenderme la muerte. El averno de Raquel llega a mí una y otra vez. Y comienza mi sufrimiento, mis visiones, mis sensaciones y mi tortura. Llamas de color negro acariciando piel agrietada como barro resquebrajado, aullidos inhumanos como cristales en la traquea, golpes violentos como oscuros soles en implosión, dentelladas como alfileres envenenados en odio, y ausencias como desgarros de tejido vivo. Y grito, y lloro y me sacudo esperando escapar de la muerte en vida, hasta que la bendita bruma vuelve a mí. Hasta que vuelven a inyectarme las drogas que me alejan de Raquel.

La bruma me cubre y me protege de la muerte. Veo todo borroso, vivo en un mundo de algodón y vapor. Nada duele, nada se clava en el alma, la bruma me protege. Bendita bruma que me esconde de la muerte.

 

 

 

© 2006 David Jasso

 

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